20 agosto 2026

Una liturgia común, A Book of Common Prayer, Joan Didion

El colonialismo fue, entre otras cosas menos confesables, una manera de crecer con recursos ajenos, una forma solemne de llamar civilización al expolio y destino histórico a lo que muchas veces no era más que codicia bien armada. Es una realidad que, con distintas máscaras, se ha repetido a lo largo de la historia: conquista, ocupación, tutela, protectorado, deuda, multinacional, influencia geopolítica o simple compra de voluntades. Sus modalidades son múltiples, pero la huella permanece en los mapas de Europa, de África y de América, en esas fronteras trazadas con regla, sangre y despacho. En el siglo XX, paradójicamente la era del poscolonialismo y de la autodeterminación, siguieron existiendo formas de ocupación menos visibles, pero igual de eficaces, sostenidas casi siempre por intereses económicos. América del Sur y el Caribe saben bien de qué hablo. El destino manifiesto fue una losa sobre el crecimiento político de buena parte del continente, pero también una política expansiva destinada a controlar lo político para controlar lo material. No solo Estados Unidos ha mirado hacia esa región con apetito; otras potencias lo han hecho y lo hacen mediante la compra de recursos, la influencia diplomática, la financiación indirecta o la penetración económica. Alimentar narcoestados, tiranías, democracias de fachada y sistemas iliberales no es nuevo, pero conviene no envolverlo después en el celofán de la moral. No es casual que exista toda una literatura sobre los excesos políticos, la violencia del poder y la devastación institucional en esa parte del mundo: El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias; El otoño del patriarca, de García Márquez; La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa; Yo el Supremo, de Roa Bastos; o Conversación en La Catedral, por citar solo algunos ejemplos, no nacen de una extravagancia tropical ni de una imaginación hipertrofiada, sino de una realidad histórica donde el poder ha sido demasiadas veces una maquinaria de triturar vidas. Y no, no es casualidad: es el resultado de políticas que impiden el crecimiento, deforman las instituciones y controlan, ya sea mediante gobiernos obedientes, empresas multinacionales o poderes económicos sin rostro, el destino de millones de personas.
Una liturgia común, de Joan Didion, pertenece a esa clase de novelas que no necesitan levantar la voz para dejarte una huella lectora. Hay libros que entran con tambores, con voluntad de conquista, anunciando su importancia desde la primera página; este, en cambio, avanza con una sequedad casi clínica, como si la autora estuviera tomando nota del derrumbe mientras toma un café en un bar junto al mar. Boca Grande, ese país centroamericano imaginario, corrupto, familiar, tropical y político hasta la náusea, funciona menos como un escenario que como un estado moral: un lugar donde todo parece haber sucedido ya, donde la historia no avanza, sino que se pudre. Agradezco, además, cuando un libro contiene fragmentos brillantes que ayudan a digerir la historia, descripciones capaces de sintetizar lo material en unas pocas líneas y devolvernos a esos espacios que añoramos de la imaginación, como si el lenguaje no explicara el mundo, sino que lo hiciera aparecer de nuevo.


Las contraventanas golpean contra el alféizar, pero no puedo cerrar las ventanas porque la casa huele a cáncer. Gerardo sobrevuela el mar, llegará a casa en el vuelo de medianoche de Air France. Esta noche, cuando pienso en el mar, me imagino el agua que recula bruscamente y luego se levanta con el oleaje de la marea, la marejada, que inunda el malecón, silencia a los perros, alivia mi piel quemada, enjuaga mi quebradizo cabello y anega el petrolero liberiano que hay en el puerto al otro lado de los bulevares sumergidos de Progreso primero.


Me ha gustado, y bastante, aunque no de esa manera cómoda con la que gustan los libros que nos impactan de alguna manera. Didion incomoda porque no ofrece un refugio: ni en la política, ni en la maternidad, ni en el amor, ni siquiera en la inteligencia. Todo está atravesado por una especie de fatalismo elegante, por una lucidez fría que convierte la novela en algo más que una trama sobre conspiraciones, familias poderosas o desastres íntimos. En sus páginas aparecen reflexiones sobre la política colonial, el engaño y las operaciones de falsa bandera, pero nunca como quien levanta un cartel ideológico, sino como quien muestra el mecanismo sin necesidad de subrayarlo: el poder fabrica enemigos, financia fantasmas, crea amenazas y luego se presenta como salvador de aquello que previamente ha contribuido a incendiar.


Ahí estaba. Los guerrilleros organizarían sus «expropiaciones» y lanzarían sus comunicados sobre la «revolución popular», y todos sabrían quién financiaba a los guerrilleros, aunque por unos instantes nadie sabría quién se beneficiaba de que los guerrilleros fuesen financiados. Al final, dispararían a todos los guerrilleros y saldrían a la luz los verdaderos actores.


Se entiende que pueda considerarse un clásico contemporáneo, incluso una pieza canónica dentro de la obra de Didion, porque tiene esa cualidad difícil de los libros que no se agotan en lo que cuentan. Habla de un tiempo concreto, sí, pero también de nuestra forma torpe de estar en el mundo, de mirar el mal como si fuera un accidente, de confundir la inocencia con la ignorancia y de seguir caminando, muy dignos, hacia el desastre. La voz narrativa está muy presente en el análisis de los acontecimientos; no se limita a contar, sino que piensa la acción, la coloca en un marco histórico y moral, y lo hace a través de Charlotte, que aparece como un hilo conductor entre la búsqueda, la política, la culpa y esa indiferencia que a veces parece más peligrosa que la violencia. No es una novela amable, desde luego; pero quizá por eso se queda contigo.


Qué había «hecho» Charlotte en Boca Grande.
No sé muy bien si lo que Marin Bogart me preguntaba aquel día era lo que su madre había «hecho» con su vida en Boca Grande o lo que su madre había «hecho» para que la mataran en Boca Grande.



Traductor:Olivia de Miguel

Editorial:Global Rhythm Press

ISBN:9788496879041

Idioma:Castellano

Número de páginas:288

Tiempo de lectura:6h 50m

Encuadernación:Tapa blanda

Fecha de lanzamiento:05/09/2007

Año de edición:2007

Plaza de edición:Barcelona

Colección:

Palabra de Mujer

Alto:18.0 cm

Ancho:15.0 cm

Elogiada por Tennessee Williams y Joyce Carol Oates, recuperamos la mejor novela de Joan Didion.

«Un logro extraordinario.»
Los Angeles Times

Una liturgia común (1977), la novela más lograda de Joan Didion y uno de los íconos de la novelística del siglo XX, es la historia de una tragedia personal y política que sucede en Boca Grande, un imaginario estado centroamericano dominado por la corrupción política, el reparto del poder entre los miembros de una misma familia, el tráfico de armas y la conspiración. La historia reúne a dos mujeres estadounidenses aparentemente muy distintas que, por diversas circunstancias, han recalado ahí. La narradora, Grace Strasser-Mendana, es la viuda del hombre más poderoso de Boca Grande, controla buena parte de la riqueza del país y conoce prácticamente todos sus secretos. Grace trata de dar testimonio del paso por Boca Grande de Charlotte Douglas, una californiana de clase alta, ignorante hasta la inocencia y cuya hija, Medin, se ha unido a un grupo de radicales marxistas.

Escrita con la rapidez telegráfica y la sensibilidad casi imperceptible de la grandísima Didion, esta novela es un absorbente relato sobre la inocencia, el mal y la capacidad de las mujeres para dar sentido al mundo que las rodea.

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