15 octubre 2026

El maestro y Margarita, Мастер и Маргарита, Mijaíl Bulgákov

¿Qué es un clásico? Es una pregunta que seguro he abordado alguna vez en este blog, quizá en más ocasiones de las que recuerdo y desde perspectivas distintas, porque hay cuestiones que uno nunca termina de resolver y a las que regresa con la sospecha de que las respuestas anteriores ya no le sirven. Podríamos recurrir a una definición canónica y afirmar que un clásico es aquella obra que la Academia, entendida como esa comunidad intelectual que se articula alrededor de las universidades, ha decidido elevar a semejante categoría. La definición resulta redundante, cierto, pero no deja de tener su utilidad, porque hoy, con la inteligencia artificial y su capacidad para rastrear lo que se estudia, se cita y se recomienda en miles de universidades, podríamos confeccionar un catálogo de clásicos por países, épocas, géneros o por lo que nos diera la gana, y hasta establecer una clasificación de los más clásicos entre los clásicos, que sería una manera bastante entretenida de convertir la literatura en una competición deportiva. También podríamos sostener que un clásico es aquel libro que los lectores consideran excepcional, aunque aquí entramos en un territorio mucho más pantanoso, porque eso de «los lectores» se parece demasiado a cuando alguien afirma que «la gente» pide, siente, piensa o padece, como si detrás de semejante abstracción existiera una conciencia colectiva capaz de ponerse de acuerdo en algo. El lector, además, puede ser un tirano que se empeña en sacralizar unas obras y condenar otras al olvido, aunque sospecho que detrás de muchas de esas preferencias se esconde la industria editorial, con sus campañas de propaganda, sus modas pasajeras y sus libros confeccionados a medida de un determinado target, como si el gusto literario pudiera fabricarse en un laboratorio de mercadotecnia. No me asusta demasiado ese criterio, al menos no tanto como el académico, que también tiene sus caprichos, sus servidumbres y esa peculiar habilidad para consagrar obras ilegibles, inaccesibles o insoportables, cuya grandeza parece residir, en ocasiones, en que muy pocos consiguen terminarlas y todavía menos se atreven a reconocerlo. Hay algo sospechoso en los criterios inamovibles, como en esas personas que se jactan de no haber cambiado jamás de principios, que exhiben su firmeza como una virtud moral y confunden la fidelidad a sus convicciones con la incapacidad para someterlas a examen. El mundo cambia, cambian las sociedades, las sensibilidades, las formas de relacionarnos y hasta el aire intelectual que respiramos, y lo hace a una velocidad que debería invitarnos a desconfiar de cualquier certeza eterna. ¿Por qué no habrían de cambiar también nuestros criterios literarios? ¿Por qué no revisar aquello que un día veneramos o conceder una segunda oportunidad a lo que entonces despreciamos? Quizá un clásico no sea tanto una obra que permanece intacta como un libro que admite nuevas lecturas, que resiste el paso del tiempo sin exigirnos que pensemos como quienes lo leyeron antes. En cualquier caso, convendría regresar a los libros con la mente abierta, los ojos atentos y nuestros prejuicios encerrados en un baúl, aunque mejor sería perder la llave.

Y es lo que hago. Vuelvo a El maestro y Margarita con la ilusión de quien leyó esta novela hace tiempo y quedó fascinado por su desbordante imaginación, por los resortes intelectuales que despertó en él y por esa extraña capacidad que tienen ciertas obras para instalarse en nuestra memoria sin que sepamos explicar qué es exactamente lo que permanece de ellas. Tengo la tentación, quizá propiciada por el mismísimo diablo, de reservar esta entrada para conmemorar mi vanidad cuando alcance las seiscientas publicaciones en este blog, una cifra que parece reclamar alguna ceremonia literaria, aunque consigo contener mi narcisismo, tal vez porque el diablo no ha hecho bien su trabajo o porque, después de tantos años escribiendo sobre libros, uno ha aprendido que las celebraciones importan menos que el placer de seguir leyendo. Esta vez regreso a Bulgákov acompañado por una edición traducida y anotada por Marta Rebón, con infinidad de explicaciones, referencias históricas y precisiones literarias que enriquecen la lectura y me permiten descubrir aspectos que habían pasado inadvertidos en nuestro primer encuentro. Leer con anotaciones es una costumbre que adquirí cuando era estudiante. Los clásicos debíamos abordarlos en aquellas ediciones donde alguien, después de años de estudio, nos explicaba el origen de una palabra, la procedencia de una historia, las alusiones a otros autores o el contexto histórico que daba sentido a una determinada expresión. Me fascinaba entonces y continúa fascinándome ahora, aunque reconozco que ralentiza la lectura y obliga a interrumpir el curso de una narración que quizá nos gustaría recorrer sin obstáculos. Pero el lector no debería conformarse con conocer lo que cuenta una obra, al menos no siempre, porque el disfrute literario también consiste en descubrir las múltiples dimensiones que permanecen ocultas bajo la superficie de las palabras, los vínculos con otras tradiciones y las interpretaciones que nos ofrece quien ha dedicado buena parte de su vida a estudiar un texto. Hay algo hermoso en abandonar por unos minutos la historia para adentrarnos en una referencia literaria, un acontecimiento histórico o una decisión de traducción que modifica nuestra percepción de lo leído. No se trata de sustituir nuestra interpretación por la del académico, ni mucho menos de concederle una autoridad infalible, sino de ampliar el horizonte desde el que construimos nuestra propia lectura. Un libro puede contener muchos libros y una buena edición comentada nos ayuda a descubrirlos. Muy recomendable, claro.

Por eso vuelvo, de vez en cuando, a las obras que me impactaron. No persigo recuperar las sensaciones originales, entre otras cosas porque sería imposible, sino descubrir qué ha cambiado en ellas y, sobre todo, qué ha cambiado en mí. Leo en la prensa sobre esta edición y me lanzo de nuevo a uno de los grandes clásicos de la literatura rusa y universal, una de esas novelas que justifican por sí solas la necesidad de revisar nuestros criterios sobre lo que significa la grandeza literaria. Mijaíl Bulgákov escribió El maestro y Margarita durante los últimos años de su vida, entre finales de los años veinte y 1940, en una Unión Soviética sometida al poder de Stalin, donde la creación artística debía desenvolverse bajo la vigilancia de una maquinaria política que aspiraba a controlar no solo lo que los ciudadanos hacían, sino también aquello que pensaban, imaginaban y escribían. El autor conoció la censura, las dificultades para publicar y el hostigamiento de un sistema que desconfiaba de cualquier manifestación intelectual que no se ajustara a sus principios. Incluso llegó a quemar una primera versión de su manuscrito, antes de retomarlo y convertirlo en la obra que hoy conocemos. La novela no se publicó hasta 1966 y 1967, veintiséis años después de su muerte, y lo hizo, además, mutilada por la censura. Hay algo hermoso y terrible en esa paradoja: un régimen que pretendía alcanzar la eternidad ideológica terminó desapareciendo, mientras que la imaginación de un escritor al que quiso silenciar continúa recorriendo el mundo. Tal vez ahí resida una de las virtudes de los clásicos, en su capacidad para sobrevivir a los poderes que los persiguieron, a las sociedades que los produjeron y a los lectores que creyeron haber agotado todas sus interpretaciones. Pero tampoco conviene convertir la resistencia política en el único mérito de una novela, porque Bulgákov es mucho más que un escritor enfrentado al estalinismo: es un creador de una inventiva extraordinaria que convierte la literatura en un territorio donde cabe casi todo, incluso aquello que parece imposible.

El maestro y Margarita es una sátira divertidísima sobre el bien y el mal, la manipulación de nuestros sentidos y la fragilidad de lo que aceptamos como realidad. Bulgákov contempla la sociedad soviética de los años treinta y descubre un universo donde la burocracia, el miedo, la delación, la codicia y el oportunismo han terminado por construir una realidad tan absurda que quizá solo pueda explicarse mediante la intervención del diablo. Y el diablo, en efecto, llega a Moscú. Woland, acompañado de una comitiva de personajes extravagantes, entre los que destaca el inolvidable gato Behemot, se dedica a alterar la vida cotidiana de una ciudad que presume de haber expulsado las supersticiones, los misterios y las creencias religiosas de su horizonte intelectual. Lo divertido es que quienes se creen instalados en un mundo regido por la razón resultan incapaces de comprender aquello que sucede delante de sus narices, mientras el demonio se entretiene jugando con ellos como si fueran simples peones de una inmensa representación teatral. La novela se transforma en una sucesión de situaciones grotescas, desapariciones, prodigios y episodios circenses donde todo parece posible y donde la propia percepción de la realidad se convierte en una trampa. Bulgákov juega con nuestra credulidad, pero también con la de sus personajes, y nos obliga a preguntarnos si no será más absurdo el funcionamiento cotidiano de aquella sociedad que las intervenciones sobrenaturales de Woland. Como muestra, esta descripción de un personaje imposible de identificar, porque ni siquiera quienes se supone que deben controlar la realidad consiguen ponerse de acuerdo sobre ella:



Después, cuando francamente ya era demasiado tarde, varias instituciones presentaron sus informes con la descripción de ese hombre. El cotejo de esos documentos no puede sino suscitar asombro.



La ironía es magnífica, porque detrás de esa incapacidad para describir a un individuo se esconde una crítica feroz a las instituciones que pretenden conocerlo todo, registrarlo todo y someterlo todo a sus procedimientos. La novela nunca pierde de vista la realidad histórica en la que fue concebida, ni las desapariciones misteriosas de personas, ni el temor a convertirse en sospechoso, ni las organizaciones culturales sometidas a la ideología oficial, ni esa burocracia asfixiante que decide quién puede trabajar, escribir, vivir en un determinado apartamento o desaparecer de él sin dejar ninguna explicación. Bulgákov utiliza lo fantástico para iluminar una realidad que, por su propia naturaleza, parece haber abandonado cualquier lógica humana. El lector puede reírse de las peripecias de Woland y sus acompañantes, pero detrás de la comicidad descubre una sociedad donde el miedo ha adquirido la condición de costumbre y donde la arbitrariedad del poder se ha instalado en la vida de las personas. Es una de las grandes virtudes de la novela: no necesita describir con solemnidad los mecanismos del terror, le basta con introducirlos en el escenario de una farsa para que su perversidad resulte todavía más evidente.



Y he aquí que, hace dos años, empezaron a ocurrir en este apartamento cosas inexplicables: las personas que vivían allí desaparecían sin dejar rastro.



Pero la novela es, en realidad, muchas novelas, y esa multiplicidad constituye uno de sus mayores atractivos. Mientras el diablo organiza su particular espectáculo en Moscú, Bulgákov nos traslada a la Jerusalén de Poncio Pilato, a los últimos momentos de la vida de Yeshúa Ha-Nozri, un personaje que reconocemos como Jesús, aunque alejado de buena parte de la representación canónica que ha construido la tradición cristiana. Aquí encontramos a un hombre vulnerable, solitario, de una humanidad que contrasta con la rigidez de las doctrinas que terminarán invocando su nombre, y frente a él aparece un Pilato atormentado, incapaz de desprenderse de las exigencias de su cargo y de la responsabilidad moral que supone decidir sobre la vida de otro ser humano. El gobernador dispone de un poder inmenso, pero no es libre; puede ordenar una ejecución, pero carece de valor para actuar contra aquello que considera injusto. Hay algo profundamente perturbador en esa contradicción, porque Bulgákov convierte a Pilato en un personaje que encarna la tragedia de quienes conocen la verdad y, sin embargo, prefieren obedecer. El poder termina por convertirse en una prisión, una maquinaria que obliga a renunciar a la conciencia para conservar los privilegios y la posición social. Esta historia, que atraviesa la novela y dialoga con los acontecimientos de Moscú, introduce una dimensión filosófica sobre la cobardía, la culpa, el perdón y la posibilidad de redención. La relación entre ambas narraciones amplía el horizonte de la obra y nos invita a pensar que los mecanismos de la dominación humana pueden cambiar de vestimenta, de idioma y de escenario, pero conservan una naturaleza reconocible a lo largo de los siglos. Yeshúa encuentra una fidelidad conmovedora en Mateo Leví, cuya desesperación se expresa en una invocación que concentra toda la intensidad de su vínculo:



«¡Yeshúa!¡Te estoy salvando y me voy contigo! Yo, Mateo, ¡tu fiel y único discípulo!»



Y mientras unos personajes se enfrentan a las grandes cuestiones de la existencia, otros sucumben a tentaciones mucho más domésticas, cercanas y reconocibles. Porque ¿existe acaso mayor tentación para los seres humanos que la promesa de recuperar la juventud? La industria cosmética mueve cantidades descomunales de dinero ofreciendo cremas, tratamientos y procedimientos que alimentan la esperanza de retrasar el envejecimiento, como si detrás de cada anuncio se escondiera un pequeño diablo dispuesto a susurrarnos que todavía podemos recuperar aquello que el tiempo nos ha arrebatado. Vivimos rodeados de promesas de rejuvenecimiento, de cuerpos que deben permanecer eternamente hermosos y de rostros donde cualquier arruga parece haberse convertido en una derrota personal. La paradoja es que sabemos que el tiempo no se detiene, que la juventud no regresa y que la muerte continúa siendo una certeza, pero eso no impide que sigamos buscando algún remedio milagroso que nos permita engañar al espejo. Bulgákov lleva esa aspiración al terreno de lo fantástico mediante la transformación de Margarita, y lo hace con una mezcla deliciosa de humor, sensualidad y exaltación vital. La crema que le proporciona Azazello no es solamente un artificio mágico, sino la puerta hacia una libertad que Margarita no encuentra en su existencia cotidiana, una invitación a abandonar las convenciones sociales y descubrir una dimensión de sí misma que permanecía sometida a las obligaciones y a los límites de su mundo.



—¡Ah, qué crema! ¡Qué crema! —gritó Margarita, tirándose en el sillón.



Hay un sueño recurrente de la infancia y la adolescencia que consiste en volar. Uno abandona el suelo, se eleva sobre las casas, atraviesa lugares conocidos y experimenta una sensación de libertad que pocas experiencias de la vida despierta consiguen reproducir. Recuerdo aquellos sueños con una nostalgia extraña, porque no se trataba solo de desplazarse por el aire, sino de sentir que el cuerpo había dejado de imponer sus límites y que el universo se ofrecía como un espacio abierto, sin barreras ni obligaciones. ¿Qué adulto no querría volver a experimentar aquella maravillosa sensación? Daría cualquier cosa por recuperar la ligereza de aquellos vuelos nocturnos, por volver a descubrir que podía elevarme sobre los edificios y contemplar el mundo desde una perspectiva donde todo parecía nuevo, hermoso y posible. Margarita vive algo parecido cuando, liberada de sus ataduras, descubre que puede desplazarse por el aire y disfrutar de una invisibilidad que le permite escapar de las miradas y los juicios ajenos. La escena tiene una fuerza narrativa extraordinaria porque Bulgákov consigue trasladar al lector esa sensación física de felicidad, ese entusiasmo casi infantil que provoca la conquista de una libertad inesperada. Y aquí el diablo deja de ser una figura asociada tan solo al castigo o a la destrucción para convertirse en quien ofrece la posibilidad de satisfacer algunos de nuestros deseos más profundos. Quizá la verdadera tentación no consista en conseguir riquezas o privilegios, sino en recuperar por unos instantes aquello que perdimos al convertirnos en adultos.



¡Invisible y libre! ¡Invisible y libre! Después de sobrevolar su callejón, Margarita fue a parar a otro. Que cortaba el primero en ángulo recto.



La literatura puede rozar la inmortalidad y, en ocasiones, alcanzarla. Una de las características que más me fascinan de la creación literaria es su capacidad para alimentarse de otras obras, absorber tradiciones, transformar relatos y transmitir conocimientos que pertenecen a una memoria cultural compartida. En la Edad Media, por ejemplo, don Juan Manuel construyó buena parte de los relatos de El conde Lucanor a partir de materiales narrativos que circulaban por tradiciones distintas, adaptándolos a su propósito literario y moral. La originalidad no se entendía entonces como la concebimos hoy y la idea moderna de autoría, con sus derechos, exigencias y conflictos, todavía estaba lejos de adquirir su configuración actual. La literatura era también un inmenso espacio de transmisión donde las historias viajaban, cambiaban de forma y encontraban nuevas voces dispuestas a contarlas. Con la inteligencia artificial estamos asistiendo a una transformación que, salvando las distancias, nos devuelve a algunas de aquellas prácticas, aunque ahora en una dimensión que habría resultado inimaginable para nuestros antepasados. El conocimiento acumulado por generaciones puede ser procesado, combinado y reproducido a una escala descomunal, y esa capacidad abre posibilidades extraordinarias, pero también multiplica las formas del engaño, la imitación y la apariencia. Vivimos en un mundo donde resulta cada vez más difícil distinguir lo auténtico de lo fabricado, donde las palabras pueden circular despojadas de su origen y donde la ignorancia se disfraza de sabiduría con una facilidad que debería preocuparnos. Es una especie de Matrix cultural en el que quienes no han desarrollado una formación crítica, quienes no leen ni poseen conocimientos suficientes para contrastar lo que reciben, quedan expuestos a las tentaciones de un diablo que ya no necesita aparecer en Moscú para manipular la realidad. Pero hay una diferencia fundamental entre disponer de todo el conocimiento y comprenderlo, entre reproducir una obra y crear algo que merezca sobrevivir. La acumulación de información no garantiza la inteligencia, del mismo modo que el acceso a millones de libros no convierte a nadie en lector. Por eso me fascina una de las frases más célebres de la novela, que adquiere una dimensión extraordinaria si recordamos que el propio Bulgákov había quemado una primera versión de su manuscrito y que su obra sobrevivió a la censura gracias, entre otras cosas, a la perseverancia de su esposa, Elena Serguéievna. Hay una victoria de la literatura sobre el poder, pero también sobre la destrucción material, porque las historias pueden continuar viviendo incluso cuando alguien intenta condenarlas al silencio.



—Discúlpeme, pero no lo creo —contestó Woland—. Eso no puede ser. Los manuscritos no arden. —Se volvió hacia Behemot, y dijo: Venga, Behemot, trae aquí la novela.



La magnitud temática de El maestro y Margarita se corresponde con una libertad formal que parece desafiar cualquier intento de clasificación. La novela es histórica, fantástica, satírica, filosófica, amorosa, de aventuras y, en determinados momentos, se aproxima al relato de intriga o al espectáculo circense. Es lo que le da la gana a su autor, y esa desfachatez creativa constituye una de sus mayores virtudes. Bulgákov no parece demasiado preocupado por respetar las fronteras entre géneros, ni por mantener una unidad estilística que permita al lector instalarse en una narración cómoda. Cambia de escenario, introduce personajes disparatados, combina registros, interrumpe una historia para comenzar otra y regresa después a los acontecimientos anteriores con una naturalidad que convierte el desorden aparente en una arquitectura de una enorme complejidad. La novela también nos conduce al mundo de los escritores, de las asociaciones literarias y de las organizaciones culturales sometidas al régimen soviético, un universo donde la pertenencia institucional puede llegar a importar más que el talento y donde la creación artística corre el riesgo de quedar reducida a una actividad subordinada a los intereses políticos. No significa que no existieran grandes escritores en la Unión Soviética, ni que toda la producción literaria de aquel periodo careciera de valor, sino que el sistema de recompensas, censuras y exclusiones estaba condicionado por la fidelidad ideológica y por la capacidad de los autores para adaptarse a las exigencias del poder. Bulgákov conocía ese mundo y lo convirtió en uno de los blancos preferidos de su sátira. El escritor deja de ser alguien que escribe para convertirse en alguien que debe acreditar su condición. La literatura se burocratiza y el talento queda sometido al sello de una organización. El episodio dedicado a Dostoievski resulta delicioso porque reduce al absurdo esa concepción administrativa de la cultura y nos recuerda, además, que la recepción de los grandes clásicos rusos tampoco estuvo libre de disputas ideológicas durante el periodo soviético. ¿Cómo puede una institución decidir quién es escritor y quién no lo es? ¿Desde cuándo una obra necesita la aprobación de un funcionario para alcanzar su verdadera condición literaria? La respuesta de Bulgákov tiene una inteligencia demoledora:



¿De modo que para cerciorarse de que Dostoievski es escritor habría que pedirle la credencial de socio? Tome solo cinco páginas cualesquiera de una novela suya y se convencerá sin necesidad de credenciales de que está ante un escritor…

—¡Protesto! —exclamó Behemot con vehemencia—. ¡Dostoievski es inmortal!




La ironía es un elemento fundamental de la novela y alcanza en numerosos pasajes una brillantez que desarma cualquier solemnidad. Bulgákov posee esa habilidad de los grandes escritores para introducir una observación feroz en medio de una situación aparentemente inofensiva y permitir que el lector descubra por sí mismo la contradicción. Me gusta en especial la naturalidad con la que contrapone la belleza y la destrucción, el placer de vivir y la presencia de la muerte, la inocencia de un comentario y la brutalidad que puede ocultarse detrás de una respuesta. El universo de Woland no es un territorio donde el mal se manifieste siempre mediante grandes acontecimientos trágicos, sino un escenario en el que lo terrible puede aparecer envuelto en una cortesía exquisita, una broma o una conversación disparatada. Ese contraste produce un humor negro que atraviesa la obra y que, en ocasiones, resulta mucho más inquietante que cualquier descripción explícita del horror. La escena en la que Margarita se disculpa por su desnudez y Azazello responde con una observación que transforma la galantería en una imagen macabra me parece una muestra excelente de esa inteligencia literaria. En apenas unas palabras, Bulgákov consigue enfrentar la vulnerabilidad del cuerpo, la naturalidad de la desnudez y la posibilidad de su destrucción, todo ello sin perder el tono desenfadado que caracteriza buena parte de la novela.



—¡Ah, qué contenta estoy!¡Nunca lo he estado tanto en mi vida!¡Pero perdóneme, Azazello, por estar desnuda!

Azazello le pidió que no se preocupara, le aseguró que no solo había visto mujeres desnudas, sino incluso también desolladas.




Y llegamos al final, a uno de esos momentos donde la exuberancia narrativa se transforma en una belleza serena que contrasta con el bullicio, los excesos y la teatralidad de los episodios anteriores. Bulgákov ha construido una novela atravesada por multitud de historias, personajes, símbolos y reflexiones, pero consigue conducirnos hacia un desenlace donde todo adquiere una resonancia distinta. El amor entre el Maestro y Margarita, la culpa de Pilato, la libertad, el sufrimiento del creador y la posibilidad del descanso terminan por encontrarse en una escena que posee una fuerza poética extraordinaria. Lo que antes parecía una sucesión de acontecimientos extravagantes se convierte en una meditación sobre la memoria, el perdón y la paz que necesitan quienes han vivido sometidos al miedo, al dolor o a las exigencias de su propia conciencia. Me conmueve esa idea de que el destino del Maestro no sea una gloria deslumbrante, sino el descanso, una forma de liberación que pone fin a sus tormentos y le permite abandonar las servidumbres del mundo. Hay algo profundamente humano en esa aspiración, porque después de tantas luchas, ambiciones y frustraciones quizá una de las mayores recompensas consista en encontrar un lugar donde nadie nos exija nada y podamos vivir acompañados de quienes deseamos. La escritura alcanza aquí una precisión y una hermosura que redondean el sentido de la novela. La memoria del Maestro empieza a apagarse mientras Pilato obtiene su liberación, como si la literatura tuviera la capacidad de redimir a sus propios personajes y, al hacerlo, concediera también alguna forma de paz a quien los ha creado. Es un final de una enorme inteligencia narrativa, lleno de ecos y sugerencias que permanecen en el lector cuando cierra el libro.



Así hablaba Margarita mientras andaba con el Maestro hacia su casa eterna, y al Maestro le parecía que las palabras de Margarita fluían del mismo modo que es susurrante arroyo a sus espaldas, y la memoria del Maestro, su inquieta memoria, como atravesada por agujas, empezó a apagarse. Alguien estaba poniendo en libertad al Maestro, así como él acababa deliberar al héroe que había creado. Ese héroe había desaparecido en el abismo, se había ido irremediablemente, perdonado en la noche del sábado al domingo, el hijo del rey astrólogo, el cruel quinto procurador de Judea, el caballero Poncio Pilato.



Termino esta segunda lectura con la sensación de haber recorrido una novela distinta de la que recordaba y, al mismo tiempo, con la certeza de que aquella primera fascinación estaba justificada. Es una de las ventajas de regresar a los clásicos, que no nos esperan como objetos inmóviles, encerrados en la veneración de los académicos, sino como territorios que podemos explorar desde nuestra propia experiencia. El maestro y Margarita pertenece a esa categoría de obras cuya grandeza no depende de una etiqueta, de un programa universitario o de la autoridad de quienes deciden qué debemos leer. Su potencia reside en la libertad con la que transforma la realidad, en su capacidad para reírse del poder, en su defensa de la creación artística y en esa mezcla de crueldad, ternura, inteligencia y humor que convierte la lectura en una experiencia difícil de olvidar. Bulgákov nos recuerda que el poder puede disponer de nuestros cuerpos, condicionar nuestras vidas e intentar controlar nuestras palabras, pero no siempre consigue dominar aquello que imaginamos. Y quizá por eso el diablo, que tan bien conoce nuestras debilidades, termina convertido en uno de los personajes más lúcidos de una sociedad que se creía dueña de la verdad. Cerramos el libro, miramos a nuestro alrededor y comprendemos que algunas de sus bromas siguen teniendo demasiada actualidad. Los manuscritos no arden, decía Woland. Los regímenes, en cambio, terminan por desaparecer. Y el gato Behemot, mientras tanto, debe de seguir riéndose de todos nosotros.



Editorial ‏ : ‎ Navona Editorial

Fecha de publicación ‏ : ‎ 16 mayo 2022

Edición ‏ : ‎ N.º 1

Idioma ‏ : ‎ Español

Longitud de impresión ‏ : ‎ 560 páginas

ISBN-10 ‏ : ‎ 8419311057

ISBN-13 ‏ : ‎ 978-8419311054

Peso del producto ‏ : ‎ 1,29 kg

Dimensiones ‏ : ‎ 14 x 26 x 21 cm

No existe ninguna obra comparable a El maestro y Margarita.
Una tarde de primavera, el Diablo sale de las sombras hacia Moscú arrastrando el fuego y el caos con él. La sátira fantástica, divertida y devastadora de la vida soviética que nos brinda Bulgákov se combina en dos partes distintas pero entrelazadas: una ambientada en el Moscú de los años treinta del siglo XX y otra en la antigua Judea del siglo I, cada una llena de personajes históricos, imaginarios, espantosos y maravillosos. Escrita durante los días más oscuros del reinado de Stalin y finalmente publicada en 1967, El maestro y Margarita se convirtió en un fenómeno literario que trasciende lenguas y fronteras. La nueva traducción de Marta Rebón parte de la edición canónica de Marietta Chudakova, a la que agrega nuevas aportaciones fruto de sus dos últimos años de investigación.

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