Vivimos
inmersos en nuestro entorno, más grande o pequeño, muchas veces ajenos al gran
mundo. En realidad, no es un gran mundo, ese ficcional universo de placeres y glamour,
es una proyección de lo más cinematográfica de lo que es la vida. Es una
ficción hiperbólica, pornográfica, en que todo se nos presenta en primer plano:
la belleza, el dinero y el poder. El anhelo obedece más a las proyecciones que
a las realidades, a cierta impostura del nuevo rico, a la necesidad de ostentación
tan occidental y novedosa. Si somos capaces de poner en primer plano nuestra
vida en las redes sociales, cómo no vamos a querer salir en una revista de
moda. Pues claro que queremos y eso lleva a la necesidad, de muchas personas,
de ascenso social insatisfecho, a una lucha implacable por llegar a un sitio
que, probablemente no existe o, al menos, no es tal y como habían imaginado.

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