La lectura es un placer indescriptible. Escribir un sufrimiento asumible
Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas
17 septiembre 2026
La revuelta de las cariátides, Η εξέγερση των Καρυάτιδων, Petros Márkaris
Vivimos en un mundo sometido a cambios profundos. Dicho así parece un lugar común y, si ampliamos la perspectiva, podríamos aplicar la frase a casi cualquier periodo de la historia de la humanidad; cada generación ha tenido la sensación de asistir a una transformación decisiva de su tiempo. Sin embargo, hay algo distinto en el nuestro: desde hace años los cambios sociales, políticos y culturales los vivimos en directo, pero ese directo se ha acelerado hasta casi eliminar la distancia entre lo que sucede y nuestra obligación de comprenderlo. Y eso tiene consecuencias emocionales, culturales y personales, porque intentamos digerir realidades del siglo XXI con categorías heredadas del XX y, en no pocas ocasiones, del XIX. El patrimonio cultural participa también de esa tensión. Siempre ha existido una concepción casi purista de su conservación, empeñada en preservar objetos, edificios o restos arqueológicos como si contuvieran una esencia original que pudiera mantenerse intacta, una especie de pureza histórica que, si se piensa bien, resulta bastante discutible; frente a ella aparece otra forma de entender el patrimonio, aquella que considera que conservar no basta, que el vestigio debe dialogar con quien lo contempla, explicarse, adquirir contexto, permitir que el visitante comprenda no solo qué tiene delante, sino qué significó para quienes lo construyeron, utilizaron o habitaron. Ahí está la diferencia entre recorrer las salas inmensas del British Museum, donde el objeto parece imponerse por acumulación y solemnidad, y entrar en otros museos que intentan reconstruir contextos, ambientes y experiencias para convertir al espectador en algo más que un visitante que pasa ante una vitrina. Lo mismo sucede con las ruinas, con los yacimientos, con esos restos de civilizaciones que han sobrevivido al tiempo y ahora deben encontrar su lugar dentro de una modernidad que corre el riesgo tanto de embalsamarlos como de banalizarlos. El Museo Arqueológico de Alicante (MARQ), por ejemplo, ha trabajado con acierto en esa dirección, combinando la conservación con una museografía que introduce al visitante dentro del relato histórico y permite que escolares, turistas o curiosos entiendan qué están viendo y por qué aquello importa. El debate, por supuesto, está servido, porque entre convertir el patrimonio en una reliquia intocable y transformarlo en un parque temático existe un espacio enorme en el que todavía estamos aprendiendo a movernos. Algo habrá que hacer si no queremos que preservar acabe significando ocultar y que interactuar termine convirtiéndose en destruir. Como casi todo lo que merece la pena discutir en nuestro tiempo, se trata de encontrar un equilibrio difícil; y quizá por eso mismo estemos ante uno de esos pequeños grandes retos civilizatorios que dicen mucho más de nosotros de lo que parece.
10 septiembre 2026
Los Sorias, Alberto Laiseca
Andamos estos días alucinados ante los cambios políticos que observamos a nuestro alrededor y, entre todo lo que ocurre, hay algo que me preocupa de un modo especial: la facilidad con que se trata a la ciudadanía como si fuera menor de edad, como si estuviera formada por niños a los que hay que tutelar porque desconocen qué les conviene, qué deben pensar o incluso qué deben hacer. Hay un instante en que el poder deja de conformarse con gobernar. Ya no le basta con dictar leyes, distribuir cargos, controlar y decidir fronteras o señalar enemigos; empieza a sentir la tentación de entrar en la lengua, ordenar los afectos, administrar los cuerpos, fabricar el pasado y anticipar incluso aquello que todavía no ha ocurrido. Quizá ese sea uno de los síntomas más inquietantes de cualquier forma política que ha perdido conciencia de sus límites: su vocación de totalidad. El exceso del poder no empieza cuando mata, sino mucho antes, cuando pretende decidir qué palabras pueden pronunciarse, qué nombres corresponden a cada uno, qué debe recordarse y quién merece existir dentro del relato común. La política se convierte entonces en una forma de imaginación, pero en una imaginación peligrosa: quiere inventar el mundo y obligarnos después a vivir dentro de lo que ha inventado. Amigos, observad además cómo casi siempre aparece un enemigo al que se deshumaniza, sobre el que se descarga la violencia y al que se responsabiliza de cualquier alteración del modus vivendi que se pretende preservar. Ahí empieza el peligro: cuando gobernar deja de consistir en administrar una sociedad plural y empieza a significar decidir, también, cómo debemos comprenderla.
27 agosto 2026
Animales pequeños, Mercedes Duque Espiau
El nuevo mundo no fue el que se descubrió, porque aquel mundo ya existía: era anterior a la llegada de los europeos, desconocido para los navegantes, sí, pero presente, real y habitado por quienes ya lo vivían. Cuando hablamos de un nuevo mundo, deberíamos referirnos, más bien, a esos mundos que se crean cuando determinados hechos alteran el rumbo de la existencia. En algún momento pasamos de una pobreza casi generalizada, extendida por buena parte del planeta, a sociedades en las que amplios sectores de la ciudadanía pudieron vivir con cierta dignidad. En otro momento, abandonamos la inacción aparente y la linealidad de lo acontecido para entrar en rupturas que lo transformaron todo: la imprenta multiplicó la circulación de las ideas, la máquina de vapor cambió el trabajo y las distancias, la electricidad alargó el día y los antibióticos modificaron nuestra relación con la muerte. Ahora, percibo, estamos ante otro nuevo mundo, uno que aborda la realidad desde una perspectiva que todavía no acabamos de comprender. Las personas parecen abandonar la solidaridad para refugiarse en un yo cada vez más blindado, menos permeable a los otros, más expuesto a un vacío existencial que se viene anunciando, quizá, desde la Revolución Industrial. La falta de sentido, la dificultad para asumir las propias limitaciones —ese «tú puedes hacerlo todo» ha hecho mucho daño— y, en definitiva, la incapacidad de estos nuevos individuos para aceptar la frustración conduce, de manera casi inexorable, a un dolor del espíritu cuya solución no parece sencilla.
20 agosto 2026
Una liturgia común, A Book of Common Prayer, Joan Didion
El colonialismo fue, entre otras cosas menos confesables, una manera de crecer con recursos ajenos, una forma solemne de llamar civilización al expolio y destino histórico a lo que muchas veces no era más que codicia bien armada. Es una realidad que, con distintas máscaras, se ha repetido a lo largo de la historia: conquista, ocupación, tutela, protectorado, deuda, multinacional, influencia geopolítica o simple compra de voluntades. Sus modalidades son múltiples, pero la huella permanece en los mapas de Europa, de África y de América, en esas fronteras trazadas con regla, sangre y despacho. En el siglo XX, paradójicamente la era del poscolonialismo y de la autodeterminación, siguieron existiendo formas de ocupación menos visibles, pero igual de eficaces, sostenidas casi siempre por intereses económicos. América del Sur y el Caribe saben bien de qué hablo. El destino manifiesto fue una losa sobre el crecimiento político de buena parte del continente, pero también una política expansiva destinada a controlar lo político para controlar lo material. No solo Estados Unidos ha mirado hacia esa región con apetito; otras potencias lo han hecho y lo hacen mediante la compra de recursos, la influencia diplomática, la financiación indirecta o la penetración económica. Alimentar narcoestados, tiranías, democracias de fachada y sistemas iliberales no es nuevo, pero conviene no envolverlo después en el celofán de la moral. No es casual que exista toda una literatura sobre los excesos políticos, la violencia del poder y la devastación institucional en esa parte del mundo: El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias; El otoño del patriarca, de García Márquez; La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa; Yo el Supremo, de Roa Bastos; o Conversación en La Catedral, por citar solo algunos ejemplos, no nacen de una extravagancia tropical ni de una imaginación hipertrofiada, sino de una realidad histórica donde el poder ha sido demasiadas veces una maquinaria de triturar vidas. Y no, no es casualidad: es el resultado de políticas que impiden el crecimiento, deforman las instituciones y controlan, ya sea mediante gobiernos obedientes, empresas multinacionales o poderes económicos sin rostro, el destino de millones de personas.
13 agosto 2026
La bailarina, La Danseuse, Patrick Modiano,
A pesar de que en este blog suelo comenzar las entradas con una reflexión más o menos general sobre la vida —esa costumbre tan mía de dar un pequeño rodeo antes de llegar al libro—, no es menos cierto que, en ocasiones, conviene entrar directamente en materia literaria, aunque sea con la elegancia de quien finge que no lo hace. Hace tiempo descubrí que este modo de empezar resultaba más amable, quizá más eficaz, porque había más gente dispuesta a seguir leyendo si antes de hablar de un libro abríamos una puerta, encendíamos una luz o dejábamos caer una idea que pudiera rozarle la vida. Digamos que es una manera sutil, o no tanto, de atraer a quienes podrían convertirse —hermosa ilusión vital— en potenciales lectores. Por eso hoy os hablo de la novela breve, ese género que parece menor solo para quienes confunden la extensión con la profundidad. La novela breve viene de lejos: de la novella italiana, de Boccaccio y sus relatos afilados, de esa tradición renacentista que entiende que una historia no necesita ocupar medio bosque para dejar huella; y ahí, claro, aparece Cervantes, maestro en concretar la acción, elegir lo mollar, apartar lo accesorio y recordar que el lector no siempre tiene que atravesar centenares de páginas para sentir que ha vivido algo verdadero. La brevedad no garantiza la precisión, desde luego; también una novela corta puede divagar, perderse o entretenerse en adornos innecesarios. Pero, por pura exigencia de espacio, se le permiten menos florituras: ha de decir lo que quiere decir con una exactitud casi moral. Por eso me gustan tanto el relato y la novela breve, porque me permiten disfrutar de la literatura sin convertir la lectura en un acto de resistencia, sin exigir ese esfuerzo de la voluntad que a veces uno reserva, con razón, para asuntos mucho menos felices.
23 julio 2026
Mis tardes en el pequeño café de Tokio, 木曜日にはココアを Michiko Aoyama
Qué agradables son los cafés. En ellos nos sentimos bien con nosotros mismos, un poco a salvo de las rutinas que nos persiguen y, sobre todo, de ese calor exterior que supera los treinta y cinco grados con vocación de castigo bíblico. Ese rato de aire acondicionado se convierte en un oasis, casi en un pequeño canto a la libertad. El cuerpo se relaja; el cerebro deja de obedecer, vaga por espacios limpios, vacíos, sin trabas, y uno entiende que ha llegado el momento ideal para dejarse llevar, sonreír al camarero y pedirle un cortado del tiempo, con hielo, como si en ese gesto mínimo se concentrara una forma modesta de felicidad. Mientras tanto, vemos pasar a la gente deshidratada por avenidas inmensas, jaulas ingobernables de un calor sofocante. Parece —y es así— que se derriten al cruzar la acera, y miran con ojos tristes los coches cerrados, también ellos encapsulados en su propio aire acondicionado, como nosotros en el bar. El cambio climático, el calor extremo, el debate sobre si instalar o no estos aparatos. En París, por ejemplo, asunto nacional; aunque tampoco parece que allí se hayan planteado demasiado lo de la calefacción, quizá porque hace un frío que aquí, en la costa, ni conocemos ni queremos conocer. ¿Acaso las calefacciones de los edificios no se alimentan de gas, gasoil o de otras alegrías fósiles? Pero ya sabéis: cada uno ve el cambio climático según le va en el asunto. Demonizar al otro es una costumbre muy de nuestro tiempo; bueno, lo concedo, y de todos los tiempos.
09 julio 2026
La subasta del lote 49; The Crying of Lot 49 Thomas Pynchon
Me ocurre algo curioso con la literatura norteamericana. Al tratarse de una tradición relativamente joven, sus referentes también lo son; digamos, a grandes rasgos, que tiene menos siglos donde escoger. La novelística estadounidense nos ha dado un número extraordinario de autores y obras notables, eso es indiscutible; pero tampoco podemos olvidar que, durante el siglo XX, utilizó todo el poder de su formidable aparato cultural para proyectar sobre el mundo una determinada idea de literatura, de modernidad y de prestigio. Esto no implica menosprecio alguno, ni mucho menos: Melville, Faulkner, James, Fitzgerald, Pynchon o Morrison están ahí por derecho propio. Ahora bien, también conviene admitir que se nos ha dado la tabarra, desde universidades de élite, grandes editoriales, suplementos culturales y una crítica a menudo demasiado reverencial, con una nómina de obras maestras que no siempre resisten igual fuera del ecosistema que las consagró. A veces el lector siente cierta extrañeza ante algunas propuestas que se le presentan como rupturas absolutas y que, vistas desde otras tradiciones más antiguas, más estratificadas, más castigadas por la historia, quizá no pasan de ser libros inteligentes, valiosos, incluso brillantes, pero no necesariamente ese canon incontestable que se nos vende. La literatura norteamericana ha sabido convertir su juventud en mito fundacional: donde otras literaturas tienen siglos, ruinas, imperios, lenguas superpuestas y tradición sedimentada, Estados Unidos ha levantado una épica de la novedad —la ballena, el río, la frontera, la ciudad, el dinero, la culpa racial, el sueño americano, la paranoia—. Es una literatura formidable, sin duda, pero a veces su recepción mundial confunde dos fuerzas distintas: la potencia estética de sus mejores libros y la potencia industrial del país que los exporta.
02 julio 2026
La intriga del funeral inconveniente, Eduardo Mendoza
La vida ya tiene suficientes obligaciones como para imponerme también la de escribir en un blog, levantar una entrada, cumplir con los lectores, sentarme ante el ordenador cuando el verano pesa con su calor y su agobio vital para decidir sobre qué libro quiero hablar, qué aspecto de la vida merece ser compartido o, más sencillo todavía, cuál de las lecturas ya hechas debe salir al encuentro de vosotras. Lo sé, y, sin embargo, aquí estoy: con una parte de este post ya escrita, animándome en la penumbra obligada del despacho a mirar hacia fuera, hacia ese aire con calima, turbio, casi irreal, como también lo es a veces leer y compartir lo leído. La vida tiene estas contradicciones maravillosas: aunque tienda a la molestia, al cansancio o a la resistencia, hay una forma de felicidad en dejar que las manos se deslicen libres por el teclado, que construyan palabras, pensamientos, pequeñas filosofías o teologías domésticas que acabamos compartiendo entre todos. Hay algo hermoso en sentir que una idea llega, que uno intenta atraparla o que se le escapa, igual que los sueños cuando nos empeñamos demasiado en retenerlos. En cualquier caso, amigo, amiga, experimento un extraño placer al hacer estas pequeñas cosas. Me siento libre. ¡Qué contradicción!
12 marzo 2026
Cosas pequeñas como esas, Small Things like These, Claire Keegan
Escribir un blog es un ejercicio circense de riesgo, parecido (metáfora hortera) a caminar descalzo por un alambre tensado. Digo esto porque me expongo una y otra vez, sin descanso, dejando mi pensamiento, mis secretos íntimos, a la exposición pública, a la intemperie desolada de un mundo que está cambiando ante nuestros ojos. Ante la hipocresía, la mediocridad dolorosa de quienes hablan en los púlpitos de los media, nosotros, modestos, reflexionamos sobre el arte, sobre el hecho de escribir; pensamos e intentamos ser benevolentes y justos con los escribidores de historias, porque, amigos, la literatura es ese espacio infinito que habita la dimensión que nos gustaría colonizar. Es maravillosa la ficción, pero seamos realistas, la ficción no acaba de taponar las heridas de la realidad.
23 febrero 2026
Caledonian Road, Andrew O'Hagan
Miro por la ventana, pero no me hace falta, el aire se cuela por los oídos, la vista y el tacto, creo que todo sabe a aire. El clima me tiraniza, consigue agotarme o hacer que sonría nada más levantarme. Son tiempos difíciles, como los aires de Almudena Grandes, época en que se huelen los cambios, en que la gente vive alterada, nerviosa, sin saber muy bien cuál es el camino que deben tomar. Así transcurren las vidas en las ciudades, igual no en el campo, en los lugares recónditos, pero sí donde la gente se agolpa, y es ahí donde la moral se ausenta y la política se convierte en una lucha de acólitos enfermados por la pereza de pensar. Son momentos de incertidumbre, sin embargo, en el espacio público, solo vemos certezas, actitudes ortodoxas que no admiten movimientos. La heterodoxia, como he dicho muchas veces, es para otro tiempo, para otro ánimo, para otra vida.
17 febrero 2026
Comerás flores, Lucía Solla Sobral
Hace tiempo que no entraba a compartir un rato con todos vosotros. He estado muy atareado con otros proyectos, así que me ha resultado difícil escribir, pero leer, leer es algo que no dejo de hacer. Una de las funciones de un profesional de la literatura (no digo escritor, sino de quien reflexiona, escribe y piensa en literatura) es estar con las novedades, tomar el pulso a la realidad de los lectores o estar atento a lo que dicen las redes, sí, porque hoy las redes lanzan, ensalzan o llevan al éxito a escritores independientemente del talento. Nuestra obligación es saber, entender y contar lo que vemos.
22 diciembre 2025
Época de migración al norte, Mawsim al-hijra ilā al-shamāl , Táyyeb Sáleh
Tenía ganas de volver. Entre viajes y obligaciones, la escritura la voy dejando en segundo lugar. Me preocupa más, la verdad, la literaria, el experimento asombroso que estoy llevando a cabo, la cantidad de ideas que se agolpan en mi cabeza y que se van plasmando en pequeños relatos. Algunos hechos, otro, por hacer, pero esperando a que vuelva a tener la fuerza de ánimo que se necesita para gozar en lo literario. Por eso tengo ganas de volver aquí, a este refugio excepcional en que he estado guareciéndome del frío y de las inclemencias del mundo. Escribir es un acto de fe, es decir, lo haces sin saber cuál será el resultado, si serás capaz de llevarlo a cabo o si los resultados serán los que esperas. Da lo mismo, en cualquier caso, me obliga a ser yo mismo, a quien quiero ser y en quien me he ido convirtiendo todos estos años. Así que comparto el gozo absoluto de este trabajo de artesanos que tanto me apasiona.
12 noviembre 2025
La judía de Toledo, Die Jüdin von Toledo, Lion Feuchtwanger
Me propongo hablar sobre géneros, talento y premios. La literatura, en realidad, está constituida por literaturas, por hechos literarios que tienen, en mayor o menor grado, «literaturidad». Este extremo es algo complejo de determinar, por eso nos encomendamos a Bloom y nos quedamos tan tranquilos. Es probable que ese concepto tan filológico como «literaturidad» no sea más que la plasmación de un talento especial, en absoluto extraordinario, y la capacidad de transitar de artesano a artista, pero también este extremo me parece muy controvertido porque asignar capacidad estética al autor no deja de ser un acto de fe, en muchas ocasiones. Hay géneros que son denostados por su popularidad; se les despoja del atributo del que os hablaba, pero tampoco es eso; existen géneros que, si bien en la mayoría de las ocasiones juegan con lo tópico e intrascendente, tienen capacidad de sorpresa e incluso talento artístico. Por último, los premios. Hay empresas literarias, las hay; existe una literatura cuyo fin es mero entretenimiento, huye, con conciencia de ello o no, de los placeres y refinamientos intelectuales que nos han dicho que debemos sentir, pero que cumple algunos de los fines más precisos del hecho literario y que entretiene, llega a quien no lee o, más simple y mágico todavía, se vende. Los profesionales de esto tenemos una tendencia egocéntrica importante, necesitamos denostar lo aparentemente vulgar (ojo, del vulgo), y queremos creer en lo espiritual insertado en las palabras, en un halo de santidad solo perceptible por nuestros afinados y entrenados sentidos, pero, amigos, las literaturas son mucho más que eso.
29 octubre 2025
El polaco, The Pole
Una cosa fantástica, cuando me pongo a hacer este post, es saber que los grandes autores tienen un punto de talento que, incluso en obras en apariencia menores, muestran elementos de competencia indiscutibles. Dentro de un panorama en que hay muchos autores-artesanos buscando su propia voz y, en muchos casos, calcando estilos ajenos, me gusta encontrarme con propuestas literarias que tienen una finalidad, que, por decirlo de otro modo, ofrecen una poética, discutible o no, hecho que añade un gran valor añadido para el lector. La manera de hacer literatura, si es esa la intención -cosa que parece pretender el autor en esta novela-, debe intentar aportar un programa estético que haga que podamos disfrutar, nos guste o no, con lo ofrecido. Las técnicas son variadas, las propuestas también, pero querer, pensar y dar es algo que aprecio con total sinceridad.
16 julio 2025
El soldado desafinado, Le Soldat désaccordé, Gilles Marchand
Imaginamos que la guerra es un espacio épico, aunque sórdido, que se produce en escenarios que nos son ajenos: la televisión, geografías lejanas o evocaciones literarias. La guerra como recurso de la historia para su evolución, Margaret MacMillan; la guerra como elemento inherente a la condición civilizatoria, un pecado necesario de la política, Arendt; la guerra, al fin y al cabo, como elemento cotidiano de lo humano. Todo ello nos hace asustarnos cuando parece que se acerca y llevarnos a la indiferencia cuando la percibimos lejos de nosotros. Es condición y contradicción, realidad y ficción. Pero me temo que, para los más jóvenes, es un elemento más de la gamificación general que sufre lo social.
28 mayo 2025
Hollywood, Charles Bukowski
Una de las cosas más raras como lector es acabar de leer toda la obra de un autor porque este ya no escribe o porque ha muerto. Ya me ha pasado en varias ocasiones, últimamente, con Camilleri y con Mankell. La sensación es agridulce, el hecho de saber que o les relees o no vuelves a ellos, es algo que hay que saber administrar cuando la obra te interesa por la razón que sea: sentimental, literaria o visceral. Hoy me llega el turno con Bukowski. Sí, acabo con su narrativa. Es posible que haya alguien que rescate algún relato olvidado o se haga una recopilación con material inverosímil. Pero objetivamente, con Hollywood finalizo con su prosa. No sé si volveré a él. No me importa. Sigo teniendo la hermosa sensación de haber leído algo inaugural, diferente e interesante. Gracias Chinaski.
12 mayo 2025
Tres enigmas para la organización, Eduardo Mendoza
La sátira, en ocasiones, debe recurrir al absurdo para, desde lo cotidiano conocido, elaborar una trama que ponga en el punto de mira precisamente ese aspecto, lo normal. La literatura satírica se caracteriza por su agudo sentido del humor, el uso de la ironía y la exageración para denunciar vicios y defectos sociales, políticos o humanos. Se vale de la burla y la parodia para abrir un espacio de reflexión crítica sobre la realidad, invitando al lector a cuestionar las normas establecidas. Esta tradición satírica sigue vigente, siendo un recurso valioso para expresar críticas de forma inteligente y entretenida, y manteniendo su relevancia en el diálogo cultural contemporáneo.
28 abril 2025
El ancho mundo, Le grand monde, Pierre Lemaitre
En ocasiones, el día es lluvioso, querríamos estar en la cama y no levantarnos, al menos yo. Hay gente que gusta de la lluvia, del ambiente mojado con su olor mohoso a tierra. Lo entiendo. No me deprime, pero me he enterado de que soy metereosensible, que la tristeza de los días grises, afecta mi estado general: migraña, ansiedad y cansancio. Nada nuevo, estamos hechos de la materia que configura el universo y eso no puede ser baladí. Otros gustan, como he dicho, de sentirse húmedos, de notar sobre la piel el agua que sí que huele a universo, a vida. A mí me gusta la sensación de tierra mojada, no nos equivoquemos, pero eso no impide que deseara estar leyendo un best seller en la cama, solo, ausente del mundo, de la gente, del ruido que me agobia. Un buen libro, dicen, no. No quiero un buen libro, prefiero una trama, juegos florales y malabarismos sin más pretensión que entretener.
23 abril 2025
Llévame a casa, Jesús Carrasco
Escribir sobre las relaciones con los padres es extremadamente complicado. Somos hijos del destino, pero, además, de nuestros padres. Los padres parece que adquieren una responsabilidad social y jurídica con nosotros, los hijos, que se extiende, en ocasiones, a la renuncia del yo en favor del él. Pero la vida, que pasa, reclama la factura cuando el hijo se convierte en quien se ocupa del padre, como si la broma infinita de la adolescencia, apenas finiquitada, les devolviera a una realidad difícil. Su cuidado. La reflexión sobre nuestras obligaciones al respecto es de múltiple naturaleza. En nuestro mundo, las obligaciones no van más allá de nuestros deseos o de lo que establezca la ley. Sin embargo, parece que se orilla la responsabilidad, se deja pasar la oportunidad de devolver, si se recibió, o de ejercer, aunque no ejercieran. Es, entiendo, una opción individual, la vida sigue y evoluciona en cada uno, que crea su universo y recrea su mundo. Hay ocasiones en que no cabe el cuidado y no debería dar lugar al reproche. Yo, personalmente, elijo el cuidado, pero tú puedes y tienes derecho a no hacerlo.
15 abril 2025
Acción de gracias, The Lay of the Land, Richard Ford
Cuando empiezo a leer una novela, me siento obligado a terminarla. No siempre es un placer, a veces se convierte en un calvario interminable. Las razones son muchas. Puede que la escritura sea mediocre y su torpeza me irrite. Otras veces, la trama se deshilacha antes de tiempo, sin misterio, como si el autor me hubiese revelado el final desde las primeras páginas. Me aburro. También sucede que el texto me gusta, pero el autor se regodea en su propio talento, disfrutando de su escritura más de lo que lo hace el lector. Ser profesional de lo literario tiene estas servidumbres. Francisco Umbral, sin duda, era mi ídolo. Contaban que, cuando le llegaba una novela que no le gustaba, la lanzaba directamente a su piscina vacía. Un monstruo. Mi piscina está llena, mis estanterías también, pese a las limpiezas y expurgas a los que las someto de vez en cuando. Ahora me inclino por lo virtual, por el préstamo bibliotecario infinito. Tal vez sería más fácil deslizar el dedo sobre la pantalla y borrar para siempre el libro que no me atrapa, pero no puedo. Es el castigo de mi inteligencia. Como Sísifo, empujo una y otra vez la misma roca, subo la montaña con cada libro, juro que nunca más... y vuelvo al inicio para retomar la escalada. Es lo que tienen los vicios.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
















