Estaba
el otro día a vueltas con la felicidad, reflexionando sobre todo lo
que se dice de ella: la imposibilidad de llegar, los límites, el
drama del hombre moderno que no ve nada a su alrededor que le dé
esperanza ni que le invite al optimismo. La felicidad como quimera,
el lastre de la inteligencia sobre el que habla Cioran, pero algo no
encajaba en mi discurso, en el rumiaje interminable sobre las razones
que no nos dejan ser felices. La casualidad es siempre compañera
inesperada de lo que se espera, así, en un programa de radio,
escuché al profesor Rojas en una entrevista, la cogí tarde, no le
hice mucho caso, pero dijo algo que me fascinó, a la pregunta del
entrevistador de que se calificara sobre su nivel de felicidad él
contestó con un índice de satisfacción, y ahí fue cuando me di
cuenta de que mi pensamiento, es generalizado, deja la felicidad solo
en el ámbito de lo sentimental. Pero si analizas todo lo que te
pasa, todo, te das cuenta de que muchos ámbitos son satisfactorios y
que nunca se es completamente infeliz, si no que no todo te llena
como esperabas. He de seguir pensando en ello.
