Pasa la ola de calor y mi verano camina junto a mí con una constancia abrumadora. Dos semanas de julio, dos semanas de agosto, y trabajo, redacción de documentos, finalización, otra vez el coche, trabajo, redacción, mientras que leo como un furtivo en la noche a la espera de la nada, de un placer que nunca se extingue cuando necesito ser en mí mismo. El tiempo es esquivo y parece que no se encuentra conmigo para poder escribiros de lo que leo, pero no todo es ausencia, aunque parece, por eso vuelvo fiel aun cuando no sé cómo hago para poder mantenerme en la ilusión.
Veo en la televisión que las series triunfan, canales,
Netflix, HBO, Amazon, Youtube, qué sé yo, Movistar, puede, series, miles de
series, de actores, de argumentos, novelas que son series, series que son
novelas, y así se va fundiendo la literatura con el entretenimiento, tal vez
fin real, con el gusto, más o menos intacto de lo estético, en millones de
imágenes que se repiten cada segundo.
El cuento de la criada, exitazo, mujeres cobayas, se anuncia y recuerdo que una tal
Margaret Atwood debió escribirlo sobre los años ochenta, no investigo
mucho, la verdad, lo encuentro en mi biblioteca infinita junto a oros cientos
de títulos que me esperan, pero cuyo susurro no alcanzo a escuchar. Me puede la
vanidad, me digo, si leo el libro, fama, la gente se acercará al blog
equivocándose a la búsqueda de la televisión, así la vanidad, no sé si vicio,
me lleva a adentrarme en la distopía eterna, en esa literatura ficcional que,
en realidad, es una literatura del deseo, una literatura que nos intenta alertar
sobre algo, así que me alerto y busco.
Mundo post revolucionario, No estamos seguras de dónde están los límites, varían
según los ataques y contraataques, triunfan los malos, es decir, triunfan los ultracatólicos,
una teocracia, vamos, porque, claro, todos sabemos que en el mundo de los Reagan
el islam, aunque sean unos terroristas que provocan el golpe de estado, libera a la mujer y la deja que disfrute del
libre albedrío, de su cuerpo o de su fama, pero vaya, me lo temía, la biblia
cruel que santifica el heteropatriarcado opresor se hace con el poder, Casi jadeo [dice la criada]: ha pronunciado la
palabra prohibida: estéril. Ya no existe nada semejante a un hombre estéril, al
menos oficialmente,
me parece muy sencillo, poco valiente, ¿por qué no cualquier estado en el que
impere la sharia? Tal vez la ortodoxia protestante, los conservadores
republicanos norteamericanos, aparecen como un demonio peligroso, que puede
ser, no digo que no, como, es mi modesta opinión, recurso obvio, sencillo,
políticamente esperable. Las mujeres
deben ser salvadas de sí mismas, del oprobio
de su cuerpo, de su trabajo y deben servir a la humanidad toda, toda, deben
servir con el fruto de su vientre, Jesús, dijo la oración, sacralizando el
hecho de la maternidad. Ellas son rojas, con hábitos de monjas, tal vez el
burca sea un ejemplo más refrescante en la postmodernidad, sin embargo
alunizamos en otra imagen antigua de las monjas que procesan el culto a la
vida.
En la solución la penitencia, dicen, la penitencia de
acertar, digo, porque el hecho de que la autora pudiera haber sido más
valiente no implica que no acierte,
¡toma paradoja! Me explico. La reivindicación ideológica de ser diferente, de
una protección específica fuera de los márgenes de la ley con políticas de
discriminación positiva y cambiando elementos de presunción penal, llevan a que
unos ultraortodoxos quieran imponer una protección ficticia que, en realidad,
no es más que el sometimiento al deseo del macho dominante, tampoco voy a
discutir esto. Pero la autora pega en el clavo, creo, porque los ciudadanos lo
somos independientemente de nuestro género, si el género condiciona y
discrimina, pueden venir los iluminados, que los hay, y querer salvar a los
oprimidos de ellos mismos y de los depredadores, como de hecho ocurre: la mujer
se convierte en elemento de protección absoluta estableciendo, al menos, dos
categorías: las procreadoras del hábito rojo, Nuestra misión es la de procrear: no somos concubinas,
ni geishas, ni cortesanas. y las esposas legítimas de los cuadros dirigentes; si las primeras
sacralizan el hecho de la maternidad, las segundas sacralizan el hecho del
matrimonio, en cualquier caso, ambas mujeres, procreadoras y matronas, se
combinan en un acto de fe supremo, la ceremonia, con el coito con finalidad reproductiva,
La excitación y el orgasmo
ya no se consideran necesarios; sería un síntoma de simple frivolidad, como las
ligas de colores y los lunares postizos ¿acaso permitiría la ortodoxia cualquier otro placer en el
cuerpo de la mujer? Coito donde se funden ambas en una perfecta escenificación
de sometimiento del macho cuando debería ser, se insiste en que no deben
aparecer sentimientos, un acto supremo de liberación cuya única finalidad es la
catarsis final del parto en que esa simbiosis finalmente se deshace para
liberarlas, lástima que no nos aclaren los destinos de las criadas, de la
tiranía de la maternidad: una porque no pare pero escenifica el parto, se libra
del dolor, El dolor
deja una marca demasiado profunda como para que se vea, una marca que queda
fuera del alcance de la vista y dela mente, la otra
porque vive en el dolor del parto, pero queda libre como ser individual.
Pero los cuadros, hombres claro, no han renunciado a su
disfrute, al goce de la lujuria, por eso mantienen los selectos burdeles, por
eso buscan la dominación afectiva mediante el uso del poder que les confiere el
nuevo estado de las cosas. Mujer oprimida, hombre malo. Muy al tiempo.
Mas todo es un cuento, Me lo inventé. No ocurrió así. Lo que ocurrió fue lo
siguiente, donde
fluye lo literario, Todas
las cosas blancas y circulares. Espero que el día se despliegue, que la tierra
gire de acuerdo con la cara redonda del reloj implacable, donde pasan cosas, donde la Defred
siente, donde la mujer siente, donde el comandante siente, donde se describen
las jerarquías de Gilead, siente, donde las amas sienten, donde se condena la
homosexualidad, donde reeducan a los hijos, donde te los roban, donde la
ejecución es educativa, donde debemos abrir los ojos ante los totalitarismos,
pero Tampoco ocurrió
así. No estoy segura de cómo ocurrió, no exactamente.
A mí me ha gustado mucho. ¿Estamos seguros que es una
distopía? Excelente para el verano, igual algún día miro la serie, nunca se
sabe. La podemos encontrar en Salamandra. Aquí datos que os interesan.
Título original: Tha Handmaid's Tale
ISBN: 978-84-9838-801-5
Número de páginas: 416
Tipo de edición: Rústica con solapas
Sello editorial: Narrativa
Colección: Narrativa
PVP: 19,00 €
ISBN e-book: 978-84-15631-80-4
PVP e-book: 11,99 €
Amparándose en la coartada del terrorismo islámico, unos
políticos teócratas se hacen con el poder y, como primera medida, suprimen la
libertad de prensa y los derechos de las mujeres. Esta trama, inquietante y
oscura, que bien podría encontrarse en cualquier obra actual, pertenece en
realidad a esta novela escrita por Margaret Atwood a principios de los ochenta,
en la que la afamada autora canadiense anticipó con llamativa premonición una
amenaza latente en el mundo de hoy.
En la República de Gilead, el cuerpo de Defred sólo sirve
para procrear, tal como imponen las férreas normas establecidas por la
dictadura puritana que domina el país. Si Defred se rebela —o si, aceptando
colaborar a regañadientes, no es capaz de concebir— le espera la muerte en
ejecución pública o el destierro a unas Colonias en las que sucumbirá a la
polución de los residuos tóxicos. Así, el régimen controla con mano de hierro
hasta los más ínfimos detalles de la vida de las mujeres: su alimentación, su
indumentaria, incluso su actividad sexual. Pero nadie, ni siquiera un gobierno
despótico parapetado tras el supuesto mandato de un dios todopoderoso, puede
gobernar el pensamiento de una persona. Y mucho menos su deseo.
Los peligros inherentes a mezclar religión y política; el empeño
de todo poder absoluto en someter a las mujeres como paso conducente a sojuzgar
a toda la población; la fuerza incontenible del deseo como elemento
transgresor: son tan sólo una muestra de los temas que aborda este relato
desgarrador, aderezado con el sutil sarcasmo que constituye la seña de
identidad de Margaret Atwood. Una escritora universal que, con el paso del
tiempo, no deja de asombrarnos con la lucidez de sus ideas y la potencia de su
prosa.
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