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20 febrero 2021

Mi padre el pornógrafo, My Father, the Pornographer, Chris Offutt

 

Mi padre el pornógrafo, pero podría ser mi padre médico, mi padre el espía, mi padre ingeniero o mi padre catedrático. La relación con el padre ha ido cambiando con el tiempo, de los padres que marcan la autoridad intra familiar y determinan el futuro de la unidad, a los padres postmodernos que emulan el parto. La paternidad ha sido cambiante y nuestro papel en la misma también. Del padre alejado del hijo en el que se veía, en el mejor de los casos, un seguro de descendencia patrimonial, al padre afectado por los sentimientos del vástago; del padre ausente de otras épocas, al padre implicado; del padre que se preocupaba por proveer, en el mejor de los casos, y construía un mundo particular propio en el que podía disfrutar lo que le habían dicho que era la masculinidad, al padre que ve en su hijo las frustraciones incumplidas de sus sueños de Peter Pan; es curioso, igual ser padre consiste en no abandonar del todo la adolescencia, o sí, madurar sin abandonar la ilusión de un futuro que, no nos engañemos, no suele cumplirse. Ser padre como ser cualquier cosa, esposo, amigo, compañero, hermano, trabajador o jefe, es difícil, porque vivir es difícil, porque estamos programados para creer que podemos cumplir unos sueños que, estoy convencido de ello, muchos no han construido por sí mismos, sino que han sido implantados por el entorno, por el deber ser, por la rigidez de la norma o la relatividad moral en otros momentos. En esta época extraña, líquida, fronteriza, relativista, se quiere desdibujar definitivamente el hecho de ser padre, alejar al hijo y, en ese sentido platónico tan intenso, dejar a la prole a cargo del Estado que determinará el futuro de cada uno de ellos. Soy un clásico, porque el Estado es un conjunto de personas que pueden ser también padres o madres, que tienen criterio y caparían al individuo en aras del yo colectivo y de los intereses particulares de quienes gobiernen; la historia es muy significativa cuando  nos habla de estas cosas. Por eso lo dicho, soy un clásico, yo me quedo  con el dolor, con los estigmas que significa la filiación, el peso genético y cultural que heredamos del padre, los temores y complejos, la perplejidad y la incomprensión, las reafirmaciones que no se han producido, las conversaciones que sí, los choques de la adolescencia y los dolores de cabeza de la madurez, lo que les echamos en cara y lo que nos echan a nosotros, el amor recibido y el amor no recibido, la frustración y el bienestar de pasar un rato en silencio, la tiranía emocional, sí, elegiría mil millones de veces ir al psiquiatra antes que renunciar al padre. ¿Como padre? Como padre vivo la extrañeza del reflejo, el cargar en el hijo mis expectativas, en desear por ellos, en amarlos de una forma indeterminada, en sacrificarme sabiendo que es una excusa genial para no tener que ejecutar mi voluntad de ser: coartada perfecta, siempre podré decir que mis hijos han cortado lo que esperaba para mi propia vida. Pero, ¿sabes? Los veo y sonrío.