Sigue fluyendo la vida a pesar del dolor, del aluvión de seres que se van difuminando de una manera asombrosa en el éter de los medios. La vida no es ser feliz, esa es la estafa que nos venden los gurús de los nuevos tiempos, esa paja diaria, ese orgasmo sostenido en cuerpos de un ensueño del que se hace difícil despertar. La felicidad es un recurso, un estado transitorio, la vida es dolor, trabajo, amor, frustración, soledad, tristeza, alegrías, la vida es todo ese conjunto que la hace apasionante, difícil, trabajosa, tremendamente compleja de transitar y administrar. La vida, la vida comporta la muerte, la pérdida que se oculta y solo se nos muestra cuando sobrepasa el horror tolerable de las normas, pero la muerte es una parte tan significativa y necesaria en lo humano que asusta aceptar que es normal. Ahora todo cambia sin permiso, somos parte del plan sin estructura de unas mentes que habitan el egoísmo sin miramientos, pero nos queda el refugio de saber que somos humanos, de verdad os lo digo, que sentimos dolor, que podemos aceptar que no somos el algoritmo. No pienso más, necesito que leáis esto que os ofrezco como el pan, como el vino, como el aire que añoráis, ahora, sí, ahora mismo, para abrir la mente y entender que somos mucho más que imágenes:
Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.
Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada).
Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.
(José Hierro, Vida)
