Dentro
de la modernidad asfixiante, de la estupidez imparable y de la idiotez
absoluta, hay un término que me encanta: la cancelación. Este concepto es un
fenómeno social contemporáneo que se refiere a la retirada de apoyo a
individuos, empresas o instituciones debido a comportamientos o declaraciones
considerados inaceptables o controvertidos. Se conoce como “cultura de la
cancelación”, que se ha popularizado principalmente a través de las redes
sociales. Se caracteriza por la exposición y condena pública, basadas en la
denuncia y el rechazo de las acciones o palabras de alguien; en la afectación,
el impacto en la reputación, y en el uso de las redes sociales, lo que conlleva
una difusión rápida que amplifica su alcance y efecto. La cancelación puede ser
vista como una forma de justicia social, pero también es un linchamiento
mediático que limita la libertad de expresión. Parece que no es posible separar
al autor de su obra, al artista, de la persona que ejerce de tal.



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