23 julio 2026

Mis tardes en el pequeño café de Tokio, 木曜日にはココアを Michiko Aoyama

Qué agradables son los cafés. En ellos nos sentimos bien con nosotros mismos, un poco a salvo de las rutinas que nos persiguen y, sobre todo, de ese calor exterior que supera los treinta y cinco grados con vocación de castigo bíblico. Ese rato de aire acondicionado se convierte en un oasis, casi en un pequeño canto a la libertad. El cuerpo se relaja; el cerebro deja de obedecer, vaga por espacios limpios, vacíos, sin trabas, y uno entiende que ha llegado el momento ideal para dejarse llevar, sonreír al camarero y pedirle un cortado del tiempo, con hielo, como si en ese gesto mínimo se concentrara una forma modesta de felicidad. Mientras tanto, vemos pasar a la gente deshidratada por avenidas inmensas, jaulas ingobernables de un calor sofocante. Parece —y es así— que se derriten al cruzar la acera, y miran con ojos tristes los coches cerrados, también ellos encapsulados en su propio aire acondicionado, como nosotros en el bar. El cambio climático, el calor extremo, el debate sobre si instalar o no estos aparatos. En París, por ejemplo, asunto nacional; aunque tampoco parece que allí se hayan planteado demasiado lo de la calefacción, quizá porque hace un frío que aquí, en la costa, ni conocemos ni queremos conocer. ¿Acaso las calefacciones de los edificios no se alimentan de gas, gasoil o de otras alegrías fósiles? Pero ya sabéis: cada uno ve el cambio climático según le va en el asunto. Demonizar al otro es una costumbre muy de nuestro tiempo; bueno, lo concedo, y de todos los tiempos.El Marble Café se erige en una esquina de un tranquilo barrio residencial de Tokio. Se trata de un pequeño establecimiento escondido al final de la hilera de grandes cerezos que bordean el río.

Hay libros que uno lee como quien entra en un café pequeño, de esos en los que el ruido de la calle queda fuera y todo parece ordenarse alrededor de una mesa, una taza y una luz tranquila. Mis tardes en el pequeño café de Tokio pertenece a esa familia de lecturas amables que, sin levantar demasiado la voz, proponen una forma de resistencia contra la prisa. No es poca cosa. En tiempos en que todo parece exigirnos intensidad, opinión, presencia, productividad y una especie de entusiasmo obligatorio, detenerse en una historia que avanza con delicadeza tiene algo de gesto subversivo. Uno lee y, casi sin darse cuenta, baja el ritmo, respira mejor, acepta que no todos los libros han venido a rompernos por dentro ni a explicarnos el apocalipsis; algunos, sencillamente, nos acompañan, nos colocan una manta sobre los hombros y nos recuerdan que la vida también sucede en los detalles mínimos.

¿De verdad?¿Acaso la gente creía que mi trabajo consistía solo en pasármelo bien con los niños cantando y tocando el piano y que terminaba cuando se iban a casa?

La novela funciona, precisamente, porque entiende ese valor de lo pequeño: una conversación, una espera, una taza humeante, una calle de Tokio, la memoria que aparece cuando menos se la llama. Hay en estas páginas una confianza en la lentitud que resulta muy japonesa, o al menos muy cercana a esa idea de Japón que Occidente ha convertido en refugio estético: el silencio, la ceremonia, la belleza de lo cotidiano, la posibilidad de que un gesto casi invisible contenga una verdad enorme. Conviene decirlo, claro, porque también hay cierto peligro en este tipo de libros: pueden deslizarse hacia lo confortable, hacia esa literatura amable que parece escrita para que nadie se incomode demasiado. Pero aquí, al menos, uno se deja llevar. Quizá porque todos necesitamos, de vez en cuando, un pequeño café donde sentarnos a mirar la vida sin que la vida nos atropelle. Quizá porque la literatura, cuando no pretende salvar el mundo, a veces consigue algo más difícil: salvar una tarde.

Más allá de eso, elegir un toldo, un cartel y un delantal, naranjas había sido, de hecho, una decisión acertada, porque los vecinos, en lugar de «Ralph's Kitchen», llamaban a su negocio «la tienda naranja». Eso le hacía feliz. Estaba muy orgulloso de que lo identificaran con aquel color y no con su nombre.

Traductor: Marta Morros Serret

Editorial: Editorial Planeta

ISBN: 9788408303473

Idioma: Castellano

Número de páginas: 208

Tiempo de lectura:4h 54m

Fecha de lanzamiento: 30/04/2025

Año de edición: 2025

Colección: Planeta Internacional

Serie/Saga: El pequeño café de Tokio



Una novela encantadora de la reina del healing fiction japonés y autora de La biblioteca de los nuevos comienzos. Más de 2.000.000 de lectores la esperan. GANADORA DEL PREMIO MIYAZAKIMOTO «Una autora única. Sabiduría y ternura en cada página.» The New York Times

Un refugio. Un respiro. Respuestas para el corazón.

Bajo los cerezos que abrazan el río de Tokio, un pequeño café con tres mesas de madera ofrece más que una bebida caliente: es un refugio. Cada jueves, mientras el aroma del chocolate llena el aire, regresan sus visitantes habituales: una joven que escribe cartas en inglés, una publicista que intenta ser todo para todos, una profesora en busca de ilusión... Junto al amable encargado y su gato blanco, encuentran consuelo y el impulso para seguir adelante. A veces, la vida nos regala un lugar así, donde una taza caliente y una palabra amable lo cambian todo.

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