El marco de expectativas es un lastre brutal para nuestra cultura. En otras latitudes, es cierto, la existencia de un horizonte alto de una expectativa vital previamente definida puede funcionar hasta el punto de integrarse en la propia idiosincrasia de esa sociedad. Me viene a la cabeza el pensamiento puritano, el determinismo, con esa obligación casi teológica de llegar a ser exactamente aquello que los otros esperan que seas; después, claro, los psiquiatras se forran. Pero nosotros no procedemos de ahí. No tenemos esa base cultural, ni esa arquitectura moral, ni ese pacto íntimo con la predestinación social. Por eso, cuando asumimos un marco referencial que no nos pertenece, algo se desenfoca: la vida deja de medirse desde lo posible y empieza a juzgarse desde una promesa ajena. Y de ahí nace un malestar personal considerable, una incomodidad que muchas veces no sabemos nombrar, pero que acaba encontrando su salida más fácil en la rabia, en la ira. Rabia ante lo que creemos que debería haber sido. Ira por aquello que sentimos que se nos ha usurpado. La ira, entonces, se instala con fuerza en nuestro entorno y actúa como síntoma de una decadencia social más profunda, porque la colisión entre lo que imaginábamos que la vida debía ofrecernos y lo que finalmente es se convierte, para mucha gente, en una contradicción inasumible. Ese sentimiento violento no deja de ser una reacción visceral, primitiva, casi defensiva, ante la agresión que percibe nuestro sistema vital cuando la realidad no coincide con el relato que le habíamos impuesto. La ira como síntoma; las redes y los medios como desencadenantes, amplificadores y coartada. Nos lo hemos de mirar.
Este libro, inquietante, magnífico, inteligente y deliberadamente desasosegante, levanta su mundo sobre un marco irreal, sobre un espacio-tiempo que reconocemos pero que no habitamos del todo, como si la realidad hubiese sido desplazada apenas unos centímetros hacia un lugar más oscuro. En ese territorio extraño se refleja una decadencia que normaliza la violencia entre quienes han quedado fuera del continuo social: padres que no lo son, pero que ejercen esa ficción con una autoridad perturbadora; hermanas que tampoco lo son, pero que se buscan como si en ese vínculo improbable pudiera salvarse algo; espacios aislados, casi clausurados, donde la acción se desarrolla al margen de toda lógica familiar, afectiva o moral. Y ahí, precisamente, el libro rompe los esquemas y los paradigmas, porque no se limita a mostrar la violencia, sino que la sitúa en un escenario donde lo monstruoso ha dejado de ser excepcional para convertirse en una forma posible de convivencia.
No se lo había dicho a nadie, pero seguía soñando que asfixiaba en la cuna al niño de pelo liso que se sentaba a su lado. Todas las noches.
La obra se estructura en cuentos que exploran ese espacio gris en el que los personajes han sido responsables, de un modo u otro, de alguna forma de violencia. Ese territorio moralmente ambiguo se construye desde la literatura, no desde la explicación, con un lenguaje rico, preciso, envolvente, y con una arquitectura narrativa que logra conducir al lector hacia el lugar exacto de la incomodidad. Esa inteligencia compositiva es un factor decisivo, porque nos encontramos ante una autora de primera línea, una escritora con mayúsculas, capaz de acercarnos a los espacios difusos del límite sin convertirlos en simple provocación ni en espectáculo. Su mayor acierto consiste en encontrar belleza en la turbación, y desasosiego en el ánimo, dentro de esa macroestructura foucaultiana de vigilancia, culpa y castigo, donde los cuerpos, los vínculos y las identidades parecen quedar sometidos a una ley invisible que los observa, los juzga y, finalmente, los condena.
No va a pasarle nada. A pesar del bramido, a pesar de lo pavoroso de las sacudidas en un ciclo convulso que no reconoce, a pesar de las miradas de la chica que se le aparece y que la espera con el pelo empapado en mitad de la noche, debe ser consciente de que está a salvo, ahora sí, y de que tuvo que hacerlo. Cumplir con lo escrito. Someterse y acatar los mandatos de la ira sin distinguir aún la silueta del monstruo, aunque para los demás el monstruo acabara de encarnarse en ella.
Observad cómo inquieta el relato, cómo turba el desconocimiento del contexto, la identificación del monstruo ignoto construido con inteligencia. Te obliga a trabajar como lector.
Intento repetirme que no hay de qué preocuparse, que lo que sucede ahora no es lo que va a suceder siempre, pero no me resulta fácil estar aquí.
El pecado original viene de la violencia de Caín y se carga con él a lo largo de la historia, pero ahora es ella, una ella.
Por qué tenía que ser ella la primera fugitiva, la primera asesina. La primera en nacer fuera del jardín tras la expulsión de sus padres, y la primera en huir y vagar por el mundo marcada por una señal que haría que todo el que se cruzara comn ella la temiera.
La lectura te inquieta, como os he dicho, y hace que quieras saber, pero no es el fin del relato; este quiere tenerte en ese punto de inexactitud en que parece que todo encaja pero no lo hace.
¿Qué más daba? Con la cantidad de niñas que había allí dentro, con la cantidad de puntitos o partículas de niña que circulaban por el universo eterno y hostil, ¿qué diferencia había entre una u otra?
No hay duda que hay una intención de que, algunos relatos, no tengan principio ni final, porque la vida se desarrolla, en muchas ocasiones, dentro de esos ámbitos de ambigüedad.
Así que la señora Cooper la espera por las noches preparada. Temiendo que aquel cuento no termine en Navidad, según lo previsto, como Barba Azul, sino con una triunfante diosa de la venganza vagando por los bosques, iluminándose con una antorcha. Con el puñal ensangrentado en una mano y el pelo lleno de serpientes.
El abismo es cada una de las protagonistas que existen en unas coordenadas inasibles al lector, en un espacio éter que cuenta sin contar, que dice sin decir, pero que no deja dudas sobre que ha habido situaciones crudelísimas, bizarras o luctuosas que han motivado, en cierto modo, aquello que ocurre.
Probablemente, más allá de cualquier duda, como había oído siempre, el abismo era ella.
Esa inquietud que se deriva de los relatos y que turba nuestra tranquilidad, rompe con la lógica lineal de la trama con situaciones que quedan en el borde, en los límites de la realidad, y nos obligan a intentar entender qué está pasando, rompiendo la lógica de lo tradicional racional.
El niño estaba callado, sentado en el suelo, sobre una de las alfombras. Justo detrás de la puerta. A pesar de recibir la luz del sol directa en el cuerpo, no paraba de temblar. Su Padre Mat se había agachado a su lado. Terminó por sentarse también.
Mirad este fragmento, es magnífico. Fijaos en cómo describe el estado fetal, la protoconciencia que se perderá con el nacimiento, cómo fagocita al otro gemelo, cómo la violencia nace en el vientre, es visceral. Estupendo.
…comprimido. Aun así no iba a dudar. Iba a aferrarse al imperativo que tarde o temprano cumpliría, disuelta en ese otro organismo del que ya formaba parte, el de una hermana que seguía adelante libre de toda aprensión, sin remordimientos. Sin poner los ojos en ningún sitio concreto ni tampoco en ella.
Editorial: Galaxia Gutemberg
Colección: Narrativa
ISBN: 978-84-10317-68-0
Publicado: 22/01/2025
Páginas: 160
Precio: 17€
¿Puede surgir la belleza tras el horror? ¿Es posible el sosiego después de la venganza extrema? Los personajes de estos cuentos tan turbadores como hermosos, tan inquietantes como dotados de una sensibilidad feroz, aspiran a la calma, a vivir sin miedo, a contar con un paisaje al que llamar hogar, aferrándose a su noción de lo que ha de ser la felicidad, la libertad, el amor, sin que quepa traición posible. Con la certeza de que el cariño que alguna vez les tuvieron debe durar para siempre. Pero ¿qué sucede cuando sus expectativas se frustran? ¿Y si se quiebra la confianza? ¿Dónde quedan entonces las ideas compartidas de moral y justicia? Este nuevo libro de Pilar Adón, en el que despliega la firmeza literaria a la que tiene habituados a sus lectores, nos traslada a los territorios del monstruo con aspecto de ángel. A unos escenarios en los que parecen reinar la inocencia, los afectos y la intimidad, pero que pronto se revelan dominados por la hostilidad y la transgresión. Con un elevado concepto de la amistad, los protagonistas de Las iras humillan, hieren y matan amparándose en unas reglas impuestas por ellos que han de cumplirse. Luego pueden terminar en un pozo o vagando por un páramo con la mirada perdida, devorados por sí mismos o encerrados en una casa. Y nosotros, a su lado, asistimos a la corrupción del paraíso, a la batalla sin tregua entre el candor y lo terrible, la serenidad y la fiereza, asomados igualmente a la inmensidad del abismo.

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