Cuando
imaginamos la muerte cada uno lo hacemos desde nuestra educación, los que la
tenemos, los más jóvenes, tal vez, recrean el imaginario fílmico con el que se
han educado. La muerte es tabú, como muchos otros en una sociedad tan hipócrita
como la nuestra. No nos morimos, somos jóvenes eternos, guapos y perfectos, con
vidas plenas que se reflejan en las series de televisión de manera constante.
Pero como eso no es cierto, no deja de ser una fantasía más propiciada para adormecernos
y que no pensemos en lo nuclear, la muerte, pues, se puede presentar como nos
dé la realísima gana. Yo, que la he experimentado, la entiendo como un momento
de tranquilidad y paz, de estar con nosotros mismos y, quién sabe, con aquellos
que nos han querido y deambulan por ese espacio inconcebible. Pero igual no es
así, igual es la nada, es la podredumbre del cuerpo y la desaparición del
espíritu, en cualquier caso, somos seres materialmente vivos y espiritualmente
activos, con consciencia y alma, así que reconozcamos que también, en
consecuencia, seremos no seres muertos. Y no me da ningún miedo.

