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05 abril 2021

Cuentos eróticos de Navidad, VVAA

 

El día es fantástico, un sol primaveral ilumina el espacio tiempo a pesar de encontrarme cercano al abatimiento, deambulando por las salas oscuras de mi cerebro. De senectute, sí, la vejez me rodea y observo sin impaciencia qué significa: observo a mi padre,  observo a mi madre, veo el paso del tiempo en sus rostros, en sus voces, sin embargo mis ojos, los que se encuentran en el laberinto de mi mente, los ve en un punto de ese mismo espacio tiempo inalterado por los años que parecen hacer mella en los cuerpos, los veo como el niño que quiero seguir siendo, imagino, los veo como probablemente quiero que sean. Y además estoy yo. Me dicen que la reacción a la vacuna pandémica es directamente proporcional a la juventud, más cuanto más joven se es, menos en la vejez, como si el sistema inmune nos abandonara a nuestro destino, un destino, el que sea, dentro de la marea vocinglera de sabios que nunca han sido; sin embargo conozco jóvenes apáticos ante la reacción y mayores como yo con una reacción temperamental, salvaje, como si la juventud se negara a marcharse tras décadas de existencia. Pero lo cierto es que no importa, importa que hay quien me ve dentro de la senectud, abandonando lo que los tiempos entienden por ser joven, a saber: la apariencia necesaria de la piel tersa, los pechos firmes y las cirugías necesarias, por eso me pregunto que si los ojos con los que me miro al espejo o con los que observo a mis padres son los mismos ojos con los que los demás me ven, si no me conocieron en mi adolescencia prolongada, ¿es posible que me me miren en esa quietud del tiempo? Es probable que sea imposible y que mi alma no traspase mi cuerpo, que no se me pueda percibir con la fuerza de mi ímpetu, en el yo mismo que creo percibir en cada palpitación, cada ansiedad. Es posible que me haya crecido la nariz, los lóbulos de las orejas o que me cuelguen los huevos requeridos por la tierra, quién sabe si estoy más fláccido, tengo menos energía o mi rostro es el cuadro idóneo del paso del tiempo, lo cierto es que, conforme escribo esto, miro mis manos sobre el teclado y veo a un hombre que desea, que piensa, que respira con fortaleza y que siente al niño gritar temeroso e inconsciente todos los días. La vejez es un punto irremediable, ser viejo es abandonar el camino del niño, y de momento, quiero pensar que queda quien ve quién soy, no quien parezco ser.

11 febrero 2020

Tiempos negros, AAVV


Ayer venía pensando sobre la muerte, no es que el libro me haya mediatizado por que nos hable de partes más o menos escabrosas de lo que ocurre en la sociedad, no, venía pensando en cómo se oculta la enfermedad y después la muerte aparece como algo que no trasciende, anecdótico; si quien fallece tiene fama, se le honra en lo público, si familia, en el seno, a veces con la exposición en lo público, pero hay una tendencia a ocultarla, como si el cadáver no fuera en lo que nos vamos a convertir algún día, como si no fuera parte importantísima de quienes somos y por dónde andamos. No existe pornografía en la muerte privada, sí en la pública, en los cadáveres de una guerra, en ocasiones de una matanza, porque parecen monigotes que no nos atragantan el bocado cuando comemos viendo el telediario, o de un crimen infecto que hemos seguido día a día por la televisión con miles de horas de audiencias que, impúdicamente, se relamen con un dolor mediático que pueden consumir; pero la muerte privada es otra cosa, se oculta, y se oculta más si ha habido una larga enfermedad, vaya, una terrible enfermedad o vaya usted a saber qué enfermedad o circunstancia menos poética. Lo pornográfico se consume, lo trascendente se oculta.