
Es
posible que las élites económicas no hayan sido capaces de imponer
sus gustos estéticos, o al menos la élite intelectual se ha quedado
en eso, un anacronismo indigerible.
Parte de esta tesis la defiende Houellebecq
en su último libro, donde piensa que se ha impuesto el gusto
popular, al menos, desde la muerte de la revolución francesa con el
advenimiento del romanticismo. Es posible que esta época de los baby
boomers, o al menos donde se impone el gusto mayoritario, sea
consecuencia directa de la Segunda Guerra Mundial, no tengo clara la
tesis, pero sí he defendido que los gustos burgueses han ido cayendo
en una marginalidad hortera
frente
al aumento imparable de lo popular. Si nos fijamos con atención en
los tiempos actuales, donde cualquiera puede acceder al entramado
mundial de redes sociales, publicación de contenido e, incluso, de
difusión masiva, cualquiera, literalmente, puede ofrecer su talento
o su concepción del talento al mundo. Estamos hartos de ver
concursos de talentos donde el cantante
desafina, no tiene ninguna
aptitud
o, simplemente, necesita del segundo de gloria para sentirse vivo, el
ridículo no forma parte de su universo.
Lo sublime es una concepción
intelectual de la élite, lo cotidiano es más sencillo de aceptar
por cualquier consumidor. La imposición cultural programada por la
élite no es tan fácil en un mundo como el actual, de hecho, los
agoreros de la
imposición de lo anglosajón se han visto superados por la fuerza
imparable de lo latino, de lo hindú o de lo kitsch, directamente.
Que yo siga disfrutando con Mozart, no significa que no me active con
ACDC; que me encante Botticelli, no implica que no me pueda emocionar
con El lama blanco. Futilidad y trivialidad, pensamiento líquido,
eso me preocupa mucho más. Pero es cierto que el mundo no se explica
igual con un vocabulario de mil palabras, ni se transforma, ni se
entiende, que con un vocabulario de diez mil; otra cosa es el
talento.