Nadie
dijo que vivir fuera fácil. A pesar de que los medios se empeñan en mostrarnos
una idílica posibilidad de vivir la vida, la realidad se empeña en demostrarnos
que esto no es cierto. La vida tiene sinsabores constantes con momentos dulces,
eso es cierto, pero tener el marco mental anclado en la fantasía de la
felicidad, no hace bien a nadie. Así, cuando llega la enfermedad, el dolor, propio
o ajeno, parece que nuestro mundo se viene abajo, que se desmorona esa realidad
idealmente proyectada que todos, en teoría, nos merecemos. Cuando la enfermedad
es del padre, se derrumban los mitos, la vulnerabilidad se hace presente y las
consecuencias son evidentes. El padre en la habitación de un hospital. Tú en la
misma habitación en el sillón de cortesía, mirando por la ventana, si hay ventana,
e intentando identificar a la persona que está a tu lado con lo que tú pensabas
que fue tu padre; si fue bueno, buscando ese amor que te brindó en ese cuerpo
que se va ausentando; si no lo fue, queriendo saber por qué estás ahí dándole la
mano, acompañando sus recuerdos en los momentos finales. Nada es lo que parece
y nosotros, ni mucho menos, actuamos como creímos que íbamos a actuar.
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