Es tremendamente complejo cuando has escrito más de cuatrocientas entradas y crees que ya has hablado de todo: de la vida, de la muerte, del amor, de la amistad, de los celos, de la envidia, de los pecados, de los lectores, de la pandemia, de todo, en fin, es difícil seleccionar una nueva idea, por eso te queda una extraña sensación de fraude cuando perfilas temas sobre los que ya has hablado y pretendes ser original porque crees que quien te lee necesita la novedad para seguir siguiéndote y es, en este preciso momento, cuando te preguntas que qué coño hacías cuando empezaste a escribir, que cuál era su finalidad y es, entonces, cuando recuperas del desván de la memoria que solo querías mantener una bitácora de tu navegación por el mundo de la literatura y la creación de un canon propio que te ayudara, cuando la cabeza flaqueara, a recordar tal o cual libro, tal o cual género; sin embargo el tiempo me ha cambiado, claro, y mis pequeños ensayos se convierten en eso, en objeciones a lo contemporáneo, a reflexiones sin polémica de lo político. Hoy podría hablaros de la diferencia, de la mentira, del discurso del demagogo, del malabarismo del orador televisivo, o también podría deciros que, aunque nos cueste creerlo, se sigue escribiendo literatura y que un octogenario, creo, es capaz de componer una obra densa pero sin el peso absurdo de la pretensión de la inmortalidad. Hay obras que son literatura en sí mismas.

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