29 abril 2026

Instrucciones para ser un pájaro, Sara Cerón

 

Me encuentro de paso por el Andén y veo parar los trenes. Los viajeros se desperezan y saludan por la ventanilla; unos vienen, otros marchan. Me identifico con el espíritu del que se arriesga, de quien, a pesar de la modorra, emprende el camino. No importa ese adónde; importa ese camino, la valentía de salir y andar hacia alguna parte, transitar. Es por eso por lo que, desde el Andén, se puede observar qué pasa, quién deambula y quién llega. El viaje, pues, es tan importante como la meta; de hecho, pienso que muchas veces no sabemos muy bien hacia dónde vamos, pero viajamos. Así, estos días, ha venido a visitarme un libro que vuela por el interior de sí mismo.

Instrucciones para ser un pájaro, hace precisamente eso, ir por entre las grietas y lugares del uno, mostrando al lector miedos, tristezas y veredas. No me propongo hacer una crítica al uso; quiero traer un libro y hablaros de mi viaje, del que, como espectador, se hace cada vez que leemos algo, una guía de  lectura equivocada, como lo son todas, pero veraz, al fin, porque nuestra lectura no es la de la poetisa, es la del lector que hace lo que le da la gana con el libro. Es una tiranía que sustenta el privilegio de entender, o no.

Noelia Caballero, en su prólogo, presenta a la autora, un encuentro, su encuentro con ella en la Facultad de Filología de la Universidad de Valencia, lugar lúgubre, dice. Yo, sin embargo, recuerdo un lugar cutre, pero no es el mismo; el mío era viejuno, de otro tiempo, feo; no llegué a vivir el traslado al nuevo edificio. Pero desde esta estación que habito puedo evocar, no a la autora, Felina C. Mandrágora, ni siquiera a Sara Cerón, que me invade desde sus ojos en una foto de solapa amistosa. El prólogo, pues, establece una guía de lectura, con toda probabilidad, desde el conocimiento de la que hace. Pero no os puedo traer esto.

En el primer capítulo, una niña atrapada, como un feto, en el cordón umbilical de sus abrazos, La niña, que en Sembrar la memoria,


Se duerme sin pasado

La niñita

En la cueva.


Aparece la memoria que olvida o ejecuta lo evocado, o el recuerdo que desaparece, transitando en los versos con elegancia.

La niña, claro, en Cómo atarse los cordones, necesita fragmentar la forma y la cadencia,


Las niñas bonitas no se man

                                                  chan

                            no se mar

                                                 chan


porque el cordón es un cable que sujeta los pies, liga a lo que se espera.

Dice: no voy a darme la vuelta, y a mí me importa la cruel belleza de la introspección, la elegancia de querer ser. Ese dolor antiguo y extrañado de la memoria consigue que el lector sienta la intensidad de la búsqueda,


No quería ser gorda.

(ella siente que, de entre los huesos, se le clava en las lorzas el segundero)

Quería tener frío

Tic-tac, tic-tac, tic-tac

Gorda,gorda,gorda

 

La iniciación transita por el mundo, en Un incendio pequeño, que no lo es.


Siente un nudo en los pulmones porque

la carne, abierta y deshilachada, le ha enredado las costillas hacia dentro.


Ese peso que siente pasa y abstrae de lo real, se expresa con una inteligencia que abruma, porque Asomarse a la grieta (I), no es fácil.


La niña, ciega y cansada, intenta inútilmente separar los párpados.


El libro contiene unas magníficas ilustraciones de Sara Cerón, en el capítulo 2, La sombra, aparece la mancha con vida, para dar paso a No sé quién soy (ni nadie, tampoco nos engañemos), cuando nos desdoblamos en lo otro, en el otro, el camino de crecer es una alucinación sin manual de instrucciones.


No sé quién soy: soy quien tú quieras.


La autora, en su camino, vuelve a Asomarse a la grieta (II), por donde entra la inseguridad. Toman fuerza las imágenes que encojen el ánimo,


Dentro del hueco,

se desarma la luz,

sucede

la terrible caída desde la nada hacia el centro

pero el suelo me recoge como un abrazo


Tic-tac, Contar hasta tres. La identidad en los otros apegada al constructo del yo desde lo ajeno como dolor, a través de la prosa porque, mantengo una tesis alocada, es un libro narrativo.


Soy un buffet libre: 15€ bebida incluida come hasta que reviente, (…)


Hay ocasiones en que la retórica de las preguntas esconden el silencio de las respuestas, porque Cómo cerrar una puerta no es algo sencillo, ni cierra ni aísla siempre como se podría esperar.


¿Reconocerá la caña su reflejo

cuando se mira en la charca?


Hay honradez en lo que dice, en la descripción del EGO que somete a lo humano. El toque psicoanalítico que destripa sin miramientos es un ejercicio de humildad del que se apropia la poeta.


—Te quiero, Sombra.

Y ella me responde:

—Yo también te quiero, Niña.


En el dibujo del Capítulo 3, la casa del revés (todas nuestras casas deberían estarlo en algún momento), con tiritas; se mueve en la dirección con que la impulsan los pies. Una casa consiste en Habitarse.  La respuesta al camino, a la búsqueda, si la hay, viene desde la afirmación rotunda, aferrada al desapego, pero todavía con la lengua que impone el constructo de las reglas, de lo social. Casa, identidad.


La casita de mis sueños

es la casa que yo soy.


Esa voluntad de ser, presente en el poemario, viene desde el abismo desconocido que la configuración del yo hace, a veces, imposible. Si volviera a nacer. En la escritura se impone el viaje iniciático hacia ese yo, hacia, insisto, el desapego del EGO (sombra que opaca la vista), y lo hace con la violencia de la desnudez, con una obscenidad que desarropa al lenguaje para mostrarnos el progreso. Golpea, sí, pero sana.


Cuando yo vuelva a nacer,

mamá,

dame mi Nombre y dime:

—Vuela.


Así, los senderos siguen apareciendo, los pasos que da, el progreso argumental de deconstrucción hacia el ser, porque No tengo patrias, o al menos, no quiere tenerlas.


Se reescriben continuamente las tierras en las que germino.


En un viaje debería haber un tren, a pesar de sus retrasos, de su traqueteo. Pero soy quien mira a la viajera desde la posición alucinada del Andén. Viaje en tren. La veo desnuda. Su alma va iluminándote; más bien va iluminándose a sí misma. Vas entrando, sabiéndolo, consciente de la identificación con sus sentidos; pero la invadimos con nuestra visión (es su pago por editar), la violento con mis palabras. Oigo el grito; me permite seguir atento a la revolución. Gozamos sin más, de ella, con sus palabras. El encabalgamiento potencia el poema, rectifica la linealidad de la lectura, su narrativa, claro. Me gusta. Me gusta mucho.


Forzar las ventanas. Estirar con fuerza

hasta que revienten los goznes y broten

un millón de flores, que entre

el aire

Respirar. Ser respirada.


Al fin, Mi casa vuelve a ser mi casa. Llega a alguna parte. La escritura nos lo dice con su forma, con su cadencia, con su calma, de una manera tan sencilla que se te abre el corazón.


a pesar de todo,

poder decir que sí y poder decir que no

y coger una mano para soltarla. Y estar bien.


Un pájaro sobre una manzana con una ventana que recuerda la jaula, El pájaro, capítulo 4. Desde lo que fue otro va llegando a lo uno en una Receta tradicional para remendarse unas alas a la manera en que lo hacía mi abuela. Es una paradoja que explica a la perfección cuando el amor siendo en lo otro cambia al ser en una. Lo dice transitando, es así, por los caminos que han sido (y son).


No volveremos a amar entre cristales,

perforaremos el río,

encontraremos las fuentes,

se desbordará el acuífero

y bajaremos, planeando, a calmar la sed.


Ya llega el pájaro, como en un sueño adolescente de libertad en que se habita el cielo y se siente el aire, la ausencia de paredes. Inteligente el formato, el decálogo instructivo, Instrucciones para ser un pájaro, nos apela, se apela a sí, para ser, para despegarse de los cordones como cables, del amor sin amor, de ser en el otro.


No acallarás tu pico

contra las aristas de esta jaula dorada

que con tanta ternura te ofrecen,


La voz se alza firme, vuela y llega a donde sea, pero sin duda, al templo que somos,


Y tienes el sexo lleno de flores,

de geranios y azahares

y del eco de los dedos que fueron

y de los que no fueron.


Y así, veo el tren que sigue su camino; yo, bueno, el lector sigue habitando el Andén.

 

Autoría: Sara Cerón

Editorial: La consentida

Año: 2025

Idioma: Castellano

Páginas: 84

ISBN/EAN: 9788410212466

Formato: 200x150xmm

Ilustraciones: Sara Cerón Prólogo: Noelia Caballero

Es fácil perderse
entre los pelajes y las pieles
A veces a una se le puede olvidar
cómo era que se abrían las ventanas o las puertas
o dónde colocó las flores
o qué era exactamente eso de andar
Pero es posible remendarse
y que entre la luz por todas partes
que entre la luz por todas partes.


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