No acabo de acostumbrarme a este calor, me desespera, aunque me guste, me acomoda, aunque me altere. En el tiempo oscuro que todo lo absorbe, que todo lo difumina en una indefinición distópica, como si leyésemos una obra menor de Asimov o nos adentráramos en los cómics postapocalípticos de Zona 84 o Totem, el tiempo parece querer darnos una tregua en nuestro sufrimiento, en el dolor de sentirse vivos a pesar de la extrañeza ante la vida, por eso necesitamos la literatura. Leo una entrevista a través del Twiter de Tusquets de Landero a propósito de su nuevo libro (que leeré en breve, como dice Aramburu, de este señor hay que leer hasta la lista de la compra), tan quijotesco siempre, tan cercano a mi inteligencia, la identificación es asombrosa, con lo dicho, pero intuyo que también con lo imaginado, porque Landero no se avergüenza de mostrarnos que la literatura, lo ficcional, puede ser más intenso que la propia vida que hay que vivirla con responsabilidades, con el dolor de la frustración y la equivocación, sin embargo los libros nos despiertan en nuevos mundos, en dimensiones que sabemos ciertas porque estamos leyéndolas, por eso lo son, porque podemos recrearlas en nuestro cerebro, disfrutarlas, construirlas a nuestro antojo, disfrutar, al fin y al cabo, de nuestro libre albedrío.
