23 octubre 2026

La larga marcha, Rafel Chirbes

La literatura sobre la Guerra Civil, o aquella que tiene en la contienda su punto de partida, me ha parecido siempre necesaria. No podemos obviar un tiempo de nuestra historia en el que nos matamos como conejos y nos traicionamos como solo saben hacerlo los hermanos. Porque la Guerra Civil no fue únicamente un conflicto fratricida, una tragedia entre españoles que decidieron resolver sus diferencias a tiros, sino también la expresión de un enfrentamiento político e ideológico que sacudía Europa desde los primeros compases del siglo XX. El liberalismo, el socialismo, el comunismo y el fascismo, entre otras corrientes, se disputaban el espacio político y pretendían imponer, cada una desde sus principios y sus contradicciones, una determinada concepción del mundo. Enemigos reales o imaginarios, revoluciones que prometían emancipar a los pueblos, movimientos que aspiraban a someterlos y sociedades que, incapaces de encontrar espacios de convivencia, acabaron entregándose a la violencia. En España sufrimos una guerra civil brutal; Europa padeció dos guerras mundiales cuyas dimensiones superaron cualquier horror conocido hasta entonces. Pero las guerras no terminan cuando callan los fusiles. Después llegó la posguerra, y con ella el hambre, las delaciones, las depuraciones, las cárceles, el exilio, las heridas que nadie quería o podía cerrar y una reconstrucción que, en nuestro país, hubo de convivir durante décadas con una dictadura. Quedaba por recorrer un largo camino hacia la democratización, la reconciliación y el diálogo civil, hacia esa difícil conquista que consiste en aceptar que el adversario político no tiene por qué convertirse en nuestro enemigo. Y, sin embargo, cuando parecía que habíamos aprendido algo de tanta barbarie, vuelven a asomar viejos fantasmas con ropajes nuevos, ideologías que recuperan los dogmas de antaño, discursos que convierten la discrepancia en una amenaza y maneras de entender la política que encuentran en la confrontación su principal razón de ser. No sé si la historia se repite, pero empiezo a sospechar que nuestra capacidad para olvidar sus lecciones es bastante mayor que nuestra disposición a aprenderlas.

La Guerra Civil y la larga posguerra han dejado una de las huellas más profundas en la literatura española contemporánea. Primero fue la escritura pegada todavía a la herida —la violencia, el hambre, el miedo, la cárcel, el exilio o la devastación moral de los vencidos— y después llegó una literatura de la memoria, escrita por quienes ya no habían vivido necesariamente la guerra pero necesitaban interrogar sus silencios. En ese recorrido caben obras fundamentales como Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender; La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela; Nada, de Carmen Laforet; La colmena, del propio Cela, o Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. También merece un lugar destacado José María Gironella, quien, desde una sensibilidad más conservadora, construyó un ambicioso fresco narrativo sobre los antecedentes, el desarrollo y las consecuencias de la contienda con Los cipreses creen en Dios, Un millón de muertos y Ha estallado la paz, obras que aportan otra mirada a un universo literario que no debería quedar encerrado en una única perspectiva ideológica. Desde otra generación encontramos Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Cambian las formas y la distancia histórica, pero permanecen algunos grandes asuntos: la derrota, la represión, la culpa, la supervivencia, el silencio familiar y la dificultad de convivir con un pasado que nunca terminó de desaparecer. En ese itinerario, Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, puede considerarse uno de los últimos grandes hitos del canon: un libro tardío que vuelve sobre los vencidos y demuestra que, muchas décadas después, aquella guerra seguía produciendo literatura y preguntas.

Y aquí llega Rafael Chirbes con su trilogía sobre la posguerra, formada por La larga marcha, La caída de Madrid y Los viejos amigos, donde investiga cómo la dictadura, la Transición y sus contradicciones moldearon la sociedad que hemos heredado. Chirbes comprendió que la guerra no terminó en 1939, que sus consecuencias morales, políticas y sociales siguieron transmitiéndose de generación en generación, impregnando las relaciones humanas, las aspiraciones personales y hasta la manera de entender el éxito y el fracaso. En este blog he escrito sobre algunas de sus novelas e incluso organizamos una ruta literaria por Dénia en la que tuve ocasión de hablar sobre la importancia de su obra, una experiencia que tuvo continuidad en un curso de verano donde abordé el conflicto y el espacio en Rafael Chirbes. De ahí que mi interés por Chirbes venga de lejos y mi devoción por su literatura sea profunda. A veces, cuando compartimos espacios, paisajes y referencias con un escritor, acabamos por hacerlo nuestro, como si esa proximidad geográfica nos concediera alguna suerte de parentesco intelectual. Pero no siempre ocurre. Podemos vivir a dos calles de un autor y no soportar una sola página de sus libros, discrepar de su pensamiento o, sencillamente, no encontrar nada que nos conmueva en su literatura. Con Chirbes me sucede lo contrario. Su magisterio me parece innegable y creo, con total sinceridad, que estamos ante uno de los cinco grandes narradores españoles del siglo XX, una afirmación que hago sin necesidad de esconderme detrás de ninguna prudencia académica. Ciertos discursos críticos anglosajones han tendido a contemplar la novela española desde una superioridad que nunca he acabado de comprender, como si la gran literatura necesitara un pasaporte expedido en Londres o Nueva York para merecer semejante consideración. No voy a entrar ahora en los mecanismos de construcción del canon literario, que ya hemos discutido en otras ocasiones, pero sí quiero reivindicar que Chirbes no tiene nada que envidiar a los grandes novelistas norteamericanos o europeos. Su capacidad para construir personajes atravesados por las contradicciones de su tiempo, su dominio de las estructuras narrativas, la densidad de su pensamiento y, sobre todo, esa inteligencia casi despiadada con la que desnuda los intereses materiales que se esconden detrás de tantas convicciones políticas y morales lo sitúan, por méritos propios, entre los grandes. Chirbes no necesita que lo defendamos por patriotismo literario ni que lo coloquemos en un pedestal para compensar algún complejo cultural. Basta con leerlo, con dejarse arrastrar por esa prosa exigente que nunca regala al lector una conciencia tranquila. Y aquí me atrinchero, sin demasiada intención de rendirme, en la defensa a ultranza de su inteligencia, su honestidad literaria y su extraordinario oficio de escritor.

La novela está primorosamente escrita, con un vigor narrativo que se sostiene en una prosa de periodos interminables, enlazados con una precisión quirúrgica, donde las frases parecen resistirse a encontrar su punto final porque todavía les queda algo por contar. No es una escritura que se recree en su propia complejidad ni que pretenda deslumbrar al lector con artificios innecesarios. Chirbes domina la sintaxis con una seguridad admirable y consigue que las subordinaciones, los incisos y las digresiones avancen sin perder el hilo de lo narrado, incorporando matices que van descubriendo las contradicciones de los personajes. La historia se adapta a esa maestría técnica, o quizá sea la técnica la que nace de las necesidades del relato, porque en Chirbes resulta difícil separar ambas cosas. Lo que sucede en el exterior se mezcla con aquello que los personajes piensan, desean o callan, hasta hacer de la narración un territorio donde las acciones nunca son tan inocentes como parecen. Fijaos en este fragmento, donde el dolor por la muerte de un hermano convive con un sentimiento inconfesable que el autor desentraña sin necesidad de juzgarlo:


Tal vez, en su abandono, en sus largas horas de silencio bajo la tierra, el cadáver de Carmelo Amado había tenido tiempo de percibir que, bajo la inconsolable pena de su hermano, algo —un leve temblor de signo opuesto— se había agitado dentro de él: no un temblor de satisfacción, ni de alegría, sino sólo una modesta y triste sensación de alivio al conocer que su muerte lo convertía a él en primogénito y le evitaba un horizonte incierto de lejanías indeseadas, paisajes desconocidos, gentes vestidas con ropas llamativas y que hablaban con acentos extraños.


La novela, antes de adquirir todo su pulso narrativo, se configura como una suerte de relatos encadenados que van desentrañando las vidas de los vencidos y, con una sutileza que merece atención, también las de los vencedores. Chirbes no presenta dos mundos aislados, sino una sociedad cuyos miembros, separados por la guerra y por las nuevas jerarquías del poder, continúan relacionados mediante dependencias, intereses y resentimientos. La posguerra aparece en los huecos irreparables que ha dejado en sus existencias, en las ausencias familiares, en las oportunidades perdidas y en esa necesidad de sobrevivir que obliga a aceptar humillaciones o a negociar con la propia conciencia. Aquí encontramos a un maestro de la narración precisa y fluida, que no necesita recurrir al victimismo ni a los juegos lacrimógenos para transmitir la dimensión de la tragedia. No es que Chirbes renuncie a mostrar el sufrimiento, faltaría más, sino que evita convertirlo en un espectáculo sentimental. Prefiere dejar que los personajes vivan, recuerden, se equivoquen y arrastren sus miserias para que vayamos comprendiendo el complejo entramado de una época dolorosa, especialmente para aquellos que fueron vencidos en la guerra y continuaron siéndolo en la paz. Porque perder una guerra no significa únicamente sufrir una derrota militar; también puede significar perder la posibilidad de decidir sobre la propia existencia. Hay un pasaje que condensa con una fuerza extraordinaria el hundimiento de aquella esperanza republicana:


Algunos cayeron empujados por los que buscaban su puesto junto al mar, y, de entre ellos, unos braceaban desesperadamente y otros pedían auxilio en vano. Así terminaba el gran sueño, la utopía iniciada el catorce de abril de 1931, con banderas tricolores y rojas, con charangas y discursos y abrazos.


La elegancia de la prosa se ve enriquecida por la sagacidad con la que Chirbes analiza el ambiente social de la posguerra, las diferencias de clase y la vacuidad de una burguesía que pretende conservar intactos sus privilegios mientras el país se desangra entre la pobreza y la represión. El poder masculino determina buena parte de las relaciones sociales y reserva a las mujeres un espacio subordinado, sometido a convenciones que pueden resultar tan opresivas como las necesidades materiales. En las familias acomodadas encontramos a una mujer que dispone de tiempo, de criadas y de ciertas comodidades, pero a la que se le niega una verdadera autonomía intelectual. Su función consiste en representar la respetabilidad de la familia, administrar el hogar, cumplir con las obligaciones sociales y no perturbar demasiado el orden establecido. Una existencia confortable, pensarán algunos, aunque convendría preguntarles a quienes la padecieron. Chirbes descubre esa contradicción sin convertir a sus personajes femeninos en simples víctimas de un sistema que también ellas, en ocasiones, contribuyen a preservar. La clase social concede privilegios, pero no elimina las servidumbres impuestas por el género. Y todo ello lo incorpora al relato con una fluidez admirable, sin detener la narración para impartir una lección de sociología ni sacrificar la riqueza de los personajes a una explicación ideológica. Este fragmento retrata con especial acierto ese ambiente asfixiante:


Sin embargo, en algún lugar de sí misma, quizá muy en el fondo, al tiempo que celebraba su ausencia, los envidiaba un poco, por no tener que soportar el pesado ambiente de control que hacía tan asfixiante y mustia la vida de las mujeres de la buena sociedad de Madrid, siempre condenadas a mantenerse alejadas de cualquier lugar en que floreciera la inteligencia.


En la novela también encontramos una pulsión sexual masculina, a veces primitiva, que interviene en las decisiones y condiciona las relaciones entre los personajes. El deseo no aparece como un elemento decorativo ni como un simple recurso para introducir episodios eróticos, sino como una fuerza que puede alterar la conducta, deshacer las convenciones y poner al descubierto aquello que la educación o la moral social pretenden mantener oculto. El sexo, además, no escapa a las jerarquías de poder: se desea desde una determinada posición social, desde una educación sentimental y desde una concepción de la masculinidad que con frecuencia convierte a la mujer en objeto de posesión. Chirbes sabe que las grandes convicciones políticas no nos libran de nuestras miserias privadas y que alguien puede proclamar los más nobles ideales mientras reproduce, en sus relaciones personales, los mismos mecanismos de dominación que dice combatir. El deseo se impone entonces a la razón, se alimenta de fantasías y acaba ocupando espacios de la conciencia que el personaje difícilmente puede controlar. La escritura reproduce esa intimidad sin pudores innecesarios:


Imaginaba sus ojos cerrados mientras la escuchaba gemir, y que luego esos ojos se abrían para mirarlo a él, y pensaba que se mordía los labios esperándolo y que se doblaba para recibirlo.


La larga marcha acaba convirtiéndose en un amplio fresco de las pulsiones sociales, políticas y personales de la posguerra, pero también del nacimiento y la progresiva articulación de las corrientes antifranquistas que encontraron en los ambientes obreros y universitarios algunos de sus principales espacios de desarrollo. Chirbes nos muestra cómo las experiencias familiares, las desigualdades, las lecturas, las amistades y las primeras inquietudes intelectuales van configurando una conciencia política que no surge por generación espontánea. Los jóvenes heredan un país construido sobre la derrota de unos y el triunfo de otros, aunque no todos aceptarán ocupar el lugar que sus familias y las circunstancias les han reservado. La universidad se convierte en un espacio de discusión, de descubrimiento de nuevas ideas y de cuestionamiento de una realidad que parecía inmutable, mientras en el mundo obrero van tomando forma otras maneras de resistencia y organización. Pero Chirbes, que conoce demasiado bien las contradicciones humanas para entregarse a una visión idealizada de la militancia, también deja entrever que detrás de ciertas aspiraciones revolucionarias pueden esconderse la vanidad, el deseo de reconocimiento, el resentimiento o, sencillamente, las ganas de acostarse con alguien. Me interesa mucho esa capacidad para mostrar la gestación de una conciencia colectiva sin olvidar que está formada por individuos bastante menos ejemplares de lo que a veces proclaman sus discursos. El autor lo consigue mediante las historias de sus personajes, con una claridad expositiva que no está reñida con la complejidad estructural de la novela, y nos conduce hacia los últimos años del franquismo, cuando empiezan a perfilarse los conflictos que ocuparán las siguientes entregas de la trilogía. El fragmento que sigue contiene una ironía formidable: la crítica a la burguesía española acaba mezclándose con una observación sexual que dice tanto de la clase social que se pretende combatir como de quien aspira a combatirla.


Hasta que se trasladó con Carmelo y José Luis al piso de Ventura de la Vega, había vivido en la casa familiar de Las Rozas, un chalet con jardín, frecuentado por las amigas de su madre, que jugaban por las tardes al whist y al palé, y por una legión de tías enjoyadas y enlutadas, solteras, viudas y casadas, que —según él repetía— eran un auténtico catálogo de la decadencia del régimen. «España tiene una burguesía descarnada, que carece de curvas y volúmenes. En mi casa, como en el resto de las casas de la burguesía española, las únicas que están buenas son las criadas, ¿te parece poco motivo para hacer la revolución y que cambie el poder de manos, o mejor dicho, de muslos?»



EDITORIAL: ANAGRAMA

ISBN 978-84-339-2834-4

EAN 9788433928344

PVP CON IVA 14,90 €

NÚM. DE PÁGINAS 392

CÓDIGO EL 6

PUBLICACIÓN 14/05/2014

En esta extraordinaria novela la ubicación geográfica y temporal es absolutamente reconocible: desde la España de la posguerra hasta el inicio del largo final del franquismo. La mirada narrativa de Rafael Chirbes pone en evidencia los oscuros e incómodos mecanismos personales y colectivos de nuestra historia; las claves narrativas de una historia que una y otra vez sale del olvido y se hace carne: novela. El amplio y ambicioso horizonte narrativo que el libro aborda se acomoda en dos grandes bloques: la posguerra española y la resistencia antifranquista de los años sesenta. Dos generaciones caminan delante de un espejo que no devuelve imágenes gratas o autocomplacientes. Hombres y mujeres que se reparten el dolor y la humillación de la derrota (y en algún caso, los despojos y el botín) mientras aprenden la dura tarea de sobrevivir y salir adelante. La juventud universitaria que intenta tomar conciencia mientras aprende a construirse contra un pasado que inevitablemente forma parte de su herencia. Estamos frente a una de esas novelas que los lectores reclaman a los autores de su tiempo, frente a una de esas novelas que se esperan. Estamos ante una cumplida ambición narrativa de primer orden. Una novela apasionada que exige una lectura apasionada y que confirma a Rafael Chirbes como una de las grandes voces narrativas de nuestra literatura. «En La larga marcha se habla una y otra vez de una “nueva España”, y todo el que cree en la posibilidad del cambio deposita en esa idea siempre el mismo ingenuo entusiasmo. Lo que ocurre con Rafael Chirbes es que ha escrito una historia de las grandes esperanzas y las grandes promesas, pero también de los grandes desencantos» (Marcel Reich-Ranicki, Das Literarisches Quartett).


Apuntes para la tertulia literaria

1. Introducción. Una guerra que nunca terminó de escribirse

La literatura española lleva casi noventa años intentando comprender una guerra que duró menos de tres. Puede parecer una exageración, pero basta con recorrer algunas de nuestras grandes novelas para descubrir hasta qué punto la contienda de 1936 y la larga posguerra que la sucedió condicionaron la creación literaria. Primero escribieron quienes habían vivido el conflicto y necesitaban contar lo sucedido, justificar sus posiciones, denunciar la violencia o conservar la memoria de los muertos. Después llegaron los escritores de la posguerra, aquellos que crecieron entre el hambre, el miedo, la censura y las convenciones de una sociedad autoritaria. Más tarde aparecieron los hijos y los nietos, interesados en reconstruir aquello de lo que muchas familias apenas habían hablado. Y hoy seguimos escribiendo sobre la guerra. ¿Por qué? Quizá porque no hemos acabado de comprenderla, porque la literatura tiene una capacidad extraordinaria para penetrar en las contradicciones humanas o porque una sociedad nunca termina de desprenderse de aquello que ha contribuido a construirla. A mí me interesa esta última posibilidad, pero sin olvidar que una novela no es un tratado de historia, que el escritor no tiene obligación de comportarse como un historiador y que, cuando leemos, debemos prestar tanta atención a lo que se cuenta como a la manera de contarlo.

Primera pregunta para abrir la tertulia: ¿Leemos estas novelas para conocer el pasado, para comprender el presente o para confirmar lo que ya pensamos?

2. Los grandes momentos de esta literatura

Conviene distinguir cinco momentos, que se solapan entre sí y no constituyen escuelas cerradas.

Etapa

Problema literario

Obras representativas

La guerra narrada durante la guerra

Testimonio, ideología, propaganda, violencia

A sangre y fuego, Chaves Nogales; Madrid, de Corte a cheka, Agustín de Foxá

El exilio republicano

Derrota, desarraigo, culpa, reconstrucción del pasado

El laberinto mágico, Max Aub; Réquiem por un campesino español, Sender

La narrativa bajo el franquismo

Hambre, miedo, silencio, inmovilismo social

Nada, Laforet; La colmena, Cela; La plaça del Diamant, Rodoreda

La revisión generacional

Memoria heredada, responsabilidad, desencanto político

La larga marcha, Chirbes; Soldados de Salamina, Cercas

La recuperación y reconstrucción de la memoria

Vencidos, desapariciones, resistencia, transmisión familiar

La voz dormida, Chacón; Los girasoles ciegos, Méndez; Castillos de fuego, Martínez de Pisón

La clasificación nos permite introducir un problema de gran interés: no es lo mismo una novela escrita durante la guerra, una novela escrita bajo la dictadura y una novela contemporánea ambientada en 1939. La distancia temporal modifica la documentación disponible, la libertad de expresión, la intención del autor y la relación que establece con sus lectores.

También debemos distinguir la literatura sobre la guerra de la literatura marcada por sus consecuencias. Nada, de Carmen Laforet, por ejemplo, no necesita describir batallas ni fusilamientos para trasladarnos a una sociedad empobrecida y moralmente asfixiada.

3. Los seis grandes asuntos para discutir

La guerra vista desde diferentes posiciones ideológicas

Manuel Chaves Nogales, en A sangre y fuego (1937), proporciona un punto de partida magnífico. Su liberalismo democrático y su denuncia de la violencia ejercida en ambos campos permiten discutir la relación entre ideología y conciencia moral. Max Aub, especialmente en las seis novelas de El laberinto mágico, construye un vasto universo de personajes y experiencias donde la historia colectiva se descompone en trayectorias individuales.

Desde otra perspectiva encontramos Madrid, de Corte a cheka (1938), de Agustín de Foxá, vinculada a la narrativa falangista, y la obra de José María Gironella, cuya trilogía formada por Los cipreses creen en Dios (1953), Un millón de muertos (1961) y Ha estallado la paz (1966) busca reconstruir los antecedentes, el desarrollo y las consecuencias de la guerra desde una sensibilidad conservadora y católica. Gironella añadiría una cuarta entrega, Los hombres lloran solos, en 1986.

Es importante no confundir las posiciones de Foxá y Gironella: responden a proyectos narrativos distintos. Tampoco debemos establecer equivalencias automáticas entre las responsabilidades históricas de quienes participaron en la contienda. Una novela puede mostrarnos los temores, las contradicciones y el sufrimiento de personajes muy diferentes sin que tengamos que asumir su interpretación de los hechos.

Pregunta: ¿Puede una novela escrita desde una ideología que no compartimos ser una gran obra literaria? ¿Qué le exigimos: calidad estética, honestidad intelectual o coincidencia con nuestra visión histórica?

La derrota y la posguerra: cuando sobrevivir se convierte en una forma de resistencia

El final militar de la guerra no significó el final del sufrimiento. La represión, el exilio, la cárcel, las depuraciones profesionales, la pobreza y la pérdida de oportunidades forman parte de una realidad que la literatura ha explorado desde registros muy diferentes.

En Réquiem por un campesino español, Ramón J. Sender investiga la culpa y la traición mediante una narración breve, contenida y de extraordinaria intensidad. El sacerdote Mosén Millán recuerda a Paco el del Molino, y el pasado acaba interrogando su propia responsabilidad. La historia de una comunidad rural sirve para mostrar las relaciones entre poder económico, religión, violencia y conciencia.

En La buena letra, Rafael Chirbes traslada esas tensiones al espacio doméstico. La familia se convierte en escenario de intereses enfrentados y la memoria de Ana cuestiona el relato que las generaciones posteriores han construido sobre sí mismas.

Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, conduce esta literatura hacia cuatro formas de derrota. Sus protagonistas intentan conservar algún resto de dignidad cuando casi todo les ha sido arrebatado. La intensidad del libro procede también de su estructura: cuatro relatos relacionados entre sí que se iluminan unos a otros.

Una cuestión esencial es que la derrota no es exclusivamente militar. Puede manifestarse como pérdida de identidad, renuncia a la libertad, necesidad de ocultar el pasado o imposibilidad de transmitir la experiencia a los hijos.

Pregunta: ¿Qué es más difícil de narrar, el instante de la violencia o una vida entera condicionada por sus consecuencias?

Las mujeres: la guerra vivida fuera del relato heroico

Durante mucho tiempo, el imaginario literario de la Guerra Civil estuvo dominado por soldados, militantes, dirigentes y combatientes. Sin embargo, la experiencia femenina permitió abordar otras realidades que el relato militar dejaba en segundo plano.

La plaça del Diamant (1962), de Mercè Rodoreda, constituye un ejemplo fundamental. La experiencia de Natàlia, Colometa, nos permite contemplar la guerra y sus consecuencias desde la vida cotidiana, el hambre, las relaciones afectivas y la pérdida de autonomía. La gran historia se introduce en la existencia de una mujer que debe aprender a sobrevivir.

También merece atención Celia en la revolución, de Elena Fortún, escrita a partir de la experiencia de la guerra y publicada décadas después, en 1987. La mirada de Celia cuestiona las explicaciones simplificadoras que los adultos ofrecen sobre la violencia.

Y, en la narrativa posterior, La voz dormida (2002), de Dulce Chacón, recupera el universo de las mujeres represaliadas y encarceladas durante la posguerra.

Aquí hay algo que conviene discutir: no debemos reducir la experiencia de las mujeres a la maternidad, el sufrimiento o la condición de víctimas. Sus posiciones políticas, sus decisiones, sus contradicciones y sus diferentes situaciones de clase forman parte del mismo universo histórico.

Pregunta: ¿Cambia nuestra comprensión de la guerra cuando dejamos de mirar los campos de batalla y entramos en las cocinas, los dormitorios, las cárceles y las relaciones familiares?

Los vencedores: privilegio, culpa y acomodación

La literatura sobre la posguerra nos permite estudiar algo que a menudo recibe menos atención que el sufrimiento de los vencidos: cómo se construyeron, conservaron y transmitieron los privilegios de quienes salieron beneficiados del nuevo orden.

Este asunto resulta especialmente interesante en Chirbes. Los disparos del cazador, La caída de Madrid y Los viejos amigos exploran personajes que negocian sus principios, transforman sus ambiciones o buscan proteger sus posiciones sociales.

Chirbes no necesita presentar a todos sus personajes como seres perversos. Algunos se justifican, otros recuerdan de forma interesada, otros prefieren no hacerse preguntas. El autor permite que sus contradicciones aparezcan mediante sus discursos y comportamientos.

Aquí podemos introducir una diferencia: haber participado en una injusticia, haberse beneficiado de ella y haber vivido bajo sus consecuencias no son posiciones equivalentes, aunque puedan coexistir en una misma sociedad o incluso en una familia.

Pregunta: ¿Se puede ser una persona decente y beneficiarse de un sistema injusto sin cuestionarlo? ¿Cómo convierte un novelista esa contradicción en literatura?

Los hijos y los nietos: la memoria heredada

A medida que la Guerra Civil se aleja del presente, los escritores dejan de depender del recuerdo directo y comienzan a trabajar con testimonios, archivos, fotografías, cartas, silencios familiares y documentos.

Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas, plantea una cuestión fascinante: qué puede conocer quien reconstruye un acontecimiento del pasado y qué parte de esa reconstrucción pertenece ya al territorio de la ficción.

Almudena Grandes, mediante sus Episodios de una guerra interminable, recupera distintas experiencias de resistencia y represión franquista. Sus novelas muestran otra modalidad narrativa, de amplia documentación histórica y desarrollo de personajes que permiten conectar la experiencia particular con acontecimientos colectivos.

Podemos preguntarnos si los descendientes heredan también las responsabilidades o, más bien, las consecuencias de aquello que no vivieron. Y conviene evitar una respuesta automática, porque la transmisión familiar puede producir identificación, rechazo, silencio o indiferencia.

Pregunta: ¿Tenemos derecho a reconstruir literariamente la vida de nuestros antepasados cuando no conocemos todos los hechos? ¿Dónde acaba la memoria familiar y comienza la imaginación del escritor?

La técnica literaria: cómo se transforma la historia en una novela

Llegamos a un punto fundamental: no basta con que una novela trate un asunto histórico importante para que sea una gran novela.

En Sender encontramos una extraordinaria economía narrativa. En Max Aub, un amplio fresco polifónico. En Rodoreda, la transformación de la experiencia colectiva mediante una conciencia individual. En Alberto Méndez, relatos conectados por una misma experiencia de derrota. Y en Chirbes, los periodos extensos, la superposición de voces, las alteraciones temporales y la exposición de contradicciones que los personajes no siempre comprenden.

Esto permite discutir hasta qué punto el procedimiento narrativo modifica nuestra manera de entender el pasado.

Una misma escena puede adquirir significados distintos según la narre una víctima, un beneficiario, un testigo, un niño o alguien que recuerda cincuenta años después.

Pregunta: ¿Preferimos una novela que nos explique quién tiene razón o una que nos obligue a descubrir las contradicciones de sus personajes, aunque nos incomode?

4. Chirbes como eje de la tertulia: de la guerra al presente

Me gustaría detenerme en Rafael Chirbes porque su obra permite enlazar varios de los asuntos anteriores sin abandonar la reflexión literaria.

En La buena letra (1992), los conflictos de la posguerra se expresan mediante la memoria familiar, la pérdida y las transformaciones que amenazan con borrar el pasado. La larga marcha (1996) amplía ese universo y reúne dos generaciones: quienes han sufrido las consecuencias inmediatas de la derrota y quienes comienzan a participar en la oposición al franquismo durante los años sesenta.

La caída de Madrid (2000), situada en vísperas de la muerte de Franco, muestra una sociedad enfrentada a un futuro incierto y poblada de personajes que intentan preservar o transformar sus posiciones. Los viejos amigos (2003) examina después las contradicciones de antiguos militantes y el destino de sus ideales juveniles.

Y podríamos continuar hasta Crematorio (2007) y En la orilla (2013), donde las transformaciones económicas de la España democrática no quedan aisladas de los procesos históricos anteriores.

El recorrido propone una cuestión incómoda: ¿hasta qué punto la sociedad nacida de la democracia rompió con las viejas jerarquías y hasta qué punto permitió la adaptación de algunas de ellas?

Chirbes nos ofrece un material extraordinario para estudiar la relación entre historia, clases sociales, memoria e intereses individuales. Pero sería un error leerlo solo como novelista político: su riqueza reside también en la organización de las voces, la sintaxis, el tratamiento del tiempo y la construcción de los espacios.

5. El canon: qué libros permanecen y cuáles dejamos fuera

Hay una cuestión que merece una tertulia por sí sola. Los cánones no permanecen inmóviles. Autores que disfrutaron de un extraordinario éxito en su tiempo pueden quedar relegados, mientras otros recuperan lectores décadas después.

Gironella tuvo una difusión enorme y su proyecto narrativo forma parte de la historia de la recepción literaria de la Guerra Civil. Max Aub y Sender estuvieron condicionados por el exilio, que afectó a la circulación de sus obras en España. Rodoreda permite recordar que la literatura española no se ha escrito solo en castellano.

La censura franquista, la política editorial, los premios, la enseñanza, las traducciones y los cambios generacionales han intervenido en la formación del canon.

Y nuestra historia no termina en Los girasoles ciegos. Castillos de fuego (2023), de Ignacio Martínez de Pisón, vuelve al Madrid de 1939 a 1945 desde una perspectiva coral; Presentes (2024), de Paco Cerdà, recupera la primera posguerra mediante una escritura documental con recursos narrativos.

La cuestión no es si debemos seguir escribiendo sobre la Guerra Civil. La cuestión es si cada obra consigue decir algo que todavía no habíamos comprendido o encuentra una forma literaria capaz de alterar nuestra mirada.

Pregunta final: ¿Qué convierte una novela histórica en un clásico? ¿Su fidelidad documental, su calidad literaria, su capacidad de incomodarnos o la permanencia de las preguntas que plantea?

6. Conclusión

Tal vez después de leer a estos autores podamos aceptar que la literatura no está obligada a reconciliarnos con el pasado, ni siquiera a proporcionarnos respuestas. Nos permite entrar en la conciencia de quienes vivieron acontecimientos que nosotros conocemos por los libros, descubrir cómo justificaban sus decisiones y comprender que la historia colectiva está hecha de vidas particulares, aunque no todas tuvieran las mismas posibilidades ni las mismas responsabilidades. La Guerra Civil española fue una tragedia histórica, política y humana, pero ha dado lugar a un patrimonio literario de una riqueza extraordinaria. Leerlo no significa convertir a los escritores en jueces de la historia ni aceptar cualquier relato como verdadero. Significa admitir que la buena literatura tiene algo que ofrecernos que los documentos históricos, por necesarios que sean, no siempre pueden alcanzar: la experiencia contradictoria de una vida contada desde dentro. Y acaso sea esa la razón por la que seguimos leyendo estas novelas. Porque los muertos pertenecen al pasado, pero las preguntas que dejaron continúan entre nosotros.

 

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