De vez en cuando me gusta adentrarme en los superventas. No diría que sea un vicio adquirido ni una necesidad lectora de primer orden; es, más bien, algo bastante más sencillo: la voluntad de estar al día, de quitarle algo de densidad a las lecturas que suelo frecuentar y de ofrecer también a los lectores de este blog algunos libros que, sin pedir demasiadas explicaciones, puedan hacerles pasar un rato agradable. La verdad es que me ha costado decidirme. Me echaba hacia atrás el volumen, esas muchas páginas que, antes incluso de abrir el libro, ya parecen imponer una especie de compromiso lector; y eso me ha llevado a preguntarme por qué no me acobardan otros libros todavía más voluminosos, más complejos y mucho más densos —Los Sorias, el Quijote, La broma infinita—, libros que exigen atención, resistencia, paciencia e incluso una cierta forma de obediencia intelectual. Ahí estaría, quizá, la reflexión de la entrada de hoy: la literatura no me cansa; la complejidad narrativa y sintáctica, lejos de expulsarme, me propone un reto, una forma de conversación con la inteligencia del texto, con aquello que no se entrega del todo, con la suposición, la demora, la forma, el juego entre quien escribe y quien lee. Sin embargo, también soy capaz de entender que estos libros, los bestsellers, ofrecen otro tipo de disfrute, más inmediato, más industrial si se quiere, menos exigente en apariencia, pero no por ello inútil: una maquinaria narrativa pensada para avanzar, para entretener, para suspender durante unas horas la gravedad del mundo y acompañarnos, por ejemplo, en esos momentos de sol y arena en los que uno no siempre quiere medirse con la literatura, sino dejarse llevar por ella, aunque sea en su versión más funcional, más fabricada, más descaradamente eficaz.
El último secreto confirma algo que ya sabíamos: Dan Brown no escribe novelas para que uno se detenga en la frase, sino para que la frase empuje a la siguiente y esta a la trama y la trama al libro. Su literatura no busca la contemplación, sino la tracción, un movimiento perpetuo en el lector. El libro, publicado en 2025 y presentado como el regreso de Robert Langdon, sitúa al profesor de simbología en Praga, junto a Katherine Solomon, científica noética que está a punto de publicar un manuscrito sobre la conciencia humana capaz de alterar creencias asentadas; un asesinato, la desaparición de Katherine y la pérdida del manuscrito activan de inmediato la maquinaria del thriller. Que el libro haya funcionado comercialmente no sorprende: debutó como número uno en la lista de The New York Times y Publishers Weekly lo señaló como el libro número uno en Estados Unidos en la semana de su lanzamiento. Dan Brown sigue sabiendo hacer una cosa muy concreta, y quizá por eso sigue vendiendo: convierte el conocimiento en persecución, el dato en amenaza, el museo en escenario criminal, la ciudad en tablero y el lector en alguien que cree estar descifrando el mundo cuando, en realidad, está siendo arrastrado por una estructura narrativa de eficacia industrial.
En un espacio sin ventilación el nuevo volumen no tendría adónde ir, y la presión generada se acumularía a gran velocidad hasta provocar una explosión, una «bomba de presión» que causaría una violenta expansión casi instantánea en todas las direcciones.
El lenguaje empleado responde a esa función. No existe una voluntad de espesor estilístico, ni frase que aspire a quedar suspendida por su música interior; la finalidad estética no se contempla, tampoco hace falta. La sintaxis tiende a la claridad operativa: periodos breves, mucho verbo de acción, diálogo funcional, descripciones dosificadas y una administración muy medida de la información. Los enunciados de Brown no iluminan la mente: señalizan el itinerario al lector. Sirve para mover al personaje, introducir un dato científico, histórico, simbólico o arquitectónico y cerrar el capítulo con una pequeña descarga de incertidumbre; así da pie a que tengamos que esperar uno o dos capítulos para volver a esa trama concreta. Técnicamente, estamos ante una prosa de alta legibilidad, con predominio de la función referencial y con una retórica de la urgencia: nombres propios, instituciones, lugares reconocibles, tecnicismos científicos, referencias culturales y un léxico híbrido que mezcla simbología, neurociencia, espionaje, religión, folclore y turismo cultural. La novela no trabaja tanto con la profundidad del lenguaje como con su capacidad de producir autoridad científica. Brown escribe como quien coloca carteles luminosos en un túnel: todo debe verse rápido, todo debe parecer importante, todo debe conducir a una puerta secreta.
Durante un instante fugaz Langdon se dijo que quizá lo más sensato sería rendirse; lo malo era que cada vez estaba más convencido de que el elegante hombre mayor que los perseguía era el mismísimo señor Finch, alguien que, según la embajadora, carecía de escrúpulos y no se detenía ante nada con tal de proteger sus intereses.
«Necesitamos un escondite, y lo necesitamos ahora».
El estilo literario, por tanto, no debe juzgarse desde categorías que no le pertenecen. No estamos ante una novela de exploración psicológica, ni ante una obra donde el conflicto nazca de la ambigüedad moral o de la complejidad de la conciencia narrada. Estamos ante un thriller didáctico-esotérico, una variante del page-turner que mezcla la novela de persecución, el enigma codificado, la conspiración institucional y la divulgación especulativa. Associated Press resumía bien la fórmula al señalar que Brown vuelve a combinar suspense, digresiones filosóficas, viaje cultural, códigos, acertijos y sociedades secretas. Esa combinación es la clave del método Brown: cada bloque narrativo tiene que hacer avanzar la acción, pero también entregar al lector una cápsula de saber. De ahí que su técnica fundamental sea la exposición dramatizada: el dato no aparece como nota al pie, sino como combustible del peligro. La información se convierte en persecución; la explicación, en suspense; la cultura, en decorado móvil.
—Lo estaba. Pero te he visto salir de la ducha y se me quitó el cansancio —replicó, y señaló los marcados músculos abdominales del profesor—. Eres todo un Aquaman… para tu edad.
El entrecruce de tramas responde a una arquitectura reconocible. Por un lado, la línea Langdon: el héroe intelectual obligado a correr, interpretar, deducir y sobrevivir. Una suerte de Indiana Jones literario. Por otro, la línea Katherine Solomon y el manuscrito, que funciona como McGuffin: no importa solo lo que contiene, sino el hecho de que todos lo desean, lo temen o quieren impedir que circule. A ello se añade la trama criminal, la presencia del asesino, la dimensión institucional —servicios de inteligencia, autoridades, poderes que custodian o manipulan la verdad— y la línea simbólica de Praga, con su imaginario gótico, alquímico y mítico. La novela funciona mediante montaje paralelo: capítulos breves, alternancia focal, cortes en el momento de máxima tensión y revelación diferida. Brown no inventa aquí una técnica nueva; la ejecuta con la precisión quirúrgica de quien conoce perfectamente el reflejo condicionado de su lector. Cada respuesta abre una pregunta mayor. Cada puerta revela otra puerta. Cada explicación promete un secreto más profundo. (interesantísima la referencia que hace en los Agradecimientos a su grupo lector, ahí está una de las claves, pura técnica).
Las tenues imágenes que conservaba en la memoria aún lo atormentaban. «Eso pasó en otra vida —se dijo—. Es el pasado». Pero el futuro estaba cada vez más cerca, el futuro que había planeado para Sasha, el que ella merecía. «Pronto la dejaré en libertad y desapareceré».
El efecto esperado es evidente: producir velocidad, no hondura; adicción, no necesariamente belleza. Brown trabaja con el cliffhanger como unidad de respiración narrativa. El capítulo no termina cuando se ha cerrado una escena, sino cuando se abre una amenaza. De ahí la sensación de lectura compulsiva. La novela está diseñada para que el lector no piense demasiado tiempo en la verosimilitud del conjunto, porque la siguiente pieza ya ha empezado a moverse. La crítica ha sido muy desigual: The Guardian la despachó con dureza como un disparate de principio a fin, aunque admitía que quien acepte la fórmula puede leerla con disfrute; Book Marks, por su parte, recogía una recepción globalmente fría. Y ahí está quizá el núcleo del asunto: Brown puede ser literariamente tosco y narrativamente eficaz al mismo tiempo. Una cosa no invalida la otra. Su prosa puede ser plana, sus personajes funcionales, sus diálogos a veces puramente informativos, pero su manejo de la expectativa pertenece a una tradición popular que conoce bien sus herramientas.
—Y ¿tú crees que la conciencia no local explica todo esto? ¿Lo de tener un accidente y de pronto ser capaz de hablar mandarín con fluidez?
El problema más delicado aparece en el terreno de la noética y de la conciencia. Brown ha explicado que la novela nace de su interés por lo que ocurre después de la muerte y por la posibilidad de que la conciencia no sea solo producto del cerebro. Narrativamente, el asunto es fértil: permite unir ciencia, espiritualidad, religión, duelo y misterio. Literariamente, sin embargo, entraña un riesgo: que la especulación se disfrace de revelación y que la novela convierta hipótesis discutibles en material de prestigio narrativo. Ahí Brown pisa su territorio habitual: el espacio ambiguo entre documentación, conjetura y espectáculo. No escribe ciencia, sino ficción que utiliza la ciencia como aura. No escribe teología, sino suspense con vocabulario trascendente. No escribe ensayo, aunque a veces lo parezca, sino una novela que necesita que el lector sienta que detrás del entretenimiento hay una pregunta absoluta: qué somos, qué sobrevive de nosotros, qué secreto se nos ha ocultado.
Rusia invirtió mil millones de dólares en técnicas psicotrónicas durante la Guerra Fría. Fue la primera iniciativa «neuromilitar»: control mental, psicoespionaje, tácticas relacionadas con el cerebro y cosas así. La CIA, por supuesto, se enteró de la existencia del proyecto, entró en pánico y decidió subirse al tren con su propia serie de programas de investigación «neuromilitar» altamente clasificados.
Por eso El último secreto debe leerse como lo que es: una pieza de ingeniería narrativa comercial, no como una catedral literaria. Su mérito está en la eficacia del dispositivo; su límite, en que todo queda subordinado al dispositivo. El lenguaje se adelgaza para que corra la trama. Los personajes se simplifican para que funcione el engranaje. La ciudad se convierte en decorado simbólico. La ciencia se dramatiza hasta rozar la pseudorrevelación. Y, sin embargo, ahí reside también su potencia popular: Brown convierte la vieja promesa del folletín —hay un secreto, alguien lo oculta, alguien debe descifrarlo— en mercancía cultural de alcance global. No hay que pedirle a Dan Brown que sea Henry James. Conviene pedirle, más bien, que sea Dan Brown con conciencia de sus trucos. En El último secreto lo es: un narrador de mecanismos, de persecuciones y de enigmas, un fabricante de vértigo que no siempre escribe bien, pero que casi siempre sabe dónde colocar la próxima puerta cerrada.
Penguin Random House ya había recibido algunos manuscritos que estaba claro que habían sido escritos por robots, pero cada vez resultaba más difícil distinguirlos. Él había adoptado una postura desafiante y, ante la inminencia de un apocalipsis literario, urgió a sus compañeros editores a boicotear todo aquello que fuera producto de una IA.
Traductor: Aleix Montoto Llagostera, Conde Fis
Editorial: Editorial Planeta
ISBN: 9788408306863
Idioma: Castellano
Título original: The Secret of Secrets
Número de páginas: 832
Tiempo de lectura: 19h 59m
Encuadernación: Tapa dura
Fecha de lanzamiento: 10/09/2025
Año de edición: 2025
Plaza de edición: Barcelona
Colección: Planeta Internacional
Serie/Saga: Serie Robert Langdon
Número: 6
Alto: 23.0 cm
Ancho: 15.0 cm
Peso:1050.0 gr
Robert Langdon, el célebre profesor de simbología, viaja a Praga para asistir a una conferencia revolucionaria impartida por Katherine Solomon, una brillante científica noética con quien ha iniciado una relación. Katherine está a punto de publicar un libro cuyos asombrosos descubrimientos sobre la naturaleza de la conciencia humana prometen desafiar siglos de creencias consolidadas. Pero un brutal asesinato desata el caos, y Katherine desaparece sin dejar rastro junto con su valioso manuscrito.
Desesperado por encontrar a la mujer que ama, Langdon se embarca en una carrera contrarreloj por el paisaje místico de Praga, mientras es perseguido por una poderosa organización y por una figura inquietante surgida de antiguas leyendas. En la Ciudad de las Cien Torres, un escenario fascinante donde la ciencia más avanzada convive con la tradición, Langdon deberá desentrañar símbolos y códigos para desvelar una verdad sorprendente sobre un proyecto secreto que podría transformar para siempre nuestra comprensión de la mente humana.

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