Acabo Los sorias, de Alberto Laiseca, después de una lectura que se parece poco a las demás. Estamos ante una novela de 1360 páginas en la edición de Barrett que he manejado, aunque decir esto explica muy poco. Hay libros largos y hay libros que necesitan construir su propia duración. Los sorias pertenece a los segundos. No crece porque Laiseca tenga mucho que contar, sino porque necesita fabricar un universo entero, dotarlo de países, guerras, administraciones, religiones, sectas, sistemas mágicos, tecnologías, ejércitos, lenguajes, enfermedades, ceremonias, sexualidades, músicas, archivos y hasta formas particulares de medir el mundo. Ricardo Piglia escribió que era la mejor novela argentina desde Los siete locos. Después de enfrentarme a ella como si fuera una guerra particular que yo mismo me he montado entiendo, al menos, la magnitud de la afirmación.
La novela parte de algo casi miserable: una habitación, una pensión, Personaje Iseka y dos hombres apellidados Soria. Sin embargo, aquello que parece pequeño contiene ya el mecanismo que hará crecer todo el libro. En Soria todos son Soria; en Tecnocracia todos son Iseka. El nombre deja de identificar al individuo para señalar el sistema que lo posee y lo moldea. La operación resulta divertida cuando aparece por primera vez, pero pronto pierde parte de su gracia: la reiteración deja de ser solo un procedimiento cómico y empieza a convertirse en una carga para el lector, que siente sobre sí la presión de esos poderes bárbaros, insistentes, capaces de invadir incluso aquello que parecía más íntimo y elemental: el propio nombre.
En las tierras de Soria todos los habitantes eran Soria de apellido: Juan Carlos Soria, Luis Soria, Chiri Gorni Soria, etc. Lo que fuera, pero siempre Soria. De la misma manera, en la Tecnocracia —donde Personaje Iseka se internaba—, la totalidad de la población, incluido el mismísimo Monitor, tenían Iseka como apellido. Así, pues, hombres y mujeres, soldados y generales, altos funcionarios y obreros, leales y traidores, todos, se llamaban Iseka. (Laiseca, 2015, cap. 1).
A partir de ahí empieza la proliferación. Soria y Tecnocracia se enfrentan en una guerra que termina absorbiendo las geografías reales e inventadas, desde Cataluña o Córdoba hasta la Unión Soviética. Aparecen armas imposibles, bombas temporales, magia, espionaje, propaganda y una burocracia capaz de transformar la destrucción en trámite administrativo. Uno de los grandes aciertos de Laiseca consiste en comprender que el horror puede resultar más inquietante cuando se expresa con el tono neutro de quien presenta un informe. La violencia pierde incluso la dignidad de parecer excepcional y entra en el lenguaje de la planificación:
—¡Escuchen! Últimas noticias: «El Monitor hizo lanzar esta última semana, sobre Chanchín del Norte, toneladas de bombas, cohetes y explosivos convencionales, en cantidad equivalente a la bomba temporal que cayó sobre Periqueteshima. Declaró además que el próximo mes dará la orden de largar el equivalente a la Súper de 60 tempotones. Siempre en la misma forma homeopática».
—Sí, bueno. Estoy de acuerdo en darles con un leño. Pero eso de desparramar sobre los chanchinitas 1200 bombas de lepra, ya me parece demasiado. (Laiseca, 2015, cap. 3).
Ahí está una de las claves de Los sorias: la mezcla. El tecnicismo se encuentra con el modismo, la estrategia militar con la frase de bar, la teología con la obscenidad, el expediente con el chiste. Laiseca permite que el poder pronuncie sus discursos, pero nunca consigue conservarlos limpios. Siempre aparece barro y obscenidad. La solemnidad es atacada desde dentro por una lengua plebeya que ridiculiza aquello que acaba de elevarse. Y por eso el humor del libro no sirve para descansar del horror que lo recorre inclemente: sirve para comprenderlo. Nos reímos porque el aparato queda desnudo, pero muchas veces la risa se congela al descubrir que debajo del disparate existe una lógica demasiado reconocible.
Todo esto podría haber producido únicamente una gigantesca sátira política, pero Laiseca introduce algo que termina modificando la novela: Wagner. No como referencia culta colocada para demostrar una capacidad cultural, sino como principio de composición monumental y concepción épica. Wagner aparece como personaje, como una obsesión, como una música, como una teoría estética y, en el Falso Bayreuth, como arquitectura. Incluso llega a formular dentro de la novela una poética que parece, por momentos, explicar lo que el propio Laiseca está haciendo:
Hay que dejar de escribir novelas: es un instrumento caduco. Es menester arribar al Drama wagneriano, ya que sólo él y únicamente él, puede abarcar la totalidad metafísica de una cosmovisión o Punto de Vista del Mundo, como digo yo. Con mil doscientos leiv motiv que encontremos, estaremos en condiciones de reemplazar casi todo el idioma escrito, manteniendo tan sólo unas pocas palabras ineliminables que harán las veces de… preposiciones, digamos. (Laiseca, 2015, cap. 55).
La idea es delirante y, al mismo tiempo, asombrosa: sustituir el idioma por leitmotive. No explicar, sino hacer que el lector reconozca; no definir, sino repetir y variar. Cuando lo pensamos desde Nietzsche y desde el proyecto wagneriano, la extravagancia adquiere otra profundidad. Frente al concepto que intenta atrapar la realidad, la música organiza una experiencia que no necesita explicarla por completo. Los sorias hace algo parecido con su lector. Los nombres vuelven, las instituciones vuelven, las fórmulas vuelven, las escenas regresan deformadas. Aprendemos a movernos dentro de la novela del mismo modo que aprendemos una música: reconocemos motivos. Y ahí la estética vuelve a encontrarse con la política, porque los Estados también saben que aquello que se repite termina pareciendo natural.
La religión tampoco queda fuera de esta máquina. Laiseca inventa sectas, sacrificios, sacerdotes, herejías y liturgias hasta construir una teología que parece haber pasado por una trituradora. Lo sagrado conserva su estructura, pero se contamina de sangre, órganos, sexo, burocracia y absurdo. Quizá sea uno de los lugares donde la sátira alcanza mayor violencia, porque nos recuerda que cualquier liturgia puede terminar ofreciendo al poder una escenografía de legitimación. Una plegaria puede convertirse en petición administrativa sin dejar de sonar a plegaria:
¿Puede haber existido jamás en la historia de nuestra Patria un régimen que, como el tecnócrata, atente contra el santo trajín religioso del exateísmo? […] Por lo demás, ¿cómo podrá la Congregación Exateísta seguir bendiciendo al pueblo, ahora que éste ha sido privado, por el Estado, de la continua putrefacción de la sangre que caía desde las santas piedras sacrificiales. […] Conmovidos de dolor suplicamos, de rodillas ante el Monitor, pero con el Vector de Piedra en alto, la supresión de tan injustas medidas suyas». (Laiseca, 2015, cap. 4).
Y, como era inevitable en un universo que aspira a administrarlo todo, el poder termina llegando al cuerpo. La sexualidad en Los sorias casi nunca constituye un refugio privado. Es territorio, jerarquía, violencia, rito o pura estadística. Uno de los fragmentos que mejor expresa la desmesura del proyecto convierte incluso la masturbación en indicador político. Puede causar risa, pero debajo de ella vuelve a aparecer la misma pregunta: ¿hasta dónde puede llegar un Estado que pretende conocer a sus ciudadanos?
El Informe, por ejemplo, dejó por completo en claro que los países más densos, masturbatoriamente hablando, eran aquellos donde el Estado Puritano intervenía en forma completa en los asuntos de los hombres. La relación entre masturbación y coito es inversamente proporcional; así, en Soria, había menos relaciones sexuales que en la Tecnocracia, pero más que en la Unión Soviética. Se estableció también que, dentro de un puritanismo culto, existe más onanismo que en una nación puritana pero inculta. (Laiseca, 2015, cap. 100).
No creo, por todo ello, que la extensión de Los sorias pueda considerarse un defecto que haya que perdonarle para acceder a sus virtudes. Su extensión es una de sus virtudes y forma parte del método. El libro necesita que nos cansemos, que olvidemos, que volvamos atrás, que recordemos un nombre visto cientos de páginas antes, que aceptemos que algunas digresiones parezcan no conducir a ninguna parte hasta que otra zona del texto las reactive. Leerlo supone instalarse también en cierto dolor de la lectura, en una experiencia que pierde parte de su dimensión más lúdica para convertirse en reto intelectual: paciencia, comprensión, memoria y conciencia de nuestros propios límites como lectores. No pasamos por Los sorias: durante un tiempo vivimos dentro de la obra. Hay algo cervantino en esa educación del lector. Si el Quijote nos enseñó que una novela podía contener otras novelas y poner en duda la autoridad de quien las cuenta, Laiseca parece enseñarnos a leer sistemas: Estados, archivos, consignas, ceremonias, fronteras, lenguas. Dentro de la literatura española, se me ocurre inevitablemente Escuela de mandarines, de Miguel Espinosa, donde la hipertrofia del lenguaje, la proliferación de cargos, fórmulas y discursos, y la propia desmesura verbal obligan también al lector a experimentar el poder desde dentro: no solo a comprender sus mecanismos, sino a soportar el peso de la lengua con que sus gobernantes construyen y administran el mundo.
El final confirma esta impresión. Cuando todo se destruye, la novela podría escoger el silencio, pero hace lo contrario: convierte la catástrofe en una partitura. La guerra termina como ópera. La política, la religión, la tecnología, la sangre y Wagner convergen hasta que el mundo parece necesitar música para desaparecer:
En sexto plano sonoro, casi inaudible, pianísimo, se escucha por última vez el tema de La Maldición. En cuarto plano, una vez y otra, implacables, las semicorcheas de La Muerte. En segundo, La Redención por el Amor, y en primero los ruidos de la Gran Sala Central de los cuartos gemelos.
[…]
Las largas cintas se llenaron de agujeros con sangre coagulada, las cenizas se mezclaron con el agua y escuchóse la música del Walhalla, allá a lo lejos. Y La Redención por el Amor, ésta sí, en toda la casa cósmica. (Laiseca, 2015, cap. 165).
Tal vez ahí esté la paradoja que más me interesa de Los sorias. Laiseca construye una obra que desea ser total para mostrarnos el peligro de toda totalidad. Nos concede el placer de entrar en un universo que parece contenerlo todo y, mientras disfrutamos de esa abundancia, nos obliga a experimentar su precio. Porque el deseo de explicarlo todo, nombrarlo todo, organizarlo todo y conservarlo todo se parece demasiado al sueño de cualquier poder que haya olvidado sus límites. La diferencia es decisiva: el Estado quiere que permanezcamos encerrados dentro de su sistema; la literatura construye el sistema para que podamos experimentarlo. Nosotros nos diluimos en la lectura como miembros de cualquiera de esos estados en conflicto.
No recomendaría Los sorias diciendo que es una novela «difícil». La palabra se queda corta y, además, orienta mal. Diría que exige una forma distinta de lectura. Hay que aceptar sus desvíos, tolerar el exceso, aprender sus nombres, dejar que sus registros se mezclen y asumir que, durante 1360 páginas, uno no va a perseguir una trama, sino a conocer una civilización completa que, en algunos aspectos, resulta profundamente humana y, en otros, parece construir una ficción irreal e imposible. Pero no lo es del todo: es verosímil. Demasiados hechos, demasiadas formas de poder, demasiados gestos de obediencia, exclusión o violencia nos evocan, aun desde la distancia de la ficción, aspectos que suceden a nuestro alrededor. A veces deslumbra, a veces fatiga, a veces hace reír; en muchas ocasiones repugna y en otras desconcierta. Pero cuando termina queda algo poco frecuente: la sensación de haber salido de un territorio que antes de empezar el libro no existía y que, desde ahora, forma parte de nuestra memoria literaria. Sí, puedo afirmarlo: Laiseca construye un mundo que transgrede el orden de lo racional, pero que entronca de una manera asombrosa —y preocupante— con lo real. Basta un ejemplo para entender hasta qué punto la ficción imposible de Laiseca conserva un vínculo incómodo con lo real. Que un Estado establezca relaciones estadísticas entre puritanismo, masturbación y coito pertenece al delirio; que pretenda conocer, clasificar y administrar hasta la intimidad de sus ciudadanos pertenece ya a una historia política que conocemos demasiado bien.
«El Informe, por ejemplo, dejó por completo en claro que los países más densos, masturbatoriamente hablando, eran aquellos donde el Estado Puritano intervenía en forma completa en los asuntos de los hombres. La relación entre masturbación y coito es inversamente proporcional; así, en Soria, había menos relaciones sexuales que en la Tecnocracia, pero más que en la Unión Soviética.
Se estableció también que, dentro de un puritanismo culto, existe más onanismo que en una nación puritana pero inculta.»(Laiseca, 2015, cap. 100).
La obra es voluminosa, sí, pero su volumen no responde a una exhibición gratuita, sino a la necesidad de construir un universo completo o, al menos, una parte suficientemente densa de un mundo ficcional que, en muchos aspectos, se aproxima a aquellos mundos orwellianos que durante décadas pensamos que nunca llegarían a parecerse al nuestro. Seamos sinceros: nos hemos acostumbrado al control de las redes sociales, al uso cotidiano de la inteligencia artificial, a la tecnología de los móviles, a la exposición constante de nuestros datos, a la publicidad personalizada, a los algoritmos que predicen gustos y comportamientos; hemos adaptado el cuerpo y la mente a una tecnología que nos facilita la vida mientras nos vuelve legibles, clasificables y previsibles. Aquello que en Blade Runner o en ciertas distopías parecía pertenecer a un futuro inquietante forma ya parte de nuestra normalidad. Desde ahí se entiende mejor por qué Los sorias necesita tanta extensión: Laiseca requiere espacio para desarrollar todos los planos que su imaginación es capaz de proyectar, para levantar instituciones, lenguas, guerras, rituales, sistemas de poder, cuerpos, tecnologías y mundos posibles que no funcionan como decorado — aunque utilice la escenografía wagneriana—, sino como piezas de una maquinaria total. La monumentalidad, insisto, no es un exceso accesorio, sino una condición imprescindible para que este libro exista tal como existe. Ahí está también una de las grandes virtudes de la literatura: todo parte del lenguaje, de la capacidad de imaginar escenarios y acciones, de construir personajes y de darles un mundo que los sostenga. Esta extensión puede abrumar, no solo por el número de páginas, sino por la densidad que acompaña a estos proyectos narrativos y por esa especie de locura creadora que exige mantener durante años un universo tan amplio. Algunos autores han resuelto esa ambición mediante series que, sumadas, alcanzan cifras casi desmesuradas: la de Brunetti, de Donna Leon, ronda las 10.620 páginas; la de Montalbano, de Andrea Camilleri, las 8.488; la serie histórica iniciada con El primer hombre de Roma, de Colleen McCullough, suma 5.832; y mi adorado Wallander, de Henning Mankell, alcanza unas 5.144. Otros concentran esa desmesura en menos títulos: Verdes valles, colinas rojas, de Ramiro Pinilla, suma 2.184 páginas; Los sorias, de Alberto Laiseca, 1.360; El fantasma de Harlot, de Norman Mailer, 1.296; La rebelión de Atlas, de Ayn Rand, 1.232; La broma infinita, de David Foster Wallace, 1.216; 1Q84, de Haruki Murakami, 1.160; El día del Watusi, de Francisco Casavella, 1.136; Cuentos completos, de John Cheever, 1.088; Las benévolas, de Jonathan Littell, 991; Genji Monogatari. Esplendor, de Murasaki Shikibu, 900; Historia de un canalla, de Julia Navarro, 864; Mar de fuego, de Chufo Llorens, 859; El último secreto, de Dan Brown, 832; La dama de blanco, de Wilkie Collins, 816; Las legiones malditas, de Santiago Posteguillo, 815; Los escorpiones, de Sara Barquinero, y Solenoide, de Mircea Cărtărescu, 800 cada una; y, ya en las 736 páginas, Acción de gracias, de Richard Ford, El ángel que nos mira, de Thomas Wolfe, y En silencio, de Frank Schätzing. No deja de ser curioso que, cuando uno contempla estas cifras juntas, la pregunta ya no sea solo cuánto dura un libro, sino cuánto tiempo estamos dispuestos a permanecer dentro de un mundo antes de querer salir de él. Y ese mundo, os lo digo también desde mi propia experiencia, es el que he ido construyendo durante años en este blog: un universo de lecturas, autores, obsesiones y recorridos que necesita extensión, miles de páginas y paciencia, mucha paciencia. Nada de eso elimina el placer; al contrario, quizá lo vuelve más intenso, porque leer también consiste en aceptar que algunos mundos no se entregan deprisa.
Y digo «de momento» porque, después de Los sorias, sería poco prudente afirmar que uno ya ha leído su libro más largo.
Editorial: Editorial Barrett
ISBN: 9788418690563
Idioma: Castellano
Número de páginas: 1360
Tiempo de lectura: 32h 44m
Encuadernación: Tapa blanda
Fecha de lanzamiento: 06/11/2024
Año de edición: 2024
Plaza de edición: Sevilla
Alto: 23.0 cm
Ancho: 16.0 cm
Grueso: 5.6 cm
Los sorias narra una guerra fría entre tres dictaduras: Soria, Tecnocracia y la Unión Soviética. En Soria, todos se apellidan Soria; mientras que en Tecnocracia todos se apellidan Iseka. A partir del enfrentamiento entre Personaje Iseka (el protagonista de esta novela) y unos hermanos sorias, con los que comparte habitación en un apartamento en la frontera entre Soria y Tecnocracia, se despliega un universo distópico en el que estos tres países se enfrentan entre sí mediante todo tipo de armas surrealistas, jugando con humor negro y absurdo sobre política, religión, guerra, historia, sexo, astrología, magia, ciencia y tecnología. Una novela monumental de «realismo delirante» escrita durante diez años y que nunca antes nadie se atrevió a publicar en Soria (España).

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