La novela que os traigo se inscribe en una línea muy reconocible de cierta literatura japonesa actual: libros construidos a partir de relatos o episodios encadenados alrededor de un espacio, un objeto o una situación común —un café, una librería, una pequeña tienda— por los que desfilan personajes cargados con sus problemas, sus pérdidas o sus pequeñas derrotas. Las historias pueden parecer autónomas, incluso algo inconexas en algún momento, pero existe siempre un hilo que acaba cosiéndolas: alguien escucha, alguien interviene, algo sucede en ese lugar y la vida del personaje sale de allí desplazada unos centímetros de su posición anterior. Te receto un gato trabaja sobre esa estructura, aunque introduce un elemento fantástico que le da mayor juego: una clínica misteriosa de Kioto, una callejuela que parece aparecer y desaparecer, un médico que quizá no sea médico, una recepcionista cuya naturaleza tampoco está demasiado clara y una receta bastante más desconcertante que cualquier medicamento. La solución es un gato. No un símbolo, al menos no en principio; tampoco una criatura prodigiosa capaz de solucionar los problemas con algún poder oculto, sino un animal que come, duerme, araña, exige atención, ocupa un espacio en la casa y obliga a quien lo recibe a salir durante un tiempo de sí mismo. Ahí está una de las ideas más interesantes de la novela: entrar en la vida del otro, aunque ese otro sea un animal que no nos necesita del modo en que imaginamos, acaba alterando la nuestra. Cuidar modifica. Obliga a mirar fuera, impone horarios, responsabilidades, contacto físico, presencia. Los relatos juegan con esa ilusión y también con el misterio que envuelve a la clínica, cuyo extraño funcionamiento parece destinado a intervenir en el proceso vital de quienes llegan hasta ella cuando ya no saben muy bien por dónde continuar.
Aquel callejón, estrecho y sin salida, albergaba el edificio que buscaba encajonado entre otros dos igual de viejos y descuidados. Desde la calle principal, el callejón ni siquiera parecía transitable; daba la impresión de ser una simple separación obligada entre dos edificios contiguos.
La clave está, creo, en que los gatos no poseen ninguna cualidad mágica. No curan, no aconsejan, no ofrecen respuestas y, desde luego, no se comportan como esos animales humanizados que la literatura utiliza tantas veces para impartir una enseñanza. Hacen lo que hacen los gatos. Precisamente por eso funcionan. Su presencia introduce una alteración en la causalidad ordinaria de cada personaje: obliga a modificar una rutina, provoca un encuentro, rompe una obsesión, desplaza la atención, hace visible algo que permanecía oculto. El gato no resuelve el conflicto; crea las condiciones para que el personaje pueda enfrentarse a él. Esa diferencia salva a Te receto un gato de convertirse en un libro de autoayuda disfrazado de ficción, aunque en algunos momentos roce ese territorio. La novela prefiere contar antes que sermonear, confiar en la situación antes que formular una doctrina sobre cómo debemos vivir. De ahí procede buena parte de su encanto: sabemos que detrás de cada episodio existe una voluntad reparadora, pero esa reparación llega mediante acciones pequeñas, a veces absurdas, nunca mediante grandes revelaciones. El gato actúa como un elemento extraño introducido en una vida detenida; a partir de ahí, cada personaje debe hacer el resto. Y quizá por eso la lectura resulta tan agradable: porque la novela no promete que un animal vaya a salvarnos, solo sugiere que atender durante un tiempo a algo que existe fuera de nosotros puede romper la tiranía de estar pensando siempre en nosotros mismos.
—¿Consolarla? Qué tontería, el gato no le va a hacer nada. Solo estará con usted haciendo lo que le dé la gana. ¿Acaso no se dice que los gatos son el origen de mil males? ¿Mmmm? Bueno, ahora me hace dudar… O era que un buen gato consuela mejor que una buena copa… —dijo el médico ladeando la cabeza dubitativo. Las dos frases tenían significados opuestos—. Bueno, bueno, lo que sea. A ver si es que sigo estando medio atontado por culpa del té de matatabi. En cualquier caso, sepa que los gatos son el remedio para mucha dolencias.
Traductor: Víctor Illera Kanaya
Editorial: Editorial Planeta
ISBN: 9788408300502
Idioma: Castellano
Título original: NEKO WO SHOHO ITASHIMASU
Número de páginas:320
Tiempo de lectura: 7h 36m
Encuadernación: Tapa dura
Fecha de lanzamiento: 12/03/2025
Año de edición: 2025
Plaza de edición: Barcelona
Colección: Planeta Internacional
Serie/Saga: Los gatos de Kokoro
Número: 1
Alto: 23.0 cm
Ancho: 15.0 cm
Grueso: 2.5 cm
Peso: 502.0 gr
¿Quién imaginaría que la cura perfecta ronronea?
Una celebración absolutamente encantadora del poder curativo de las mascotas.
Premio Kioto a la Mejor Novela
La misteriosa Clínica Kokoro se encuentra en un oscuro y escondido callejón de Kioto. Solo pueden encontrarla quienes más lo necesitan. Aquí el tratamiento que se prescribe no incluye medicamentos, sino… ¡gatos! Una receta que, aunque al principio desconcierta, tiene el poder de cambiar vidas.
Bajo la guía del excéntrico doctor Nike y la malhumorada enfermera Chitose, os pacientes llegan buscando soluciones: un joven quiere recuperar la alegría tras perder su empleo; un hombre desea encontrar paz en casa y en el trabajo; una madre agotada anhela reconectar con su hija; una diseñadora desea liberarse de su perfeccionismo, y una geisha intenta superar una pérdida.
Mientras enfrentan sus propios conflictos, descubrirán que estos compañeros felinos, con su mezcla de ternura y excentricidad, pueden ser una fuente inesperada de consuelo y sabiduría. Porque, a veces, todo lo que necesitas para sanar es el amor y la compañía de un gato.
Divertida, tierna y profundamente reconfortante, esta exitosa novela superventas en Japón, ganadora del Premio Kioto a la Mejor Novela, nos invita a redescubrir las pequeñas cosas que pueden curar el alma.
Aquel callejón, estrecho y sin salida, albergaba el edificio que buscaba encajonado entre otros dos igual de viejos y descuidados. Desde la calle principal, el callejón ni siquiera parecía transitable; daba la impresión de ser una simple separación obligada entre dos edificios contiguos.
La clave está, creo, en que los gatos no poseen ninguna cualidad mágica. No curan, no aconsejan, no ofrecen respuestas y, desde luego, no se comportan como esos animales humanizados que la literatura utiliza tantas veces para impartir una enseñanza. Hacen lo que hacen los gatos. Precisamente por eso funcionan. Su presencia introduce una alteración en la causalidad ordinaria de cada personaje: obliga a modificar una rutina, provoca un encuentro, rompe una obsesión, desplaza la atención, hace visible algo que permanecía oculto. El gato no resuelve el conflicto; crea las condiciones para que el personaje pueda enfrentarse a él. Esa diferencia salva a Te receto un gato de convertirse en un libro de autoayuda disfrazado de ficción, aunque en algunos momentos roce ese territorio. La novela prefiere contar antes que sermonear, confiar en la situación antes que formular una doctrina sobre cómo debemos vivir. De ahí procede buena parte de su encanto: sabemos que detrás de cada episodio existe una voluntad reparadora, pero esa reparación llega mediante acciones pequeñas, a veces absurdas, nunca mediante grandes revelaciones. El gato actúa como un elemento extraño introducido en una vida detenida; a partir de ahí, cada personaje debe hacer el resto. Y quizá por eso la lectura resulta tan agradable: porque la novela no promete que un animal vaya a salvarnos, solo sugiere que atender durante un tiempo a algo que existe fuera de nosotros puede romper la tiranía de estar pensando siempre en nosotros mismos.
—¿Consolarla? Qué tontería, el gato no le va a hacer nada. Solo estará con usted haciendo lo que le dé la gana. ¿Acaso no se dice que los gatos son el origen de mil males? ¿Mmmm? Bueno, ahora me hace dudar… O era que un buen gato consuela mejor que una buena copa… —dijo el médico ladeando la cabeza dubitativo. Las dos frases tenían significados opuestos—. Bueno, bueno, lo que sea. A ver si es que sigo estando medio atontado por culpa del té de matatabi. En cualquier caso, sepa que los gatos son el remedio para mucha dolencias.
Traductor: Víctor Illera Kanaya
Editorial: Editorial Planeta
ISBN: 9788408300502
Idioma: Castellano
Título original: NEKO WO SHOHO ITASHIMASU
Número de páginas:320
Tiempo de lectura: 7h 36m
Encuadernación: Tapa dura
Fecha de lanzamiento: 12/03/2025
Año de edición: 2025
Plaza de edición: Barcelona
Colección: Planeta Internacional
Serie/Saga: Los gatos de Kokoro
Número: 1
Alto: 23.0 cm
Ancho: 15.0 cm
Grueso: 2.5 cm
Peso: 502.0 gr
¿Quién imaginaría que la cura perfecta ronronea?
Una celebración absolutamente encantadora del poder curativo de las mascotas.
Premio Kioto a la Mejor Novela
La misteriosa Clínica Kokoro se encuentra en un oscuro y escondido callejón de Kioto. Solo pueden encontrarla quienes más lo necesitan. Aquí el tratamiento que se prescribe no incluye medicamentos, sino… ¡gatos! Una receta que, aunque al principio desconcierta, tiene el poder de cambiar vidas.
Bajo la guía del excéntrico doctor Nike y la malhumorada enfermera Chitose, os pacientes llegan buscando soluciones: un joven quiere recuperar la alegría tras perder su empleo; un hombre desea encontrar paz en casa y en el trabajo; una madre agotada anhela reconectar con su hija; una diseñadora desea liberarse de su perfeccionismo, y una geisha intenta superar una pérdida.
Mientras enfrentan sus propios conflictos, descubrirán que estos compañeros felinos, con su mezcla de ternura y excentricidad, pueden ser una fuente inesperada de consuelo y sabiduría. Porque, a veces, todo lo que necesitas para sanar es el amor y la compañía de un gato.
Divertida, tierna y profundamente reconfortante, esta exitosa novela superventas en Japón, ganadora del Premio Kioto a la Mejor Novela, nos invita a redescubrir las pequeñas cosas que pueden curar el alma.

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