Me encuentro de paso por el Andén y veo parar los trenes. Los viajeros se desperezan y saludan por la ventanilla; unos vienen, otros marchan. Me identifico con el espíritu del que se arriesga, de quien, a pesar de la modorra, emprende el camino. No importa ese adónde; importa ese camino, la valentía de salir y andar hacia alguna parte, transitar. Es por eso por lo que, desde el Andén, se puede observar qué pasa, quién deambula y quién llega. El viaje, pues, es tan importante como la meta; de hecho, pienso que muchas veces no sabemos muy bien hacia dónde vamos, pero viajamos. Así, estos días, ha venido a visitarme un libro que vuela por el interior de sí mismo.
















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