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06 mayo 2025

Hervaciana, Gonzalo Hidalgo Bayal

Los años escolares quedan en el recuerdo como si hubiéramos escalado el Everest: hay algo de leyenda y de mito. Además de mucho romanticismo que erotiza la etapa de la infancia y adolescencia. El colegio es, y será, el espacio en que somos conscientes de que existen otros semejantes y que puedes relacionarte con ellos; también el espacio místico de los descubrimientos, no solo de tu cuerpo, sino de que en la sociedad hay buenos y malos, acosadores y amigos. En mi caso el cole fue de niños, literalmente, de filas en el recreo y cuadrarse en gimnasia, se llamaba así. De saltar el plinto o de jugar doscientas personas simultáneamente en el patio, a un fútbol con sus propias reglas, el bocadillo en la mano y la sonrisa en la cara. Fue tiempo de todo, de la ignorancia más absoluta de la vida y las relaciones más variopintas que nos podamos imaginar: gente bien de las pedanías de Valencia y quinquis setenteros de barrios marginales, todos a una, todos bajo las batutas de los salesianos. Guardo amistades, guardo recuerdos y reconstruyo el relato como me da la gana.

12 agosto 2015

Campo de amapolas blancas, Gonzalo Hidalgo Bayal


El relato breve es el género más complejo. Esta afirmación tan discutible como cierta, la he hecho en más de una ocasión en mi blog. Mi gusto por el relato, por el cuento, por la novela corta, no son un secreto, son una preferencia que nace de la lectura. Me explico. El lector conforme avanza en su oficio, descubre, poco a poco, sus gustos, configura sus particularidades y perfila sus necesidades. En mi caso, es así, mi gusto por abandonar lo accesorio y hacer que la anécdota, la trama, vamos, sea lo más simple posible, y se desarrolle bajo el prisma de un análisis certero y esquemático, se ha ido acentuando con el tiempo. Me atraen de manera irremisible las escrituras que prescinden de lo circunstancial y se adentran en el dificilísimo terreno de la escritura, es decir, en el hecho ficcional o literario, porque el oficio de escribidor es muy complejo, lleno de tentaciones, de necesidades y de obsesiones.

01 enero 2015

La paradoja del interventor, Gonzalo Hidalgo Bayal


¿Cómo descubrimos nuevos libros? ¿Cómo es posible que hayan pasado los años y este o cual libro haya estado durmiendo el sueño de los justos? Vemos la televisión, anuncian un premio, hacen una entrevista con un autor, la ves, piensas, interesante, lo leeré, parece que nos quiere contar cosas, que su cadencia al hablar es significativa de cómo nos va a contar las cosas, pero te olvidas, pasas a la lectura que tienes sobre la mesilla, o cambias de canal porque el presentador se ha convertido en la estrella de su propia entrevista, claro. Y así pasa el tiempo. Sin embargo, un día, como por casualidad, te quedas sin nada que leer, fastidiado pensando qué libro va a acompañarte los próximos días o las próximas horas, y este te saluda con discreción, te comenta al oído, ¿te acuerdas de tu promesa de lector? Y lo tomas como por casualidad, y cuando empiezan las primeras oraciones, te emocionas porque sabes que te has encontrado algo maravilloso, algo que, probablemente, ha esperado agazapado para ofrecerte lo mejor de sí mismo en el momento más adecuado.