Modiano vuelve en La bailarina al territorio que mejor conoce, o quizá al único territorio que de verdad le interesa: una ciudad que ya no existe del todo, unas calles que parecen haber sido borradas con la manga de un abrigo viejo, un narrador que recuerda sin estar seguro de recordar y unos personajes que aparecen como esas manchas de humedad que uno descubre en la pared cuando ya ha dejado de mirar la pared. La novela reúne todos los ingredientes modianescos: París, la juventud perdida, los nombres que se disuelven, las identidades frágiles, los encuentros casuales, esa sensación de que el pasado no ha pasado del todo, sino que se ha quedado en alguna esquina esperando a que alguien vuelva a pasar por allí. Y, claro, la bailarina, figura delicada y algo fantasmal, más evocación que personaje pleno, más música de fondo que cuerpo en movimiento. En medio de esa atmósfera, hay un pasaje en que la mirada del personaje sobre la calle me lleva a pensar en el fenómeno de la turistificación y en la uniformidad con que los cuerpos ocupan los espacios, como si las ciudades hubieran ido perdiendo su identidad hasta desdibujarse en una repetición global de gorras, mochilas, maletas de ruedas y camisetas idénticas. Me fascina esa masa móvil, casi intercambiable, que atraviesa lugares que prometían diferencia y acaban ofreciendo una extraña reproducción de lo mismo. Las imágenes funcionan como un poderoso catalizador de esa homogeneidad: viajamos para mirar, pero también para ser vistos mirando; buscamos lo singular y terminamos formando parte de una coreografía global, idéntica, ligeramente absurda. En realidad, todos somos extranjeros en algún lugar, incluso en nuestro propio territorio, y cuando visitamos aquello que no conocemos nos incorporamos, casi sin darnos cuenta, a esa masa informe de caminantes que atraviesan las ciudades creyendo descubrirlas, mientras las ciudades, quizá, apenas nos soportan.
Mucha menos gente por el bulevar, pero aún unos cuantos batallones de turistas, extraños turistas que no se sabía de dónde venían ni cuáles eran sus lenguas si se los oía hablar. Seguían arrastrando tras de sí las maletas de ruedas y llevaban las mismas gorras de visera, los mismos pantalones cortos y las mismas camisetas. Y las mismas mochilas. ¿Hacia qué andaban? ¿Hacia un cuerpo del ejército estacionado en algún punto concreto de París? Reconozco que me daba igual.
La he leído con gusto, pero sin entusiasmo, que también es una forma honrada de leer. Modiano escribe bien incluso cuando parece que escribe de memoria sobre su propia memoria, y uno entra en su mundo con la misma disposición con la que entra en una habitación en penumbra: sabe que habrá belleza, polvo, melancolía y algún mueble que ya ha visto antes. La bailarina no deslumbra ni pretende hacerlo; se desliza, insiste, vuelve sobre los mismos motivos, ofrece esa bruma elegante que a veces conmueve y otras, sencillamente, se queda en bruma. No es una novela fallida, ni mucho menos; es una novela menor de un escritor mayor, que no es poca cosa, aunque tampoco conviene arrodillarse cada vez que Modiano abre una puerta y nos enseña, otra vez, el mismo pasillo.
Me propuso trabajar en un libro al que había que añadir episodios y que se presentaba con la forma de un texto escrito a máquina de unas ochenta páginas. Le dije que estaba de acuerdo. Hay tantas formas de ingresar en la literatura…
Traductor: María Teresa Gallego Urrutia
Editorial: Editorial Anagrama S.A.U.
ISBN: 9788433949660
Idioma: Castellano
Número de páginas: 112
Tiempo de lectura: 2h 35m
Encuadernación: Tapa blanda
Fecha de lanzamiento: 13/05/2026
Año de edición: 2026
Plaza de edición: Barcelona
Colección: Panorama de narrativas
Alto: 22.0 cm
Ancho:14.0 cm
Modiano en estado puro: un baile a través de la memoria y el tiempo perdido.
Un parisino se topa con un viejo conocido que, de entrada, niega ser quien es. El fugaz reencuentro despierta en él la evocación de una ciudad ya extinguida: el París de su juventud, habitado por personajes de pasado difuso, con ecos de violencia, exilio y culpa. Aquellos supervivientes, a la fuerza marginales y misteriosos, asoman en su cabeza cincuenta años después «igual que suben los ahogados a la superficie del Sena».
De entre todos ellos, se impone el recuerdo de una bailarina que, como en una caja de música, gira sin cesar al ritmo de una memoria fragmentada. Ella y su hijo Pierre se convierten en el eje de una búsqueda retrospectiva y melancólica de su propia identidad, de sus «comienzos en la vida»: un periodo evocado entre brumas, hecho de clubes nocturnos y habitaciones estrechas, de pasiones clandestinas e inquietantes reapariciones.
En La bailarina, Patrick Modiano rompe la línea cronológica para acoger las visiones tal como llegan, aunque haya que «andar con pies de plomo para burlar el desorden y las trampas de la memoria». Entregado a la invocación del pasado, su narrador se erige en testigo silencioso y, como es habitual en su literatura, reconstruye aquel París oscuro y frío, poblado de personajes de sombra alargada que transmiten un estado de alerta constante: una tensión que subyace bajo la belleza lírica característica del autor, y que redefine el género negro. Y es que tras el enigma que aquí se resuelve no hay tanto un crimen como una pregunta: cómo aceptar las cicatrices, cómo mudar de piel y aprender a vivir en un presente eterno. Un Modiano concentrado y fulgurante, que deja emerger de entre la niebla brillos de una luminosidad imprevista.
Mucha menos gente por el bulevar, pero aún unos cuantos batallones de turistas, extraños turistas que no se sabía de dónde venían ni cuáles eran sus lenguas si se los oía hablar. Seguían arrastrando tras de sí las maletas de ruedas y llevaban las mismas gorras de visera, los mismos pantalones cortos y las mismas camisetas. Y las mismas mochilas. ¿Hacia qué andaban? ¿Hacia un cuerpo del ejército estacionado en algún punto concreto de París? Reconozco que me daba igual.
La he leído con gusto, pero sin entusiasmo, que también es una forma honrada de leer. Modiano escribe bien incluso cuando parece que escribe de memoria sobre su propia memoria, y uno entra en su mundo con la misma disposición con la que entra en una habitación en penumbra: sabe que habrá belleza, polvo, melancolía y algún mueble que ya ha visto antes. La bailarina no deslumbra ni pretende hacerlo; se desliza, insiste, vuelve sobre los mismos motivos, ofrece esa bruma elegante que a veces conmueve y otras, sencillamente, se queda en bruma. No es una novela fallida, ni mucho menos; es una novela menor de un escritor mayor, que no es poca cosa, aunque tampoco conviene arrodillarse cada vez que Modiano abre una puerta y nos enseña, otra vez, el mismo pasillo.
Me propuso trabajar en un libro al que había que añadir episodios y que se presentaba con la forma de un texto escrito a máquina de unas ochenta páginas. Le dije que estaba de acuerdo. Hay tantas formas de ingresar en la literatura…
Traductor: María Teresa Gallego Urrutia
Editorial: Editorial Anagrama S.A.U.
ISBN: 9788433949660
Idioma: Castellano
Número de páginas: 112
Tiempo de lectura: 2h 35m
Encuadernación: Tapa blanda
Fecha de lanzamiento: 13/05/2026
Año de edición: 2026
Plaza de edición: Barcelona
Colección: Panorama de narrativas
Alto: 22.0 cm
Ancho:14.0 cm
Modiano en estado puro: un baile a través de la memoria y el tiempo perdido.
Un parisino se topa con un viejo conocido que, de entrada, niega ser quien es. El fugaz reencuentro despierta en él la evocación de una ciudad ya extinguida: el París de su juventud, habitado por personajes de pasado difuso, con ecos de violencia, exilio y culpa. Aquellos supervivientes, a la fuerza marginales y misteriosos, asoman en su cabeza cincuenta años después «igual que suben los ahogados a la superficie del Sena».
De entre todos ellos, se impone el recuerdo de una bailarina que, como en una caja de música, gira sin cesar al ritmo de una memoria fragmentada. Ella y su hijo Pierre se convierten en el eje de una búsqueda retrospectiva y melancólica de su propia identidad, de sus «comienzos en la vida»: un periodo evocado entre brumas, hecho de clubes nocturnos y habitaciones estrechas, de pasiones clandestinas e inquietantes reapariciones.
En La bailarina, Patrick Modiano rompe la línea cronológica para acoger las visiones tal como llegan, aunque haya que «andar con pies de plomo para burlar el desorden y las trampas de la memoria». Entregado a la invocación del pasado, su narrador se erige en testigo silencioso y, como es habitual en su literatura, reconstruye aquel París oscuro y frío, poblado de personajes de sombra alargada que transmiten un estado de alerta constante: una tensión que subyace bajo la belleza lírica característica del autor, y que redefine el género negro. Y es que tras el enigma que aquí se resuelve no hay tanto un crimen como una pregunta: cómo aceptar las cicatrices, cómo mudar de piel y aprender a vivir en un presente eterno. Un Modiano concentrado y fulgurante, que deja emerger de entre la niebla brillos de una luminosidad imprevista.

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