Cerremos
por un momento los ojos y pensamos que nos hemos tomado la píldora
roja, que hemos desechado, aunque sea por un breve lapso, la píldora
azul que tomamos todos los días y nos permite convivir con Twitter,
Facebook o Instagram; pensemos que hemos dejado a un lado la prensa
sin contenido, los artículos inanes, los comentarios vacuos de la
televisión; cerremos los ojos, creamos con fuerza que hemos tomado
esa píldora que nos hará vomitar, convulsionarnos y abrir de
repente los ojos; imaginemos que no escuchamos los interminables
discursos del Gran Padre Mandarín en su Feliz Gobernación, ni al
Conciliador, normalmente un Dictador de entre las castas (divino
Espinosa, siempre te agradezco la claridad de tu literatura);
imaginemos que creemos en la individualidad y respetamos el
pensamiento, que optamos por lo ético, que se nos revela la
verdadera moral del hombre. Entonces no nos moveríamos de manera
acompasada, no bailaríamos al son de las trompetas que llaman al
establo y entenderíamos que somos seres únicos. Pero abrimos
abruptamente los ojos y nos decidimos por la pastilla azul, tenemos
el móvil al alcance de la mano, al fin y al cabo el banquete de la
abundancia imaginaria es más llevadero que una vida con dignidad.
