Tengo una profesión extraña. Ni soy escritor ni investigador ni ejerzo de filólogo, sin embargo, ejerzo de todas ellas. Mi profesión es una suerte de cajón de sastre en que cabe el estilo, la gramática o la crítica literaria. También la docencia, el asesoramiento técnico o el análisis lector. En esta última me paro. Mi vocación real es la de lector, de disfrutón de la palabra, de entendido en las artes de la ficción. No quiero decir que con las otras facetas no disfrute, para nada, lo que afirmo es que ser un lector profesional, casi lo puedo afirmar sin sonrojarme, es lo que más me satisface. Os lo explico. Ser un lector no agota, te da siempre margen de redimirte de tus pecados cuando has leído una obra sin sustancia y, además, no cobro un duro por ello, acaso, ¿no pensáis que en ese romanticismo decimonónico no se encierra la esencia la de la felicidad?
