17 septiembre 2026

La revuelta de las cariátides, Η εξέγερση των Καρυάτιδων, Petros Márkaris

Vivimos en un mundo sometido a cambios profundos. Dicho así parece un lugar común y, si ampliamos la perspectiva, podríamos aplicar la frase a casi cualquier periodo de la historia de la humanidad; cada generación ha tenido la sensación de asistir a una transformación decisiva de su tiempo. Sin embargo, hay algo distinto en el nuestro: desde hace años los cambios sociales, políticos y culturales los vivimos en directo, pero ese directo se ha acelerado hasta casi eliminar la distancia entre lo que sucede y nuestra obligación de comprenderlo. Y eso tiene consecuencias emocionales, culturales y personales, porque intentamos digerir realidades del siglo XXI con categorías heredadas del XX y, en no pocas ocasiones, del XIX. El patrimonio cultural participa también de esa tensión. Siempre ha existido una concepción casi purista de su conservación, empeñada en preservar objetos, edificios o restos arqueológicos como si contuvieran una esencia original que pudiera mantenerse intacta, una especie de pureza histórica que, si se piensa bien, resulta bastante discutible; frente a ella aparece otra forma de entender el patrimonio, aquella que considera que conservar no basta, que el vestigio debe dialogar con quien lo contempla, explicarse, adquirir contexto, permitir que el visitante comprenda no solo qué tiene delante, sino qué significó para quienes lo construyeron, utilizaron o habitaron. Ahí está la diferencia entre recorrer las salas inmensas del British Museum, donde el objeto parece imponerse por acumulación y solemnidad, y entrar en otros museos que intentan reconstruir contextos, ambientes y experiencias para convertir al espectador en algo más que un visitante que pasa ante una vitrina. Lo mismo sucede con las ruinas, con los yacimientos, con esos restos de civilizaciones que han sobrevivido al tiempo y ahora deben encontrar su lugar dentro de una modernidad que corre el riesgo tanto de embalsamarlos como de banalizarlos. El Museo Arqueológico de Alicante (MARQ), por ejemplo, ha trabajado con acierto en esa dirección, combinando la conservación con una museografía que introduce al visitante dentro del relato histórico y permite que escolares, turistas o curiosos entiendan qué están viendo y por qué aquello importa. El debate, por supuesto, está servido, porque entre convertir el patrimonio en una reliquia intocable y transformarlo en un parque temático existe un espacio enorme en el que todavía estamos aprendiendo a movernos. Algo habrá que hacer si no queremos que preservar acabe significando ocultar y que interactuar termine convirtiéndose en destruir. Como casi todo lo que merece la pena discutir en nuestro tiempo, se trata de encontrar un equilibrio difícil; y quizá por eso mismo estemos ante uno de esos pequeños grandes retos civilizatorios que dicen mucho más de nosotros de lo que parece.Esta nueva novela de Petros Márkaris, La revuelta de las cariátides, se instala de lleno en ese debate. Un grupo de inversores extranjeros pretende utilizar el patrimonio griego como base de un proyecto empresarial y, aunque todo se presenta bajo el envoltorio seductor de la innovación, la recuperación del pasado y el desarrollo económico, resulta inevitable preguntarse dónde acaba la puesta en valor y dónde comienza el expolio. Esa frontera es uno de los territorios que mejor maneja Márkaris, porque en sus novelas siempre existe una profunda desconfianza hacia un mundo empresarial capaz de convertir cualquier cosa en mercancía, desde una empresa pública hasta la memoria colectiva de un país. Aquí la operación adquiere además un componente casi obsceno: apropiarse de los símbolos de la Grecia clásica, de aquello sobre lo que se ha construido buena parte del imaginario occidental, para convertirlos en escenario de una operación económica. Es posible, por supuesto, que explotación y conservación no sean conceptos incompatibles; incluso podríamos aceptar que un patrimonio sin visitantes, sin recursos y sin capacidad para relacionarse con la sociedad corre el riesgo de convertirse en un objeto muerto. El problema aparece cuando la rentabilidad deja de ser un instrumento para su conservación y pasa a convertirse en su razón de existir. Entonces el patrimonio deja de pertenecernos a todos para transformarse en una marca, un decorado o una oportunidad de inversión. Y todos sabemos que detrás de determinadas operaciones económicas no existe ningún deseo de conservar, sino el impulso mucho más elemental de apropiarse, rentabilizar, exprimir y, llegado el caso, destruir. Jaritos acaba enfrentándose a los delitos y asesinatos que surgen alrededor de este proyecto, pero Márkaris, como suele ocurrir en la serie, utiliza la investigación criminal para ir mucho más lejos: el cadáver importa, claro, pero también importa todo aquello que lo ha hecho posible.

Empieza un periodo de espera que se convierte en una verdadera tortura. No sabes cómo manejar la ansiedad ni cómo matar el tiempo. Las dos cosas se retroalimentan y, como resultado, te conviertes en un manojo de nervios.

El autor mantiene intacto su interés por la política y por el funcionamiento de los sistemas. En realidad, buena parte de las novelas de Jaritos pueden leerse como una larga conversación sobre Grecia, Europa, el poder y las contradicciones de la democracia contemporánea. El crimen proporciona la estructura narrativa; por debajo circula otra investigación más amplia, la de una sociedad que intenta averiguar qué ha hecho consigo misma. En La revuelta de las cariátides aparecen de nuevo las preguntas sobre la democracia, la libertad, la autoridad y el poder económico, pero esta vez unidas a una mirada hacia la Antigüedad que tiene algo de provocación. Recurrimos a la polis griega como origen idealizado de nuestra democracia al mismo tiempo que estamos dispuestos a transformarla en producto comercial. El pasado sirve para legitimarnos, para construir discursos políticos, para levantar identidades e incluso para vendernos, pero no siempre estamos dispuestos a aceptar la complejidad que contiene. Esa contradicción aparece condensada en uno de los planteamientos centrales de la novela:

Entonces se nos ocurrió que el sistema ideal para el mundo contemporáneo no es otro que la antigua polis griega, símbolo de la grandeza de la Antigüedad. Esa idea nos condujo a la decisión de construir una nueva polis inspirada en el modelo de la Atenas antigua, e instalar en ella nuestras empresas.

La idea tiene algo de delirio empresarial, pero su verdadera fuerza está en la contradicción que contiene. La polis no fue simplemente una forma urbana ni un conjunto de edificios reconocibles; fue, con todas las limitaciones históricas que queramos señalarle, un espacio político. Allí el ciudadano adquiría sentido porque formaba parte de una comunidad, discutía, decidía, participaba y se reconocía como integrante de un cuerpo colectivo. Reconstruir esa polis para instalar empresas privadas dentro de ella supone vaciarla de aquello que la hizo precisamente significativa. Se conserva la arquitectura simbólica y se elimina el contenido político; permanecen las columnas, el nombre, la escenografía, incluso la apelación a la grandeza de Atenas, pero desaparece el ciudadano y en su lugar aparece el cliente, el trabajador o el inversor. La polis deja de ser un lugar desde el que pensar lo común para convertirse en un espacio administrado desde intereses privados. Esa es, quizá, la perversión más interesante que plantea Márkaris: no se destruye el pasado, se conserva su apariencia mientras se modifica su significado.

Y ahí la novela toca un asunto mucho más contemporáneo de lo que parece. Llevamos años viendo cómo determinados espacios que antes pertenecían a la esfera pública son absorbidos por una lógica empresarial: centros urbanos convertidos en escaparates, barrios sometidos a la presión turística, espacios culturales cuya supervivencia se mide por el número de visitantes, universidades obligadas a hablar de rentabilidad o ciudades enteras que compiten entre sí como si fueran marcas comerciales. Todo acaba necesitando un relato, una imagen, un atractivo y, por supuesto, una cuenta de resultados. La nueva polis de Márkaris lleva esa lógica hasta un extremo casi grotesco, pero no inventa su fundamento. Se limita a preguntarnos qué queda de la ciudadanía cuando la economía deja de ocupar una parte del espacio social y empieza a organizarlo por completo. Porque una empresa puede instalarse en una ciudad, naturalmente; lo inquietante es imaginar una ciudad concebida desde el principio como prolongación de la empresa. La primera pertenece todavía a los ciudadanos; la segunda corre el riesgo de pertenecer a quienes la financian.

—Si entonarais el «Cristo ha resucitado os aplaudiríamos, porque todos esperamos la resurrección de nuestro país. ¡Pero vosotras entonáis «La vida en la tumba»!

Hay también otra ironía poderosa. La democracia occidental ha convertido a Grecia en uno de sus grandes mitos fundacionales. Acudimos una y otra vez a Atenas para explicar de dónde venimos, pronunciamos palabras como democracia, ágora o ciudadanía con una veneración casi religiosa y utilizamos los restos del mundo clásico como prueba material de una genealogía política que queremos hacer nuestra. Sin embargo, esa admiración puede convivir sin demasiados problemas con la mercantilización de aquello mismo que decimos venerar. El patrimonio corre entonces el peligro de transformarse en una especie de parque temático de nuestra propia memoria: reproducimos el escenario, conservamos la estética, vendemos la experiencia y dejamos fuera todo aquello que podría resultar incómodo. En ese sentido, la polis empresarial que propone la novela no es una recuperación de la Grecia antigua, sino su simulacro. Una Atenas sin conflicto, sin política, sin discusión y, en el fondo, sin ciudadanos. Queda el decorado y desaparece la vida que le daba sentido.

HEMOS TRAÍDO A UNOS KURO CONTEMPORÁNEOS PARA QUELOS CONVIRTÁIS EN ANTIGUOS CON VUESTRA INTELIGENCIA ARTIFICIAL.

Márkaris introduce de este modo una cuestión que atraviesa buena parte de nuestro tiempo: la facilidad con que el capitalismo absorbe incluso aquello que parece situado fuera de su alcance. Puede convertir la rebeldía en una camiseta, la memoria en un espectáculo, la identidad en marca y el patrimonio en una experiencia comercial. No necesita destruir los símbolos; le basta con apropiarse de ellos, modificar su significado y devolverlos al mercado convertidos en algo reconocible, atractivo y rentable. La operación resulta mucho más eficaz porque conserva la apariencia de respeto. Nadie dinamita el templo; simplemente se utiliza su prestigio. Nadie elimina la polis; se reconstruye una nueva, mucho más limpia, mucho más eficiente y, sobre todo, mucho más rentable. Quizá ahí se encuentre el centro más ácido de La revuelta de las cariátides: el problema ya no consiste únicamente en quién posee el patrimonio, sino en quién tiene capacidad para decidir qué significa.

Como corresponde a las novelas de Márkaris, la trama principal tampoco avanza sola. Surgen historias laterales, conflictos familiares y problemas sociales que entran en escena cuando parecía que la novela estaba encaminada hacia otro lugar. Esa estructura forma ya parte del universo de Jaritos y permite que los crímenes nunca aparezcan aislados de la sociedad que los produce. En esta ocasión adquiere especial importancia la violencia contra las mujeres, un asunto que atraviesa el libro e introduce un conflicto de enorme peso político y cultural en la Europa actual. Márkaris evita que quede reducido a una simple subtrama policial porque lo conecta con comportamientos heredados, relaciones de poder y una masculinidad capaz de encontrar excusas incluso después del asesinato. Uno de los fragmentos más duros del libro lo expresa sin demasiados rodeos:

—Pero ¿qué dices, Kostas? Todos los hombres llevan dentro a un energúmeno que se despierta cuando trata con mujeres. Eso es al menos lo que veía en el pueblo donde crecí. Cada dos por tres, un tipo se tomaba el dedo del proverbio, luego la mano… y acababa matando a su mujer. Cuando lo detenía, declaraba a la policía: «Le asesté cinco cuchilladas, pero después no me acuerdo de nada». Pero las cinco cuchilladas sí que las había contado bien.

Ahí aparece otro Márkaris reconocible, el que utiliza una conversación casi cotidiana para introducir una carga política considerable. La última frase del fragmento es demoledora porque desmonta de golpe el relato de la pérdida de control: quizá el asesino diga no recordar nada, pero ha contado perfectamente las cuchilladas. No estamos ante un arrebato inexplicable caído del cielo, sino ante una violencia asentada sobre una cultura, unos hábitos y una determinada forma de entender las relaciones entre hombres y mujeres. Este tipo de desplazamientos temáticos pueden hacer que la novela parezca, por momentos, más dispersa, pero también son parte de su personalidad. Jaritos investiga asesinatos mientras alrededor envejecen sus amigos, cambian las relaciones familiares, aparecen nuevas generaciones y Grecia continúa intentando comprenderse a sí misma. Confieso que La revuelta de las cariátides no está entre las novelas del comisario que más me han gustado; algunas de sus líneas argumentales me interesan más que otras y el mecanismo criminal quizá no alcance la fuerza de las mejores entregas de la serie. Pero sigo disfrutando de algo que, después de tantos libros, resulta incluso más importante que averiguar quién ha matado a quién: acompañar a Jaritos y observar cómo envejecen él y quienes lo rodean. Márkaris ha conseguido que su familia, sus compañeros y sus conversaciones formen una especie de pequeña crónica sentimental y política de Grecia. Seguimos leyendo por los crímenes, sí, pero a estas alturas también regresamos para saber cómo están.



Traductor: Ersi Marina Samará Spiliotopulu

Editorial: Maxi-tusquets

ISBN: 9788411075992

Idioma: Castellano

Número de páginas: 320

Tiempo de lectura: 7h 36m

Encuadernación: Tapa blanda bolsillo

Fecha de lanzamiento: 02/04/2025

Año de edición: 2025

Plaza de edición: Barcelona

Colección: Maxi

Serie/Saga: Serie Kostas Jaritos

Número: 15

Alto: 19.0 cm

Ancho: 12.5 cm

Recién ascendido, Kostas Jaritos se enfrenta a un polémico caso.

«Cada novela, cada historia, cada trazo de Petros Márkaris y Jaritos es una instancia hacia la vida de verdad.» Fernando R. Lafuente, Abc Cultural

«Márkaris se ha convertido en uno de los mejores autores de novela negra actuales.» Lilian Neuman, La Vanguardia

«Un referente actual de la mejor tradición de la novela negra, esa cuyo espíritu inconformista se identifica con los perdedores del sistema.» Andrés Seoane, El Cultural (El Mundo)

La pandemia ha quedado atrás, y Kostas Jaritos ya es jefe de las Fuerzas de Seguridad del Ática, un logro que celebrará con su familia y sus amigos. Entre los cambios que provoca ese nombramiento, el más importante es el de su sucesión: por primera vez, será una mujer, Antigoni Ferleki, la que ocupe el puesto de jefa del Departamento de Homicidios. Pronto, Kostas debe garantizar la seguridad de tres ricos empresarios extranjeros que viajarán a Grecia con el objetivo de invertir en algunos recintos arqueológicos. Los medios de comunicación los acogen con entusiasmo, pero no todo el mundo está contento. Un grupo de mujeres, que se denominan a sí mismas «cariátides», no ven con buenos ojos ese proyecto. Las consecuencias serán trágicas en esa Atenas que se transforma sin perder nunca su identidad.

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