Me encuentro de paso por el Andén y veo parar los trenes. Los viajeros se desperezan y saludan por la ventanilla; unos vienen, otros marchan. Me identifico con el espíritu del que se arriesga, de quien, a pesar de la modorra, emprende el camino. No importa ese adónde; importa ese camino, la valentía de salir y andar hacia alguna parte, transitar. Es por eso por lo que, desde el Andén, se puede observar qué pasa, quién deambula y quién llega. El viaje, pues, es tan importante como la meta; de hecho, pienso que muchas veces no sabemos muy bien hacia dónde vamos, pero viajamos. Así, estos días, ha venido a visitarme un libro que vuela por el interior de sí mismo.
Instrucciones para ser un
pájaro, hace precisamente eso, ir por entre las grietas y lugares
del uno, mostrando al lector miedos, tristezas y veredas. No me propongo hacer
una crítica al uso; quiero traer un libro y hablaros de mi viaje, del que, como
espectador, se hace cada vez que leemos algo, una guía de lectura equivocada, como lo son todas, pero
veraz, al fin, porque nuestra lectura no es la de la poetisa, es la del lector
que hace lo que le da la gana con el libro. Es una tiranía que sustenta el privilegio
de entender, o no.
Noelia Caballero, en su
prólogo, presenta a la autora, un encuentro, su encuentro con ella en la
Facultad de Filología de la Universidad de Valencia, lugar lúgubre, dice. Yo,
sin embargo, recuerdo un lugar cutre, pero no es el mismo; el mío era viejuno,
de otro tiempo, feo; no llegué a vivir el traslado al nuevo edificio. Pero
desde esta estación que habito puedo evocar, no a la autora, Felina C.
Mandrágora, ni siquiera a Sara Cerón, que me invade desde sus ojos en una foto
de solapa amistosa. El prólogo, pues, establece una guía de lectura, con toda probabilidad,
desde el conocimiento de la que hace. Pero no os puedo traer esto.
En el primer capítulo, una
niña atrapada, como un feto, en el cordón umbilical de sus abrazos, La niña,
que en Sembrar la memoria,
Se duerme sin pasado
La niñita
En la cueva.
Aparece la memoria que olvida
o ejecuta lo evocado, o el recuerdo que desaparece, transitando en los versos
con elegancia.
La niña, claro, en Cómo
atarse los cordones, necesita fragmentar la forma y la cadencia,
Las niñas bonitas no se man
chan
no se mar
chan
porque el cordón es un cable
que sujeta los pies, liga a lo que se espera.
Dice: no voy a darme la vuelta, y a
mí me importa la cruel belleza de la introspección, la elegancia de querer ser.
Ese dolor antiguo y extrañado de la memoria consigue que el lector sienta la
intensidad de la búsqueda,
No quería ser gorda.
(ella siente que, de entre los
huesos, se le clava en las lorzas el segundero)
Quería tener frío
Tic-tac,
tic-tac, tic-tac
Gorda,gorda,gorda
La iniciación transita por el
mundo, en Un incendio pequeño, que no lo es.
Siente un nudo en los pulmones
porque
la carne, abierta y
deshilachada, le ha enredado las costillas hacia dentro.
Ese peso que siente pasa y
abstrae de lo real, se expresa con una inteligencia que abruma, porque Asomarse
a la grieta (I), no es fácil.
La niña, ciega y cansada,
intenta inútilmente separar los párpados.
El libro contiene unas
magníficas ilustraciones de Sara Cerón, en el capítulo 2, La sombra,
aparece la mancha con vida, para dar paso a No sé quién soy (ni nadie,
tampoco nos engañemos), cuando nos desdoblamos en lo otro, en el otro, el
camino de crecer es una alucinación sin manual de instrucciones.
No sé quién soy: soy quien tú
quieras.
La autora, en su camino,
vuelve a Asomarse a la grieta (II), por donde entra la inseguridad.
Toman fuerza las imágenes que encojen el ánimo,
Dentro del hueco,
se desarma la luz,
sucede
la terrible caída desde la
nada hacia el centro
pero el suelo me recoge como
un abrazo
Tic-tac, Contar hasta tres.
La identidad en los otros apegada al constructo del yo desde lo ajeno como
dolor, a través de la prosa porque, mantengo una tesis alocada, es un libro
narrativo.
Soy un buffet libre: 15€
bebida incluida come hasta que reviente, (…)
Hay ocasiones en que la
retórica de las preguntas esconden el silencio de las respuestas, porque Cómo
cerrar una puerta no es algo sencillo, ni cierra ni aísla siempre como se
podría esperar.
¿Reconocerá la caña su reflejo
cuando se mira en la charca?
Hay honradez en lo que dice,
en la descripción del EGO que somete a lo humano. El toque psicoanalítico que
destripa sin miramientos es un ejercicio de humildad del que se apropia la
poeta.
—Te quiero, Sombra.
Y ella me responde:
—Yo también te quiero, Niña.
En el dibujo del Capítulo 3,
la casa del revés (todas nuestras casas deberían estarlo en algún momento), con
tiritas; se mueve en la dirección con que la impulsan los pies. Una casa
consiste en Habitarse. La
respuesta al camino, a la búsqueda, si la hay, viene desde la afirmación
rotunda, aferrada al desapego, pero todavía con la lengua que impone el
constructo de las reglas, de lo social. Casa, identidad.
La casita de mis sueños
es la casa que yo soy.
Esa voluntad de ser, presente
en el poemario, viene desde el abismo desconocido que la configuración del yo
hace, a veces, imposible. Si volviera a nacer. En la escritura se impone
el viaje iniciático hacia ese yo, hacia, insisto, el desapego del EGO (sombra
que opaca la vista), y lo hace con la violencia de la desnudez, con una
obscenidad que desarropa al lenguaje para mostrarnos el progreso. Golpea, sí,
pero sana.
Cuando yo vuelva a nacer,
mamá,
dame mi Nombre y dime:
—Vuela.
Así, los senderos siguen
apareciendo, los pasos que da, el progreso argumental de deconstrucción hacia
el ser, porque No tengo patrias, o al menos, no quiere tenerlas.
Se reescriben continuamente
las tierras en las que germino.
En un viaje debería haber un
tren, a pesar de sus retrasos, de su traqueteo. Pero soy quien mira a la
viajera desde la posición alucinada del Andén. Viaje en tren. La veo
desnuda. Su alma va iluminándote; más bien va iluminándose a sí misma. Vas
entrando, sabiéndolo, consciente de la identificación con sus sentidos; pero la
invadimos con nuestra visión (es su pago por editar), la violento con mis
palabras. Oigo el grito; me permite seguir atento a la revolución. Gozamos sin más,
de ella, con sus palabras. El encabalgamiento potencia el poema, rectifica la
linealidad de la lectura, su narrativa, claro. Me gusta. Me gusta mucho.
Forzar las ventanas. Estirar
con fuerza
hasta que revienten los goznes
y broten
un millón de flores, que entre
el aire
Respirar. Ser respirada.
Al fin, Mi casa vuelve a
ser mi casa. Llega a alguna parte. La escritura nos lo dice con su forma, con
su cadencia, con su calma, de una manera tan sencilla que se te abre el
corazón.
a pesar de todo,
poder decir que sí y poder
decir que no
y coger una mano para
soltarla. Y estar bien.
Un pájaro sobre una manzana con
una ventana que recuerda la jaula, El pájaro, capítulo 4. Desde
lo que fue otro va llegando a lo uno en una Receta tradicional para
remendarse unas alas a la manera en que lo hacía mi abuela. Es una paradoja
que explica a la perfección cuando el amor siendo en lo otro cambia al ser en una.
Lo dice transitando, es así, por los caminos que han sido (y son).
No volveremos a amar entre
cristales,
perforaremos el río,
encontraremos las fuentes,
se desbordará el acuífero
y bajaremos, planeando, a
calmar la sed.
Ya llega el pájaro, como en un
sueño adolescente de libertad en que se habita el cielo y se siente el aire, la
ausencia de paredes. Inteligente el formato, el decálogo instructivo, Instrucciones
para ser un pájaro, nos apela, se apela a sí, para ser, para despegarse de
los cordones como cables, del amor sin amor, de ser en el otro.
No acallarás tu pico
contra las aristas de esta
jaula dorada
que con tanta ternura te
ofrecen,
La voz se alza firme, vuela y
llega a donde sea, pero sin duda, al templo que somos,
Y tienes el sexo lleno de
flores,
de geranios y azahares
y del eco de los dedos que
fueron
y de los que no fueron.
Y así, veo el tren que sigue
su camino; yo, bueno, el lector sigue habitando el Andén.
Autoría: Sara Cerón
Editorial: La consentida
Año: 2025
Idioma: Castellano
Páginas: 84
ISBN/EAN: 9788410212466
Formato: 200x150xmm
Ilustraciones: Sara Cerón
Prólogo: Noelia Caballero
Es fácil perderse
entre los pelajes y las pieles
A veces a una se le puede olvidar
cómo era que se abrían las ventanas o las puertas
o dónde colocó las flores
o qué era exactamente eso de andar
Pero es posible remendarse
y que entre la luz por todas partes
que entre la luz por todas partes.

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