Enseñar. El hecho de ser profesor siempre me ha producido contradicciones entre el querer ser y el ser. Hay algo dentro de nosotros que nos lleva a creer que, si no tuviéramos la vida que tenemos, la que nos hemos construido, tendríamos otra mucho mejor; en la ilusión, tal vez, está el motor de la esperanza, de poder ser quienes no somos o no hemos sabido ser. Ese anhelo tan humano de perseguir los sueños a través de los deseos, alimenta la esperanza de un futuro mejor, feliz. Y esta palabra, feliz, se convierte en el centro de nuestra vida, “quiero ser feliz, “me merezco ser feliz”, pero la realidad es que hemos de comer todos los días y la vida tiene muchos sinsabores, es posible, solo posible, que tengamos que prepararnos para el dolor, así, seguro, sabremos que la felicidad, el bienestar, es un bien apreciado que hemos de saber disfrutar. Enseñar, pues, es algo complejo porque podemos afrontarlo desde varias perspectivas: la de la satisfacción personal, ya que transmitimos aquello que nos hace sentir bien; la técnica, porque somos capaces de transmitir lo que sabemos; la humana que contribuye a mostrar otros puntos de vista y a favorecer, al que aprende, la configuración de su personalidad mientras aprende. (Pequeño apunte: aprender lo que aparenta ser innecesario es fundamental para conocer los límites de la frustración, saber administrarla y generar disciplina.)

