01 octubre 2026

Submundo, Underworld, Don DeLillo

Hablar sobre las mentiras de un gran imperio, o de una civilización que ha aprendido a explicarse mediante relatos de grandeza, no solo requiere valentía, también una inteligencia organizativa considerable. Podemos hacerlo de manera sistemática y entonces aparece la novela histórica, con sus fechas, sus personajes, sus acontecimientos y ese afán por ordenar el pasado; sin embargo, hay más opciones en el menú. Se puede optar por pintar a retazos, recoger escenas de la vida cotidiana, pequeñas conversaciones, objetos, miedos, miserias, rutinas, y salpicarlas con elementos de esa historia épica que llamamos proceso civilizatorio. No me parece una mala opción, porque toda cultura, observada de cerca, tiene algo de cuadro deforme: una mezcla de grandeza y podredumbre, de belleza y violencia, de esplendor y basura. Tenemos testimonios de muchas de ellas, en forma de literatura, documentos, restos materiales o manifestaciones artísticas que después interpretan los académicos, pero a mí siempre me ha interesado otra cosa, algo quizá más vulgar y, por eso mismo, más humano: saber qué pensaba un ciudadano romano cuando iba a comprar pescado y descubría que la inflación se había comido los precios, qué decía en su casa sobre los gobernantes, qué temía, qué deseaba, qué entendía de ese imperio del que formaba parte sin saber que un día sería estudiado en los libros. La historia, cuando entra en la literatura, puede ser precisamente eso: un cúmulo más o menos ordenado de vidas, objetos, residuos, contradicciones y pequeñas épicas personales que terminan construyendo ese espacio desmesurado, contradictorio y casi siempre imperfecto al que llamamos civilización.
Nuestro autor hace todo esto con un resultado desigual, sí, pero también maravilloso. La lectura se desliza entre pequeños detalles que acaban orbitando alrededor de una pelota de béisbol convertida en reliquia, residuo y objeto de deseo. Desde el momento inicial, épico, extraordinario, donde se siente toda la potencia de un acontecimiento único como solo saben producir los deportes, salpicado además por figuras como Sinatra o Hoover, uno tiene la sensación de que algo enorme está a punto de desplegarse. Después la novela avanza, retrocede, desanda lo recorrido, vuelve al lugar donde se activa la trama, se dispersa, se recompone, se desvía, a veces parece incluso deslavazada, pero en ese movimiento irregular consigue algo difícil: mostrar la pulsión de la vida norteamericana entre los años cincuenta y noventa del pasado siglo. Hay algo adictivo en esa forma de escribir, en esa manera de sugerir que todo imperio produce residuos y que esos residuos no son un accidente, sino parte de su propia estructura. La pelota del partido, convertida en objeto mítico, pertenece al mismo mundo que el barco que recorre puertos buscando dónde descargar residuos tóxicos: en ambos casos aparece la misma lógica, la de una potencia capaz de fabricar símbolos, producir mercancías, memoria y basura con idéntica intensidad. Para mí no existe una diferencia sustancial entre la búsqueda de esa pelota y el periplo del barco, porque ambos movimientos contienen el impulso de América, su capacidad para convertir cualquier cosa en relato y, al mismo tiempo, para ocultar aquello que ese relato deja detrás. Posiblemente, Submundo sea una gran novela norteamericana; con toda probabilidad lo es precisamente por sus contradicciones, sus excesos, sus desajustes y sus imperfecciones, porque también Estados Unidos ha construido buena parte de su mito a partir de todo eso.

—Pensé que nos debíamos esta visita. Auqnue no sé muy bien qué significa eso —dije.

—Yo sí sé lo que significa. Experimentas una sensación de lealtad. El pasado despierta nuestro patriotismo, ¿lo sabías? Uno desea sentir la lealtad. Y es la única lealtad indivisible que existe: la que sé por todas esas personas y todas esas cosas.

—Y se hace más fuerte.

A propósito de la basura. Esos residuos que generamos los seres humanos para sostener nuestra comodidad se convierten aquí en el modus vivendi de algunos personajes, pero también en el símbolo más visible del precio que exige eso que llamamos progreso. Producimos, consumimos, sustituimos, olvidamos y arrojamos, como si desprendernos de las cosas borrara también su historia; sin embargo, los residuos permanecen y terminan hablando de nosotros con una precisión que acaso no poseen nuestras grandes declaraciones. Pero DeLillo introduce además una paradoja hermosa: algunos de esos restos, como la pelota olvidada de aquel partido, dejan de ser basura para convertirse en reliquia, en objeto capaz de condensar una época, una emoción y una determinada idea de América. No borra la historia, la recrea en cierta manera. Lo desechado puede adquirir valor porque conserva algo de aquello que fuimos, de modo que la basura deja de ser solo el reverso incómodo del progreso y se transforma en una arqueología de lo humano, una acumulación de objetos donde quedan inscritos nuestros deseos, nuestros excesos, nuestras necesidades y hasta nuestras ficciones.

Contempló toda aquella basura prominente y supo por primera vez qué sentido tenía su trabajo. No era la ingeniería, ni el transporte, ni la reducción a las fuentes. Él trabajaba con la naturaleza humana, con los hábitos e impulsos de la gente, con sus deseos inocentes, acaso con sus pasiones, sin duda con sus excesos e indulgencias, pero también con sus bondades y su generosidad, y la cuestión era cómo evitar que aquel metabolismo en masa nos desbordara.

El sueño americano. El sueño de América. America First. La doctrina Monroe. Todo ese armazón ideológico aparece en Submundo sometido a una especie de prueba de resistencia, porque DeLillo no lo discute desde el discurso político, sino desde aquello que deja a su paso. Pasamos de la tensión nuclear a la liga de béisbol, del anuncio de una prueba atómica a la visita a un vertedero, de la retórica de la potencia al residuo que esa misma potencia necesita esconder. Y ahí esos elementos adquieren un papel fundamental, casi de árbitros o testigos materiales del precio del progreso. El verdadero monte Olimpo de esta civilización ya no está habitado por dioses de la guerra, de la justicia o de la sabiduría, sino coronado por una majestuosa masa de mierda que navega por los océanos, cambia de puerto cuando nadie quiere recibirla o descansa, acumulándose sin fin, en los arrabales de una ciudad. Esa es quizá una de las imágenes más incómodas de la novela: la grandeza de América medida no solo por aquello que construye, sino también por la montaña de restos que necesita apartar de la vista para seguir creyendo en su propio relato.

Las dos mujeres pasearon la mirada por un paisaje de solares llenos de años de desechos estratificados: la era de la basura, la era de los escombros de construcción y los coches desguazados, la era de las cosas enmohecidas del hampa. Entre los objetos abandonados crecía hierbajos y árboles. Había jaurías de perros, se veían halcones y búhos.


Una novela tan monumental, cercana a las mil páginas, necesita servirse de estilos, registros y técnicas diversas para no convertirse en una mera acumulación de materiales. En Submundo aparece con frecuencia una suerte de ensayo literario, o de prosa ensayística novelada, que me interesa cada vez más porque permite al escritor especular sin someterse a las exigencias de la objetividad ni a la disciplina de una elaboración científica. No pretende demostrar, sino pensar; no busca cerrar una hipótesis, sino abrirla, tensarla, dejar que se contamine con la experiencia, con la memoria y con la mirada de quien escribe. Esa libertad permite que la novela se convierta también en un espacio de reflexión donde el autor proyecta su cosmovisión sin abandonar la ficción. Esta técnica aparece a veces en determinados superventas, donde se incorporan datos, explicaciones o conocimientos especializados para otorgar al relato una apariencia de mayor densidad intelectual; pero no es eso lo que hace DeLillo. Aquí lo objetivo no se incrusta como adorno ni como exhibición de conocimiento, sino que se mezcla con la percepción del mundo, se deforma al entrar en contacto con los personajes y acaba formando parte de esa realidad inestable que la novela trata de representar.

Por eso resulta tan importante también la idea del montaje. Submundo no avanza como una narración que coloca una pieza detrás de otra hasta alcanzar una conclusión, sino como una sucesión de imágenes, tiempos, voces y materiales que adquieren sentido al enfrentarse. DeLillo hace chocar el béisbol con la amenaza nuclear, el consumo con la basura, la intimidad con la Historia, la cultura popular con el miedo, como si la verdad no estuviera contenida en cada elemento por separado, sino en la tensión que se produce entre ellos. La novela piensa mediante oposiciones y asociaciones, construye significado por contraste, y en ese procedimiento hay algo muy cercano al montaje cinematográfico: una imagen modifica a la anterior y prepara la siguiente, de modo que el lector no recibe una explicación cerrada, sino una cadena de relaciones que debe interpretar.

En Eisenstein, uno percibe que el ángulo de la cámara es una forma de dialéctica. Se sugieren y aseveran argumentos, por la pantalla se deslizan teorías que no tardan en verse destrozadas: reinan en alto grado la
oposición y el conflicto

Traductor: Gian Castelli

Editorial: Seix Barral

ISBN: 9788432228551

Idioma: Castellano

Número de páginas: 904

Tiempo de lectura: 21h 43m

Encuadernación: Tapa blanda

Fecha de lanzamiento: 15/09/2009

Año de edición: 2009

Plaza de edición: Barcelona

Colección: Biblioteca Formentor

Alto: 23.0 cm

Ancho: 15.0 cm

Grueso: 3.5 cm

Peso: 862.0 gr



Recuperación de la novela más emblemática de Don DeLillo y una de las obras más importantes del siglo XX.

El 3 de octubre de 1951 un estadio de Nueva York fue escenario de un partido de béisbol legendario que culminó en un grito colectivo cuando, en el último momento, los Giants consiguieron una inesperada victoria. Ese mismo día la Unión Soviética probaba la bomba atómica. Éste es el punto de partida de Submundo, en palabras de Salman Rushdie, «un libro magnífico de un maestro americano».

Don DeLillo relata en su novela más emblemática cincuenta años de historia estadounidense, y nos ofrece una visión única del alma de la sociedad moderna: sus miedos y obsesiones, sus esperanzas y deseos, sus logros y frustraciones. Desde las grandes salas de baile de Nueva York hasta los bombardeos de Vietnam o la Guerra Fría, figuras que marcaron una época se mezclan con seres anónimos y juntos iluminan los secretos de nuestra era.

Considerada por el New York Times como una de las cinco mejores novelas estadounidenses de los últimos veinticinco años, Submundo es una obra de arte polifónica que acepta todos los desafíos, un clásico contemporáneo de ambición inigualable: «Una asombrosa y luminosa obra de arte», Michiko Kakutani, The New York Times Book Review; «Un libro brillante que ha convertido a DeLillo en un gran novelista», Martin Amis, The New York Times.


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