El lenguaje periodístico tiene una virtud que a menudo se subestima: su capacidad de acercarse al lector con naturalidad, sin artificios. No se trata de restar valor a la literatura tradicional, sino de reconocer que cuando el periodismo se convierte en narrativa —en forma de crónica, reportaje o novela basada en hechos reales—, también puede alcanzar una dimensión artística profunda, aunque menos aparente. Narrar la realidad en un libro de 400 páginas no es una tarea menor; exige precisión, sensibilidad y oficio. Lo que a veces se confunde con simpleza, es en realidad una forma de honestidad narrativa. Claro que no todo lo que publican los periodistas o los personajes públicos bajo el rótulo de “literatura” merece ese nombre; muchas veces es apenas un producto de mercado. Pero conviene no olvidar que la industria editorial, como toda industria cultural, necesita sostenerse, y en esa tensión entre lo que se vende y lo que vale, también se cuelan obras que, sin prometer grandes cifras, aportan profundidad, memoria y verdad.