Volver a nuestros autores de referencia se convierte en una acción obligatoria en un mundo sin referentes. Tal vez podríamos pensar que decir que estamos ante un mundo en el que impera el relativismo moral es un exceso verbal propio de un boomer; no digo yo que no lo sea, pero algo de verdad hay en muchas de las afirmaciones rotundas que afloran desde nuestro pensamiento. Concedo, y no es un acto de generosidad, que la gente, entendida como conglomerado sin alma, se refiere a los otros e incluso a sí misma a través de ese suflé cutre que son las redes sociales: reflejan ya no solo lo que un día fue el alma; también ofrecen sus cuerpos construidos en la modernidad de la ilusión de una belleza impuesta, o de un ser en el espacio ficcional de la IA. No somos como fuimos, ni somos como seremos; por supuesto, todavía nos queda un largo recorrido en la cochambre de los espacios compartidos. En este contexto no puedo, sin embargo, sucumbir a la tentación de volver a los autores que conozco, como si fueran un refugio, más aún si lo que se nos propone es coloquiar, hablar, razonar, escuchar y diferir el placer de ser.Y eso es exactamente lo que propone Luis Landero en Coloquio de invierno. Hay libros que llegan para recordarnos algo muy antiguo, algo que creíamos perdido entre el ruido, la prisa y la inflación de opiniones: que hablar también fue una forma de conocimiento. No me refiero al parloteo contemporáneo, ni a la consigna disfrazada de pensamiento, ni a la histeria verbal que pasa por comunicación, sino a otra cosa: a la conversación demorada, al relato compartido, al arte de sentarse a escuchar. La literatura, cuando quiere, todavía sabe rescatar ese mundo. Y Landero, desde luego, quiere; es lo que siempre nos ha estado proponiendo.
la felicidad, o es muy fácil o es imposible.
La premisa es sencilla, y ya sabemos que la sencillez, cuando hay talento, no es pobreza, sino depuración. Durante la borrasca Filomena, siete viajeros quedan atrapados en un hostal de montaña y, junto con los dueños del establecimiento, comienzan a contarse historias para sobrellevar el encierro. El mecanismo remite de inmediato a una tradición ilustre, del Decamerón a los Cuentos de Canterbury, y Landero no oculta esa raíz clásica, sino que la asume con naturalidad, como quien sabe que ciertas formas narrativas no envejecen porque nacen de una necesidad muy honda de lo humano. El tono de añoranza de una época culta y educada, la pérdida de una época donde era la palabra la que tenía vigencia, donde había espacio para el asombro, contrasta con este mundo hiperreal, totalmente diferente al soñado o evocado. Los personajes viven la añoranza del recuerdo, en ocasiones el descontento y, por supuesto, el relato de los perdedores de la modernidad desde la ilusión de los soñadores.
Todo parecía un escarnio de sus viejos, queridos ideales. Él mismo, que de joven había tenido fama de innovador y progresista, ahora la tenía de conservador y trasnochado. Curso a curso, había vivido en las aulas el declinar de la enseñanza pública, donde no había plan de estudios que no agravara el anterior… Y también su entusiasmo había ido menguando con el decurso de los años, y la rutina profesoral había hecho presa en él. A lo mejor es que, en efecto, su tiempo ya era otro.
Lo interesante, en cualquier caso, no está solo en el marco narrativo, sino en lo que ese marco hace posible. Porque aquí lo importante no es tanto la peripecia como la aparición de las voces. Cada personaje trae consigo una experiencia, una culpa, un deseo, una frustración, una versión más o menos cierta de sí mismo. Y al contarse no solo se muestra: también se inventa. Eso, por cierto, me parece profundamente landeriano. La conciencia de que vivir y narrarse no son actos tan distintos. Contamos lo que nos ha pasado, sí, pero también lo que querríamos que hubiera pasado, lo que creemos haber sido, lo que aún nos duele o lo que todavía nos sostiene. Por eso esta novela termina hablando de casi todo lo importante: del amor y el deseo, de la culpa, del destino, de la libertad, de la fragilidad de la vida, de la condición siempre incompleta del ser humano.
y andaba a la busca de un tema para escribir una novela. No una novela cualquiera, sino algo único y maravilloso, porque me había hecho a mí mismo la promesa solemne de que nunca intentaría publicar nada que no estuviera a la altura de mis ansias de perfección, y como mis ansias estaban muy por encima de mi talento, ocurrió lo inevitable, que ahora tengo cincuenta y dos años y, fiel a mi promesa, no he publicado nada aún, ni creo que lo haga nunca, aunque eso está por venir.
A estas alturas, la pregunta no es si Landero sabe escribir, porque eso hace mucho que dejó de discutirse, sino si sigue siendo Landero. Y la respuesta, al menos para mí, es afirmativa. Sigue ahí su querencia por los personajes desplazados, por esos seres un poco desfondados que sueñan con ser más de lo que la vida les concede. Sigue ahí esa prosa limpia en apariencia y llena de sabiduría por dentro, capaz de sonar oral sin descuidarse nunca, de parecer sencilla sin dejar de ser literaria. Sigue ahí también la mezcla de ironía, compasión y melancolía que lo convierte en un autor inmediatamente reconocible. No inventa aquí una voz nueva: afina la suya. Y eso, en un escritor de esta altura, no es poco, sino precisamente una forma de fidelidad.
He conocido un poco de todo, la pena y la alegría, el amor y sus desengaños, y como no he perseguido nunca un imposible, ni he sido víctima de empeños utópicos, no he sufrido tampoco grandes desilusiones.
Hay además en Coloquio de invierno una defensa nada estridente, pero muy firme, de la conversación como espacio de verdad. La novela está construida con notable pericia: dosifica los relatos, los interrumpe, los retoma, hace que quienes escuchan formen también parte de lo contado, como ocurre en la verdadera narración oral. Todo eso le da al libro un aire de filandón moderno, de reunión antigua rescatada en medio de un presente que ha confundido comunicar con emitir. Y quizá por eso mismo la novela tiene un valor que va más allá de lo estrictamente literario. No porque quiera dar lecciones, sino porque recuerda algo esencial: que escuchar al otro sigue siendo una forma de entender el mundo.
—Ya os dije que mi historia era trivial, y carente, en efecto, de interés y sustancia —recuerda Martín. Y si la cuento, es por oírme a mí mismo confesarme en voz alta.
La crítica la ha recibido bien, y no me extraña. Se ha destacado el magisterio narrativo de Landero, la jugosidad de su prosa, la humanidad de sus personajes y la capacidad de convertir una situación tan sencilla como un encierro invernal en una meditación sobre la naturaleza humana. Alguna reserva ha aparecido, como es lógico, sobre la composición del conjunto o la desigualdad entre unas historias y otras, pero el tono general ha sido el del reconocimiento. Y creo que con razón. Coloquio de invierno no será una novela de ruptura, ni falta que le hace. Es, más bien, una novela de madurez, de plenitud serena, de un escritor que sabe perfectamente cuál es su territorio y sigue explorándolo con inteligencia.
En el fondo, lo que uno encuentra aquí es algo cada vez menos frecuente: una novela que no necesita aspavientos para imponerse. Su inteligencia no es aparatosa, su hondura no se exhibe, su ambición no consiste en desmontar la literatura, sino en recordarnos para qué sirve. Y eso, en estos tiempos de gestos sobreactuados y novedades de usar y tirar, tiene algo de resistencia. Volver a Landero, por tanto, no es solo volver a un autor de referencia. Es volver a una cierta idea de la literatura: la que todavía cree que una voz, una historia y un puñado de personajes reunidos en torno a la palabra pueden iluminar, aunque sea por un momento, la intemperie de vivir. Es andar, como por casualidad, por sus otras novelas ( el Landero de los antihéroes deseantes y extraviados de Juegos de la edad tardía o las llamadas y conversaciones de Lluvia fina, el sortilegio de un relato oral colectivo de La última función o el propio título de Coloquio de invierno parece prolongar ese invierno landeriano de El balcón en invierno; no puedo olvidar el eco trasmutado de Leandro en Sitges que evoca los acordes de El Guitarrista). Es volver a otros tiempos que me despiertan mi adolescencia.
A lo mejor eso me venía de mis padres, que, como casi todos los padres de aquel tiempo, les decían a sus hijos: “No te signifiques”, “No llames la atención”, “No des que hablar”.
Temática Novela literaria
Publicación 4 febrero 2026
Colección Andanzas
Presentación Rústica con solapas
Formato 14.8 x 22.5 cm
Editorial Tusquets Editores
ISBN 978-84-1107-732-3
Páginas 312
Código 0010394536
Siete personajes se quedan atrapados en un hotel rural durante la tormenta de nieve Filomena. Sin cobertura ni conexiones, pero sí con víveres, deciden animar la espera contándose historias, y de ese diálogo, al que se suman los dos hosteleros, saldrán anécdotas que ocuparán ritualmente cada sobremesa, y que no solo les permitirán conocerse entre sí, sino también debatir y aprender de las vidas de los otros. Con el dominio magistral del relato oral de un autor como Landero, las historias que se cuentan estos desconocidos pronto se convierten en confesiones de sus peripecias vitales hechas al calor del momento, en narraciones de algunas experiencias que les han marcado de por vida y que se suceden y entrelazan con auténtica intriga y emoción. Homenaje a las novelas dialogadas clásicas, pequeño Decamerón de nuestros días y sucesión cervantina de relatos ejemplares, Coloquio de invierno es una delicia literaria de principio a fin, un nuevo regalo de un escritor que ha afianzado libro a libro su condición de clásico contemporáneo.

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