08 octubre 2026

Intermezzo, Sally Rooney

Las relaciones humanas son un entramado complejo que se alimenta de susceptibilidades, deseos, amor y odios, de todo aquello que sentimos y que, de una manera u otra, acaba contaminando también la forma en que miramos a los otros. Los sentimientos son inherentes a cualquier relación, pero sus dificultades se magnifican por la presión de lo aprendido, por las convenciones sociales y por esa presencia casi intolerable de los mass media, que parecen decirnos a cada instante cómo debemos amar, cuánto, de qué manera y con qué intensidad. Un WhatsApp no respondido, una llamada que no llega, la falta de tiempo para quedar, cualquier gesto termina convirtiéndose en una montaña que nos aleja de la verdadera esencia de la relación, que quizá no sea otra que permitir que los otros sean ellos mismos y nos den aquello que quieran darnos, sin convertir el afecto en una exigencia ni la cercanía en una forma de propiedad. Pero eso es difícil, porque tenemos una tendencia casi natural a creer que todo debe pertenecernos, también las personas, también su tiempo, también sus emociones, y esa pretensión nos proyecta hacia un territorio inevitable de infelicidad. Solo cierta paz interior permite ser feliz, ese ser en nosotros mismos, convencidos de nuestra autenticidad y de nuestra configuración como seres únicos, porque únicamente cuando estamos bien en nosotros podemos estar bien con los otros, no necesariamente en los otros, ya que el nosotros, si lo pensamos, ni siquiera es un pronombre del todo real dentro de las relaciones, sino una manera de expresar nuestras necesidades y nuestros deseos compartidos. Siempre somos yo y los otros, y esa suma diversa, desigual, asimétrica, hace que todo resulte más verdadero y, quizá por ello, también menos necesario. He leído mucho sobre el desapego, sobre esa posibilidad de ser respecto de uno mismo y disfrutar de aquello que los demás quieran ofrecernos sin convertirlo en deuda ni expectativa, y precisamente esa dificultad de avanzar a contracorriente me interesa cada vez más, porque creo que cuando uno empieza a explorarla descubre una dimensión distinta del mundo y, sobre todo, una manera más libre de habitarlo.
La novela que os traigo me ha gustado, está bien construida y se adentra en una tendencia de literatura accesible. Juega con periodos largos, bien subordinados, que, pese a su extensión, mantienen la frescura y respiran gracias a una técnica narrativa muy depurada. Los diálogos se superponen a lo narrado con naturalidad, a veces casi sin que percibamos la frontera entre la voz del personaje y la del narrador, y permiten que nos adentremos en su psicología sin necesidad de explicaciones añadidas. Así navega la historia entre reflexiones sociales, inseguridades íntimas y relaciones personales, haciendo de la conversación, del pensamiento y de aquello que apenas llega a decirse una misma materia narrativa. Las escenas de sexo forman parte también de ese universo, aunque aquí encuentro uno de los aspectos que más me desconciertan de la novela: Rooney juega con una cierta romantización del erotismo que, en ocasiones, rompe el equilibrio entre las tramas. Al menos agradezco que esté bien escrito, que la lectura resulte agradable y que exista una voluntad literaria detrás, aunque por momentos caiga en una ñoñería que parece guiñar el ojo a un determinado tipo de lector.

Un reportaje en The Irish Times sobre la creciente popularidad de las operaciones estéticas. Mujeres jóvenes perfectamente atractivas. Diecinueve, veinte años. Un dispendio enorme. Eso por no mencionar los riesgos. Mala señal para la cultura, es esto. Las relaciones de género, no sé. Sentada al borde de la cama, quitándose las horquillas del pelo. O sea, es una experiencia normal, dice. Estar desconectada con tu cuerpo. No tener los pechos perfectos, lo que sea. Eso antes se consideraba normal.

Es precisamente en estos momentos cuando Rooney me interesa más. Hay algo muy contemporáneo en esa conversación aparentemente trivial que acaba rozando asuntos bastante más hondos: el cuerpo convertido en objeto de corrección, la dificultad para reconocerse en él, la presión estética o la extrañeza de vivir dentro de una identidad que parece necesitar siempre alguna modificación. La autora no necesita construir un discurso explícito; le basta con dejar que los personajes hablen y que la conversación vaya acumulando significados. Esa ligereza aparente constituye una de las virtudes de su literatura.

Y, sin embargo, vuelvo una y otra vez al erotismo, quizá porque ahí encuentro el mayor desequilibrio. A ratos me recuerda esa utilización del sexo que popularizaron novelas como Cincuenta sombras de Grey. No me molesta el erotismo en sí —sería absurdo plantearlo así—, sino su improcedencia narrativa cuando no consigo descubrir qué añade a la trama o al análisis psicológico de los personajes. Algunas escenas me resultan artificiosas, poco sinceras, construidas pensando demasiado en un determinado lector, en un target, como decimos ahora. Se dejan leer, desde luego, y están escritas con oficio, pero sigo preguntándome qué aportan dentro de una novela tan bien construida y, por momentos, tan interesante. No cuestiono el hecho sexual dentro de la historia, sino la insistencia con la que determinadas escenas se desarrollan, como si adquirieran una autonomía que las separa del resto de la narración.

Más fuerte, la presión de la mano, y de nuevo se oye a sí mismo gimiendo como un tonto. La punta de la polla rozándoles a Sylvia por debajo del ombligo, el bajo de la camiseta arremangado. Estás un poco mojado, dice. Lo invade una tensión palpitante, se le cierran de nuevo los ojos. Ah, perdona, dice. Está muy bien, me gusta mucho. Sigue tocándolo, sin que la vea. Su voz, muy suave y dulce, diciendo: Me gustaría probar a qué sabe. Él se oye gimiendo otra vez, un gemido alto, brusco, entrecortado. Con los ojos cerrados, siente las palabras en la boca además de oírlas, que ella piensa, quiere, pegada a él, su cuerpo menudo y estrecho, la presión de su mano, y su boca húmeda, un sabor salado, dulce, tocándose, y termina, sin decir nada, solo jadeando.

La novela vive, en realidad, entre dos mundos, los de los dos hermanos, Peter e Ivan, dos maneras de estar en la vida que se atraen y se rechazan. Hay algo inevitablemente cainita en su relación, una versión contemporánea y doméstica de Caín y Abel en la que el enfrentamiento no nace de una oposición sencilla, sino de la acumulación de agravios, comparaciones, silencios, afectos y resentimientos. Rooney trabaja bien esa contradicción porque el amor y el odio no aparecen como sentimientos separados, sino entrelazados: uno puede querer a alguien y al mismo tiempo sentirse herido por él; puede necesitarlo y desear alejarse; puede admirarlo y despreciarlo casi en el mismo instante. Ahí está, creo, una de las mejores intuiciones de la novela.

En común, los hermanos parecen compartir una misma dificultad para ser felices. Cada uno ha construido su particular mecanismo para protegerse y, al hacerlo, ha acabado encerrándose dentro de él. La novela va desentrañando esa maraña de acontecimientos, pérdidas, relaciones y decisiones que explican por qué han llegado a ser como son. El duelo por el padre funciona como un centro de gravedad alrededor del cual orbitan muchas de sus contradicciones, aunque rara vez se convierta en una explicación suficiente. Rooney entiende que las personas no somos consecuencia de una sola causa, sino de muchas capas superpuestas.

Todos sus amigos le habían dicho que no fuese tan duro consigo mismo, pero él pensaba siempre que era lo típico que había que decirle a alguien que había perdido casi cien puntos ELO en tres años. Ahora cree que tal vez sí que ha sido demasiado duro consigo mismo, y eso no es en absoluto lo que habría deseado su padre. No: su padre lo quería, y quería que fuese feliz, lo sabe. Y si ahora puede ser feliz, no es ninguna traición a la memoria de su padre, como ha sentido a veces, sino que estaría respetando de hecho su mayor deseo, el deseo de que sus hijos fuesen felices.

Me gusta especialmente esta idea: la culpa como una forma equivocada de fidelidad. Hay personas que convierten el dolor en una obligación y llegan a creer que dejar de sufrir significa traicionar a quien han perdido. Rooney introduce aquí una reflexión sencilla, quizá incluso evidente, pero eficaz dentro del recorrido del personaje: aceptar la posibilidad de ser feliz no significa olvidar al padre, sino aceptar que el amor recibido también contenía ese deseo de felicidad. La paradoja es hermosa porque transforma el duelo: vivir deja de ser una traición y puede convertirse en una forma de lealtad.

Intermezzo es, por todo ello, una novela desigual. Es capaz de ofrecer una disección muy precisa de los personajes, de sus mecanismos de defensa, de su manera de amar y de hacerse daño, y al mismo tiempo caer en pasajes que bordean lugares comunes. Es cierto que la vida tampoco puede dividirse entre blanco y negro y que una novela sobre las relaciones humanas necesita habitar zonas ambiguas, contradictorias y hasta incómodas. Pero como lector no puedo evitar preguntarme si Rooney sacrifica en ocasiones una literatura más ambiciosa, más incómoda incluso, en favor de una literatura accesible, reconocible para un público muy concreto.

Y quizá ahí se encuentre también el extraño atractivo del libro. Porque cuando estoy a punto de distanciarme de él aparece una frase, una conversación o una intuición que vuelve a atraparme. Rooney posee una extraordinaria capacidad para formular con aparente sencillez aquello que sus personajes tardan cientos de páginas en comprender: que querer a alguien no garantiza saber estar con él, que comprender nuestros errores no significa dejar de cometerlos y que, en ocasiones, amar consiste también en admitir que podemos no ser la persona capaz de hacer feliz al otro.

Aunque sigamos sintiendo algo el uno por el otro, claramente tiene sentido que estés con alguien que pueda hacerte feliz.



Traductor: Inga Pellisa Díaz

Editorial: Random House

ISBN: 9788439744030

Idioma: Castellano

Número de páginas: 416

Tiempo de lectura: 9h 55m

Encuadernación: Tapa blanda

Fecha de lanzamiento: 26/09/2024

Año de edición: 2024

Plaza de edición: Es

Colección: Random House

Alto: 23.0 cm

Ancho: 13.8 cm

Grueso: 2.9 cm

Peso:

546.0 gr



EL LIBRO MÁS ESPERADO DEL AÑO.

La nueva novela de Sally Rooney, la aclamada autora de Gente normal.

En la lista de los mejores libros del año según Babelia.

A pesar de ser hermanos, Peter e Ivan Koubek tienen poco en común.

Peter, de treinta y pocos, es un carismático y renombrado abogado en Dublín de apariencia inquebrantable. Tras la muerte de su padre, lucha por mantener bajo control su caótica vida personal. Se medica para poder dormir y manejar la relación sentimental que mantiene con dos mujeres muy diferentes: su eterno primer amor, Sylvia, y Naomi, una estudiante universitaria que no se toma la vida muy enserio.

Ivan, de veintidós años, es un ajedrecista de carácter reservado, rígido en su actitud y aparentemente poco empático, que se ve a sí mismo como la antítesis de su hermano mayor, al que considera superficial y hablador. Pocos días después del funeral, Ivan conocerá a Margaret, una mujer catorce años mayor, y sus vidas se entrelazarán rápida e intensamente.

Intermezzo es un nuevo interludio para dos hermanos afligidos y las personas que aman, un tiempo cargado de deseo y desesperación, pero también de posibilidades. Una oportunidad para descubrir cuánto puede contener una vida sin romperse.

La crítica ha dicho:

«Me encanta Sally Rooney. Tiene cantidad de imitadores, pero muy pocos la superan y también son muy pocos los críticos que entienden lo que realmente ocurre en esas novelas. Su talento es excepcional».Zadie Smith

«Intermezzo es franqueza y honestidad. Su estilo, sofisticado, desata un torbellino de emociones. Esta novela me entusiasmó y conmovió a partes iguales, y, durante los dos o tres días que pasé leyéndola, mis penas se aligerar».Dwight Garner, The New York Times

«Me sentí cambiado, pero sin dejar de ser el mismo, como se siente cuando uno lee a Larkin o a Tolstoi.Aquí, por fin, vemos a Sally Rooney descubriendo todo el potencial de su destreza: prestar atención al mundo que la rodea, descubrir el amor en todas sus complejidades y, una vez hecho esto, ofrecer, genuinamente, esos hallazgos a los demás».Jo Hamya, The Independent

«Sally Rooney insiste y profundiza en el amor a través de las relaciones sentimentales de dos hermanos enfrentados. Sus amoríos y desengaños vertebran unas páginas hondas y precisas, que desprenden una verdad comprensiva y hermosa».El Cultural

«Puede que Intermezzo sea el libro que sacuda definitivamente a la irlandesa de las etiquetas generacionales y la consagre como lo que es: una gran escritora».Leticia Blanco, El Periódico

«Leer a Sally Rooney es fundirse con aquello que siente el personaje. El grado de intimidad y desnudez no sólo física, sino, sobre todo, sentimental no tiene igual en la literatura mundial. Y he aquí la revolución que impone. Una revolución que, en Intermezzo es aún más evidente. Puesto que llega aún más lejos. En todos los sentidos».Laura Fernández

«Casi quinientas páginas sin una sola frase banal. Y sí, todo pasa según el canon de lo mainstream, pero es que ese es el mundo de Sally Rooney, una escritora de Dublín heredera de la mejor tradición literaria anglosajona. Ésta sólo puede ser una de las mejores novelas del año».Marina Espasa, Diari ARA


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