Las despedidas las asociamos a las pérdidas. Creemos que despedirnos de algo, o de alguien, lleva inequívocamente a la extinción de la relación, es un finiquito inevitable. Pero no siempre es así. Hay despedidas que son un hasta luego, se necesita aire, se necesita perspectiva o, simplemente, se reivindica un espacio alternativo. Es cierto, no obstante, que hay despedidas que son pérdidas, sobre todo cuando no ha habido despedida. Una pérdida es la ausencia definitiva de lo otro y eso crea una sensación de inseguridad, necesita de duelo: perdemos por la muerte o por los cambios de espacio, perdemos porque desaparece el objeto o parte del objeto o porque decidimos que se desvanezca de nuestras vidas, en todos los casos la momentánea liberación, si la hay, lleva el dolor de la ausencia, menos cuando es una liberación. Por eso, una vez más, la literatura resuelva como nadie este dilema: las pérdidas podemos recuperarlas volviendo a leer el libro que nos ha hecho felices, hasta el infinito si hiciera falta; y las despedidas, bueno, las despedidas son adioses momentáneos, siempre podemos recuperar a nuestro personaje favorito rememorando lo bueno y la felicidad que nos proporcionó a lo largo de nuestra vida.

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