Lo único que no me ha fallado nunca es la literatura, siempre tan flexible, tan variada, es un hecho, lo reconozco, su diversidad me atrae irremediablemente, me siento a gusto, no me abandona cuando me encuentro triste, cuando entro en fases introspectivas, cuando puedo estar frustrado o a disgusto con el mundo, no, la literatura ha sido siempre ese reducto de mismidad en el que soy yo mismo, en el que puedo trasladarme a cualquier sitio, puedo ser infeliz, puedo abandonarme o encontrarme con quienes me entienden, con quienes comparten conmigo lo ficcional, esa imaginación que tanto me ayudó cuando nada me ayudaba, cuando me ofreció los universos posibles que, paradójicamente, explicaban mi propia dimensión. Sí, fui un niño solitario y triste, pero no infeliz. La literatura me ayudó a no estar nunca solo, a tener amigos, a superar mis problemas físicos, la compasión que los otros tenían por mis manos o mis pies, que tanto me dolía, el dar pena, no fue un obstáculo para convertirme en un hombre, para entender el mundo y poder convivir con los demás, efectivamente, la literatura siempre está ahí.