Hablaba
este verano con mi padre, igual os lo he contado, de una lectura que había
hecho, creo de Ken Follet o de cualquier otro profesional de la literatura
espectáculo, es indiferente, y hablábamos, digo, sobre la futilidad de
setecientas páginas, del peso real del alma del libro, de si la extensión
justificaba las acciones o las literaturas. Llegábamos a la conclusión de que
las páginas, en muchos contextos, sobraban, y que setecientas páginas podían
ser una indiferencia, una trivialidad, un peso insoportable o un placer. Las
páginas, por lo tanto, no son el alma de la obra, aunque a menudo se confunda el
lector y compre a peso los libros, imagino que por justificar la inversión, eso
no importa, pero, claro, mi postura suele ser clara al respecto: prefiero los
libros breves, las tramas me resultan algo indiferentes y prefiero la
literatura, es decir, ante todo, una clara voluntad de estilo.
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