La épica en la literatura funciona. La descripción de una historia familiar, el nacimiento, orígenes, infancia y muerte, es decir, toda una vida novelada, funciona como un imán para el lector que se sumerge y se identifica con las vidas cruzadas, los personajes y las situaciones. Lo cierto es que la literatura de folletín, de fascículos, tan propia del siglo XIX, da al autor unas posibilidades creativas importantes porque le permite trabajar la intriga, desarrollar las situaciones y, sobre todo, recrear los ambientes de una manera atractiva, tranquila. El hecho de ir construyendo la novela con la obligación de publicar cada cierto tiempo, es decir, de cerrar la creación, de corregirla y revisarla, de dejarla redonda para su salida a la venta, obliga al escritor a tomar una serie de precauciones que, en otros casos, no es tan posible. Un escritor puede hilvanar la historia, desarrollar el final, una anécdota, describir un ambiente del capítulo XV o lo que crea conveniente porque la obra hasta que no sale a la imprenta no está acabada, sin embargo el autor de fascículos no puede hacerlo, ha de desarrollar la obra con mucha más linealidad y, además, siempre jugará con la ventaja de conocer los gustos cambiantes del público, las reacciones que han tenido sus anteriores entregas, con lo cual, podrá amoldar la acción y la trama al gusto del lector. En cierta manera esta manera de hacer se encuentra con el best seller, con la literatura como industria, pero ahí está el genio del autor, es decir, de la capacidad que tenga, o no, para enfrentar esta situación literariamente.
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