08 abril 2026

Meridiano de Sangre, Blood Meridian or the Evening Redness in the West,Cormac McCarthy

El western es un género con el que nunca he terminado de identificarme. Eso no significa que no haya visto muchísimas películas, que no disfrutara de los indios y vaqueros o que, de niño, no jugara con mis amigos y con mi hermano a las pistolas y las flechas. El imaginario norteamericano, como decía mi padre, ha ido impregnándolo todo: su visión cultural del salvaje oeste, la música pop o el jazz, su proyección política como gran imperio moderno, sus intolerables intromisiones en la vida de otras culturas, su mirada puritana sobre la religión o, quién sabe, esa necesidad de tenernos a su merced para sostener su deuda. Todo eso lo hemos vivido y yo mismo lo sigo viviendo. Volviendo a mi padre, él sostenía que esa intromisión cultural arrinconaba las producciones propias —y en eso no coincido demasiado con él: ahí están la zarzuela, la copla o la jota, que no—, pero decía también una verdad difícil de negar: que nuestro imaginario cultural ha quedado a menudo supeditado al programa simbólico de una ficción propagandística al servicio del imperio.Así que, en lo literario, quitando lo que ya os he contado de Jon Bilbao, no había leído nada del género. Alguna novelita de Marcial Lafuente Estefanía sí que recuerdo haber ojeado. Recuerdo al héroe, parecido a un Clint Eastwood español, recorriendo los campos almerienses como si fueran el cañón del Colorado, sin embargo, repito, es un género al que no me he acercado mucho. Así que, cuando cayó en mis manos el libro de Cormac McCarthy, después de haber leído la intrigante La carretera, me intrigó lo suficiente como para entregarme a él. Y vaya si lo hice.


Todo ritual implica derramamiento de sangre. Los rituales que eluden este requerimiento son mera parodia. Es ahí donde se descubre la falsificación. No lo dudes.


De Meridiano de sangre se ha dicho, y con razón, que es una de las cimas de McCarthy, aunque quizá lo más exacto sería decir que es un libro que no se deja reducir ni al prestigio ni a la etiqueta. La crítica ha insistido mucho en leerlo como un antiwestern, pero no porque renuncie al Oeste, sino porque lo devuelve a su verdad menos decorativa: no la del mito heroico de la frontera, sino la de la expansión construida sobre la matanza, el despojo y una violencia casi industrial. Ahí, precisamente, está uno de sus núcleos: desmontar la ficción norteamericana de la conquista como aventura civilizadora y mostrar que, bajo esa retórica del destino y de la épica, lo que había era barbarie organizada, guerra convertida en paisaje y exterminio. Y por eso el libro sigue incomodando: porque no ofrece la leyenda, sino el reverso; no la cabalgata gloriosa, sino el imperio cuando todavía se estaba ensuciando las manos. Por eso si volvemos al imaginario del western clásico, aquí contrasta con la crudeza de lo narrado. Impacta porque la novela juega con un lenguaje minimalista, preciso y sin ornamentos a excepción de lo ancestral irracional. El efecto es brutal en esa lucha entre barbarie e impulso civilizatorio que, en su paradoja máxima, busca la aniquilación de lo salvaje e, incluso, de la propia civilización.



con su peculiar trote estevado como criaturas impulsadas a adoptar formas impropias de locomoción y despojando a los muertos de su ropa y agarrándolos del pelo y pasando sus cuchillos por el cuero cabelludo de vivos y muertos por igual y enarbolando la pelambre sanguinolenta y dando tajos y más tajos a los cuerpos desnudos, arrancando extremidades, cabezas, destripando aquellos raros cuerpos blancos y sosteniendo en alto grandes puñados de vísceras, genitales, algunos de los salvajes tan absolutamente cubiertos de cuajarones que parecían haberse revolcado como perros y algunos que hacían presa de los moribundos y los sodomizaban entre gritos a sus compañeros.



Y luego está la prosa, claro, porque en McCarthy el estilo no adorna nada: es la herida misma hablando con una solemnidad extraña, bíblica a veces, mineral casi siempre, capaz de levantar una belleza desmesurada allí donde solo parece haber polvo, huesos y sangre. Se ha hablado de Faulkner, de Melville, de la cadencia de las Escrituras, y algo de todo eso hay, pero en Meridiano de sangre esa grandeza verbal no sirve para ennoblecer el horror, sino para hacerlo todavía más insoportable. McCarthy no sermonea, no corrige, no acompaña al lector con una moral de bolsillo; pone el mundo delante, en su crueldad y en su delirio, y se aparta. A algunos les parece exceso, hinchazón, incluso una forma de solemnidad masculina llevada hasta el límite; pero acaso ahí resida también su fuerza: en escribir como si la historia de América no pudiera contarse de otra manera, esto es, como una visión atroz en la que la belleza y la carnicería hablan la misma lengua.


Se dirigieron al oeste adentrándose en las montañas. Pasaban por aldeas y se quitaban el sombrero para saludar a gente a la que asesinarían antes de que terminara el mes. Pueblos de barro que parecían haber sufrido una plaga con sus cosechas pudriéndose en los campos y el poco ganado que no se habían llevado los indios errando de cualquier manera sin nadie que lo agrupa ni lo atendiera y muchas aldeas vaciadas casi por entero de habitantes varones donde mujeres y niños se agazapaban aterrorizados en sus chozas hasta que el ruido de los cascos del último caballo se perdía en la distancia.

Traductor: Luis Murillo Fort

Editorial: Debolsillo

ISBN:9788497939003

Idioma: Castellano

Número de páginas:400

Encuadernación: Tapa blanda bolsillo

Fecha de lanzamiento:10/02/2006

Año de edición:2006

Plaza de edición: Es

Colección: Contemporánea

Alto:19.0 cm

Ancho:12.6 cm

Grueso:2.1 cm

Peso:304.0 gr



Las autoridades mexicanas y del estado de Texas organizan una expedición paramilitar para acabar con el mayor número posible de indios. Es el Grupo Glanton, y tienen como líder espiritual al juez Holden, un ser violento y cruel. Nunca duerme, viola y asesina niños de ambos sexos y afirma que nunca morirá. Todo cambia cuando los carniceros de Glanton dejan de asesinar indios y empiezan a exterminar a los mexicanos que les pagan. Se instaura así la ley de la selva, el terreno moral donde la figura del juez se convierte en una especie de dios arbitrario.



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