No sabemos cómo se mueven los jóvenes porque no somos jóvenes ni vivimos en su mundo. Intuimos, acaso, los movimientos que se producen a través de las redes sociales, artículos más o menos informados o la propia observación. Somos jóvenes, claro, pero no compartimos esa juventud física; ya ha pasado. La juventud como estado de la edad, de una en concreto, adolescencia prolongada, unos años específicos que se viven en los espacios que se habilitan ellos mismos. Oímos ecos, por eso se asiste, de manera extrañada, al baile de sus ritos, que nos dejan perplejos, nos sorprenden o nos producen rechazo. La juventud lo ha sido siempre, lo fue en la antigua Roma y lo es en nuestro espacio de la IA incipiente, por eso, cuando se nos muestra el fresco de sus vidas, quedamos perplejos porque sabemos que una época se nos ha ido. Aunque somos jóvenes.