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10 septiembre 2026

Los Sorias, Alberto Laiseca

Andamos estos días alucinados ante los cambios políticos que observamos a nuestro alrededor y, entre todo lo que ocurre, hay algo que me preocupa de un modo especial: la facilidad con que se trata a la ciudadanía como si fuera menor de edad, como si estuviera formada por niños a los que hay que tutelar porque desconocen qué les conviene, qué deben pensar o incluso qué deben hacer. Hay un instante en que el poder deja de conformarse con gobernar. Ya no le basta con dictar leyes, distribuir cargos, controlar y decidir fronteras o señalar enemigos; empieza a sentir la tentación de entrar en la lengua, ordenar los afectos, administrar los cuerpos, fabricar el pasado y anticipar incluso aquello que todavía no ha ocurrido. Quizá ese sea uno de los síntomas más inquietantes de cualquier forma política que ha perdido conciencia de sus límites: su vocación de totalidad. El exceso del poder no empieza cuando mata, sino mucho antes, cuando pretende decidir qué palabras pueden pronunciarse, qué nombres corresponden a cada uno, qué debe recordarse y quién merece existir dentro del relato común. La política se convierte entonces en una forma de imaginación, pero en una imaginación peligrosa: quiere inventar el mundo y obligarnos después a vivir dentro de lo que ha inventado. Amigos, observad además cómo casi siempre aparece un enemigo al que se deshumaniza, sobre el que se descarga la violencia y al que se responsabiliza de cualquier alteración del modus vivendi que se pretende preservar. Ahí empieza el peligro: cuando gobernar deja de consistir en administrar una sociedad plural y empieza a significar decidir, también, cómo debemos comprenderla.