La
comida ha estado presente siempre en la historia de la literatura como elemento
caracterizador, bien psicológico, bien social. Comer es tan natural como
cualquiera otra actividad humana, por eso su presencia la hemos visto desde la
epopeya de Gilgamesh, pasando por la caracterización de lo comido en Sancho
y Quijano en el Quijote, o de Bloom en el Ulises de
Joyce. También en novelas como la de Jean-Patrick Manchette, Fatal; la Gran Soufflé de Lola
Piera o Todos muertos de Chester Himes . También en clásicos de la novela negra y
policíaca como El largo adiós de Raymond
Chandler; en detectives o policías como los adorados Carvalho de Manuel
Vázquez Montalbán, Montalbano de Camilleri, Jaritos de Márkaris
o Brunetti de Dona Leon; incluso en clásicos canónicos como Moby
Dick de Herman Melville; en la literatura hispanoamericana con Afrodita de Isabel Allende o
en la japonesa con la novela Amrita de Banana Yoshimoto. Hay
muchos más casos, porque la gastronomía configura los caracteres, retrata la
sociedad y dice mucho de los personajes. No es lo mismo la comida rápida e
insana de la novela negra americana, que la sensibilidad e importancia que
adquiere en la japonesa o en la mediterránea. En cualquier caso, el hecho de
que esté presente me ha parecido siempre algo agradable, hermoso y que dice
mucho del ambiente general de las tramas y personajes.
