Estoy tranquilamente leyendo
en la playa, a mi lado mi cuñado. Me ve subrayar unos párrafos, o una línea, no
lo recuerdo, y me habla de la inutilidad del gesto, de lo molesto que le
resulta abrir un libro en su ebook y descubrir que otros lectores lo subrayaron
también, que quisieron dar testimonio de la impresión, del placer, del horror
que les produjo una literatura. Lo cierto es que me asombro, no acabo de
entenderlo. Es posible que no nos guste que otros subrayen por nosotros, pero
igual nos molesta que otros escriban por nosotros y que el hecho lector no sea
más que una penitencia por la imposibilidad de escribir sobre lo que queremos
decir, un castigo que se nos ofrece a los mortales por no tener otro talento que
la capacidad humana de la lectura. Sin embargo hago el ademán de replicarle, de
defender mi postura de subrayador profesional, pero desisto, porque algo en la
situación me hace pensar que es inviable dicha explicación. Quieren dejar
testimonio de una frase brillante del autor que delate el sentido de la novela,
sigue, y eso es imposible, acaba; aunque espera mi respuesta esta no llega.
Decido que seguiré subrayando para mí y compartiendo con vosotros, no quiero
dejar testimonio del genio creador, si no de la impresión lectora, entiendo que
no se entienda ¿por qué no voy a hacerlo
.jpg)