17 febrero 2026

Comerás flores, Lucía Solla Sobral

Hace tiempo que no entraba a compartir un rato con todos vosotros. He estado muy atareado con otros proyectos, así que me ha resultado difícil escribir, pero leer, leer es algo que no dejo de hacer. Una de las funciones de un profesional de la literatura (no digo escritor, sino de quien reflexiona, escribe y piensa en literatura) es estar con las novedades, tomar el pulso a la realidad de los lectores o estar atento a lo que dicen las redes, sí, porque hoy las redes lanzan, ensalzan o llevan al éxito a escritores independientemente del talento. Nuestra obligación es saber, entender y contar lo que vemos.

El libro que os traigo es una novedad con éxito, un libro que se lanza y que el boca a boca lleva al estrellato. Me comentaban que el otro día, en una librería, había unas lectoras que se quedaron sin su ejemplar porque estaba agotado. A mí me gusta que los libros se agoten, que haya lectores a los que les interese, por algún motivo, gastar su dinero y su tiempo en un libro. Pero eso no significa nada más.

Desde la crítica —profesional y lectora— se ha leído la obra como un artefacto de alta intensidad simbólica, un libro que no busca agradar ni explicar, sino provocar una experiencia. Se ha destacado la coherencia de la voz, la construcción de un imaginario orgánico sostenido y la capacidad del texto para generar adhesión o rechazo, pero rara vez indiferencia. No es un libro complaciente ni de lectura cómoda: exige atención, una lectura casi física.

Es una obra primeriza, se nota que, pasado el primer tercio, pierde el pulso narrativo, la fluidez con que comienza, la ilusión innegable que contagia al lector. La obra se entrecruza con sus propias contradicciones, con aquello que la escritora quiere transmitir. Su interés es limitado, refleja una relación de adolescentes entre personas adultas con diferencia de edad como ingrediente, una relación tóxica y contaminada por una concepción extraña del amor que camina entre los celos, las inseguridades y el control.

La novela, como os he dicho, comienza con una prosa fresca, ágil y verborreica, por momentos; acumula ideas, sensaciones y acciones que encadena con vértigo. Ese es el mérito. La historia no oculta a dónde va, el lector conoce que el desarrollo lleva hacia tópicos sociales: la manera desbordada de amar en la adolescencia; el control; el poder. Pero se respira juventud sin tormento y la ilusión de estrenar la vida también está presente.

«Una tarde, la del 23 de septiembre de 2017, soplé las velas con el número dos y el número cinco. Estaba feliz y cuando estoy feliz me dejo sacar fotos, repito tarta, canto, veo los álbumes que guarda mi madre por hijos o por años, y no me busco granos en la frente y juego al fútbol en el pasillo con mi sobrino y digo preparo yo el café y, por lo general, lo preparo fatal porque no me gusta el café pero la felicidad es contagiosa y mi hermana y mi cuñada uy uy uy este café está buenísimo, Marina».

Uno de los aspectos más celebrados por la crítica es precisamente esta capacidad para construir una experiencia sensorial a partir de lo cotidiano, del cuerpo y de lo orgánico. Sin embargo, también se señala el riesgo de reiteración simbólica y cierto hermetismo que puede alejar a lectores no habituados a la poesía o a la narrativa de mayor densidad simbólica.

La crítica habla de manipulación, pero creo que conocen poco a los adolescentes, la toxicidad o el deseo de control recíproco extendido; saben poco del tú para mí y solo para mí; del todo o nada. La actitud de mi tocayo es infantil, con la ausencia del entusiasmo de los niños; una toxicidad aburrida que he visto hasta la náusea en el instituto: por qué hablas con tu ex, por qué vistes así; no quiero que vayas con mengano; te ha dado me gusta Enrique; Diana es mala influencia. El adulto se evapora para que el amor sea parte de nuestras posesiones. Nada de verte feliz, de disfruta, de sé tú mismo, me encanta verte disfrutar, pásalo bien. Imagino el exitazo de la novela entre nuestros adolescentes.

«—Marina, lo siento, yo ya pasé por esto, ya tuve tu edad, no estoy para aguantar estas mierdas».

Aquí es donde el libro divide más claramente a sus lectores. Para algunos, la frialdad emocional y la contención refuerzan el discurso; para otros, generan distancia. No hay voluntad de redención ni de cierre tranquilizador, y eso forma parte de su apuesta estética.

El abuso emocional de Jaime se alimenta de ella, de su actitud propiciada por inseguridades, del control enfermizo. No es amor, es necesidad de afirmarse, de ser, de sentirse valorada, o él, de alimentar un ego insufrible, una vanidad insoportable.

«Estaba acostumbrada a recibir constantemente sus mensajes, sus fotos, sus ubicaciones, sus llamadas. Quería enfadarme, llamarlo como hacía él cuando era yo la que tardaba más de cinco minutos en contestar, quería echarle en cara que estaba pasando de mí, que qué era tan importante que no podía ni preguntarme cómo me sentía en esa mierda de viaje».

En conjunto, nos encontramos ante un libro coherente, exigente y singular, que deja poso más por lo que provoca que por lo que explica. No es un libro de entrada ni un fenómeno que deba confundirse con calidad automática, pero sí una obra que merece ser leída, discutida y situada en su contexto: el de una literatura que asume el riesgo de incomodar y de no ofrecer respuestas fáciles.

ISBN: 978-84-10178-59-5

Publicación: Nº de colección: 345 / Septiembre, 2025 (20ª ed.)

Número páginas: 248

Idioma: Castellano

Formato: 20 x 12,15

Precio: 19.95 €

Meses después de la muerte de su padre y recién graduada, Marina conoce a Jaime, un hombre veinte años mayor que ella que irrumpe en su vida colmándola de atenciones y planes. En poco tiempo, su día a día da un vuelco: pasa de compartir piso con su mejor amiga Diana, de ir a conciertos y de salir de fiesta a instalarse en el cómodo apartamento de Jaime y cenar cada fin de semana en los mejores restaurantes.

Deslumbrada por la sofisticada vida adulta y el encanto de Jaime, quien también se gana a su familia, Marina se ve sumergida por completo en su mundo, comenzando a olvidar lo que la definía.

Con una prosa que oscila entre la delicadeza lírica y la crudeza visceral, Comerás flores, la novela debut de Lucía Solla Sobral, explora qué significa ser joven, madurar y construirse una identidad. Una novela sobre las distintas caras del amor y los espejismos de las relaciones desiguales, las dificultades del duelo y la amistad como refugio.

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