¿De qué se puede hablar cuando no se tiene ganas de hablar? ¿De qué se puede escribir cuando no se tiene ganas de hacerlo? Las fiestas son extrañas porque simbolizan lo mejor, pero también sacralizan tristezas que difícilmente pasan: evocamos el nacimiento, pero también el dolor, las pérdidas, los que están o los que no. Sin embargo, estamos, los que transitamos, tenemos la responsabilidad de vivir, de respirar, de dejar a un lado nuestras proyecciones, nuestros temores y alertar a los otros de que hemos llegado. No es fácil llegar, la vida no parece dejarse ser vivida, lo pone difícil; aun así, millones llegamos, más o menos doloridos, con más o menos carga a la espalda, mas lo hacemos. Eso es lo hermoso, saber que estamos, que el dolor, el miedo o la rabia dejarán paso, algún día, a respirar el aire, mirar al cielo o bañarse en el mar, aprender del error, erradicar la toxicidad, ser inclementes con quienes no nos dejan ser, liberarnos para encontrarnos, prescindir para encontrar. Quien no quiera, que se baje, pero que no nos pida que le acompañemos en sus abismos. Nadie dijo que fuera fácil.

.jpg)

.jpg)