27 agosto 2026

Animales pequeños, Mercedes Duque Espiau

El nuevo mundo no fue el que se descubrió, porque aquel mundo ya existía: era anterior a la llegada de los europeos, desconocido para los navegantes, sí, pero presente, real y habitado por quienes ya lo vivían. Cuando hablamos de un nuevo mundo, deberíamos referirnos, más bien, a esos mundos que se crean cuando determinados hechos alteran el rumbo de la existencia. En algún momento pasamos de una pobreza casi generalizada, extendida por buena parte del planeta, a sociedades en las que amplios sectores de la ciudadanía pudieron vivir con cierta dignidad. En otro momento, abandonamos la inacción aparente y la linealidad de lo acontecido para entrar en rupturas que lo transformaron todo: la imprenta multiplicó la circulación de las ideas, la máquina de vapor cambió el trabajo y las distancias, la electricidad alargó el día y los antibióticos modificaron nuestra relación con la muerte. Ahora, percibo, estamos ante otro nuevo mundo, uno que aborda la realidad desde una perspectiva que todavía no acabamos de comprender. Las personas parecen abandonar la solidaridad para refugiarse en un yo cada vez más blindado, menos permeable a los otros, más expuesto a un vacío existencial que se viene anunciando, quizá, desde la Revolución Industrial. La falta de sentido, la dificultad para asumir las propias limitaciones —ese «tú puedes hacerlo todo» ha hecho mucho daño— y, en definitiva, la incapacidad de estos nuevos individuos para aceptar la frustración conduce, de manera casi inexorable, a un dolor del espíritu cuya solución no parece sencilla.Animales pequeños, de Mercedes Duque, se mueve en ese territorio tan reconocible de la narrativa reciente en el que los personajes arrastran una herida, una desorientación, una precariedad sentimental y una dificultad casi estructural para convertirse en adultos. Hay algo eficaz en esa mirada, desde luego, porque todos conocemos esa vida suspendida en la que se trabaja, se desea, se viaja, se bebe, se folla, se conversa y, aun así, nada termina de adquirir forma. Pero también conviene decir que este tipo de literatura corre el riesgo de convertir el malestar generacional en una estética demasiado reconocible, casi en una marca de época: personajes frágiles, vínculos confusos, ciudades que prometen una vida distinta, amistades que se pudren lentamente y una intimidad que parece siempre al borde de romperse. La novela, cuando acierta, no cae del todo en esa postal de la vulnerabilidad contemporánea, porque entiende que la fragilidad no ennoblece por sí sola. Ser un animal pequeño no nos vuelve automáticamente mejores; a veces solo nos vuelve más asustados, más dependientes, más capaces de hacer daño mientras pedimos que no nos lo hagan.


Desde hace un tiempo, todo lo que me angustia baja hasta mi estómago, donde estoy segura de que dormita algún parásito. Me imagino los metros y metros de intestino habitados por una tenia que se alimenta de mi desgaste. La veo ciega y codiciosa, rascándose la espalda contra mis órganos, lamiéndome por dentro.


Ahí está, creo, lo más interesante del libro: no tanto en la exhibición de una sensibilidad herida, que ya empieza a ser un lugar común, sino en la incomodidad que aparece cuando esa sensibilidad deja de ser decorativa y muestra su reverso menos amable. Porque los personajes no solo sufren: también se equivocan, se justifican, se buscan en los demás con una ansiedad que agota, confunden el deseo con la salvación y la amistad con una especie de refugio obligatorio. Y eso, cuando la novela lo deja respirar sin subrayarlo, funciona. Animales pequeños habla de un mundo donde casi nadie sabe cuidar bien a nadie, aunque todos pronuncien las palabras adecuadas; un mundo en el que la ternura existe, sí, pero aparece mezclada con egoísmo, miedo, inmadurez y cierta autocompasión de época. Tal vez por eso el título resulta tan preciso: no porque sus personajes sean inocentes, sino porque viven encogidos, a la defensiva, buscando una madriguera en medio de una vida que les queda grande. Y uno termina la lectura con una sensación incómoda, que siempre es buena señal: quizá no estamos ante una novela sobre la fragilidad, sino sobre lo que hacemos —y lo que destruimos— para no sentirnos solos.


Enciendo un cigarrillo para calmar los nervios, pero todo lo que consigo es que el corazón se me acelere como asomándose al borde de una inmensidad que, en el fondo, no es más que una pregunta muy fácil:¿debería tocarle la barriga a mi hermana?


Temáticas Novela contemporánea Drama

Publicación 15 enero 2025

Colección Andanzas

Presentación Rústica con solapas

Formato 14.8 x 22.5 cm

Editorial Tusquets Editores

ISBN 978-84-1107-557-2

Páginas 208

Código 0010360942

Tinta texto interior Blanco y negro

Rita, desencantada y resentida con su mundo, pasa los días dinamitándose el cuerpo, viviendo de recuerdos. Se instaló en Londres con Lis, su mejor amiga, tras graduarse en la universidad, con la intención de buscar algo nuevo, una aventura quizá, o de labrarse un futuro similar al de su hermana mayor, Eva, editora de éxito, una envidiable hija perfecta. Cuando Lis cae en una depresión profunda, una especie de enajenación que la mantiene en cama, y Eva se enfrenta a una crisis que le hará replantearse su futuro, Rita se ve obligada a bucear en el pasado para entender en qué momento su vida dejó de tener sentido, por qué las personas que más quiere se alejan de su lado. Con una economía de lenguaje quirúrgica, esta novela deambula por una ciudad lluviosa y sombría, extrañamente silenciosa, y retrata a una generación que no encuentra su lugar. En esa urbe despiadada, estas jóvenes se rebelan de forma salvaje contra su cuerpo, contra la vida adulta, resignadas a no poder transmitir sus sentimientos.

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