Cuando empiezo a leer una novela, me siento obligado a terminarla. No siempre es un placer, a veces se convierte en un calvario interminable. Las razones son muchas. Puede que la escritura sea mediocre y su torpeza me irrite. Otras veces, la trama se deshilacha antes de tiempo, sin misterio, como si el autor me hubiese revelado el final desde las primeras páginas. Me aburro. También sucede que el texto me gusta, pero el autor se regodea en su propio talento, disfrutando de su escritura más de lo que lo hace el lector. Ser profesional de lo literario tiene estas servidumbres. Francisco Umbral, sin duda, era mi ídolo. Contaban que, cuando le llegaba una novela que no le gustaba, la lanzaba directamente a su piscina vacía. Un monstruo. Mi piscina está llena, mis estanterías también, pese a las limpiezas y expurgas a los que las someto de vez en cuando. Ahora me inclino por lo virtual, por el préstamo bibliotecario infinito. Tal vez sería más fácil deslizar el dedo sobre la pantalla y borrar para siempre el libro que no me atrapa, pero no puedo. Es el castigo de mi inteligencia. Como Sísifo, empujo una y otra vez la misma roca, subo la montaña con cada libro, juro que nunca más... y vuelvo al inicio para retomar la escalada. Es lo que tienen los vicios.
La lectura es un placer indescriptible. Escribir un sufrimiento asumible
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15 abril 2025
26 abril 2014
Canadá, Richard Ford
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