domingo, 15 de noviembre de 2020

Apegos feroces, Fierce Attachments: A Memoir, Vivian Gornick

 

La dependencia emocional es un mal antiguo, viene de la imposibilidad de aceptar la libertad o de la necesidad de ejercer el poder, es, en general, miserable porque no acepta al individuo como ser único y autónomo o ejercita los juegos de poder sin miramientos, detentando el dominio sobre el otro anulándolo, convirtiéndolo en un pelele de un deseo casi sexual, por el placer que debe producir. Madres que no dejan a sus hijos en paz, que los dominan hasta regir su vida emocional o su ejercicio de la paternidad, haciendo y deshaciendo, dominando y anulando; hijos que demandan ser adolescentes perpetuos, que se niegan a asumir el dolor de la edad adulta, recurriendo una y otra vez a los padres en busca de cobijo; padres que ejercen un poder emocional, muy freudiano, y que merman el futuro psíquico de sus vástagos. Necedades familiares muchas veces ocultadas tras el buenismo bien de procurar la felicidad al otro, recurrir a su incapacidad o perpetuar su infantilismo. Es difícil aceptar el dolor en el otro, en quien queremos, aceptar su individualidad, procurarla, alentarla, trabajar duro para interiorizar que puede fracasar, para que acepte la frustración, para que no sea un miserable emocional o una imbécil tiránica, es difícil, lo sé. Relaciones de amor y odio, tóxicas y duras. En una palabra. Apegos feroces.

Vivian Gornick hace algo que me encanta, crea una novela sencilla, aparentemente clara y sin complicaciones, lineal, de lectura sencilla y cómoda. Es un acto difícil de creación porque cuando ahondamos en las profundidades del alama tendemos a lo épico, a lo hiperbólico y complejo; admiro la exposición hábil, limpia e inteligente de la autora, cómo aborda su vida emocional, el amor, el fracaso y la ilusión, el sexo y la ausencia de este, todo ello a partir de los paseos con su madre y de ciertos recuerdos de su vida.

En cierta manera me gusta porque rompe con la necesidad de mantener la imagen del amor cuando este no es posible porque la realidad da paso a las reacciones derivadas de la familiaridad.


Pasear saca lo mejor de nosotras. Yo ahora tengo cuarenta y cinco años y mi madre, setenta y siete. Está fuerte y sana. Recorre la isla conmigo sin dificultad. Durante estos paseos no nos queremos, sino que a menudo rabiamos una contra la otra, pero de todas formas paseamos.


Siempre me han gustado los pensamientos valientes que describen los tabúes sin miedo porque la literatura ha de superar a la realidad adelantándola y mostrándola abiertamente.


Nettie, como pronto se comprobó, no tenía dores de madre. Muchas mujeres carecen de ellas. Reproducen los gestos y ademanes que recuerdan de las mujeres en las que han sido entrenadas para convertirse y esperan que todo salga bien. Pero Nettie había sido entrenada para atraer, no para domésticas, y estaba en la inopia. Era incapaz de dominar el arte de preparar purés, de hervir pañales, de bañar en el fregadero...Sus dedos eran torpes, sus movimientos inútiles, y su mente era incapaz de asimilar el más rudimentario esquema de organización. Su cocina apestaba a pañales usados, el niño estaba sucio y tenía la piel irritada, el fregadero rebosaba de cacharros sin lavar con una costra de leche quemada. La propia Nettie se encontraba en un estado de perpetuo aturdimiento.


La evocación de los años de formación acierta en la descripción de fondo de la enorme satisfacción que nos produce el intelecto, de la excitación y poder con el que nos encontramos cuando nos adentramos en el conocimiento, la autoexploración y la curiosidad, cómo esto nos forma como personas y nos ayuda en nuestro crecimiento, nuestra felicidad, y por supuesto, en nuestro dolor.


En el City College me sentaba a hablar en una cafetería subterránea hasta las diez o las once de la noche con media docena de compañeros a los que tampoco les apetecía volver a Brooklyn o al Bronx y fue en esa cafetería donde mi formación arraigó. Ahí aprendí que Faulkner era los Estados Unidos, que Dickens era política, que Marx era sexo, Jane Austen la idea de cultura, que yo provenía de un gueto y que D.H.Lawrence era visionario. Ahí cuajó mi amor por la literatura y floreció mi asombro ante la vida intelectual. Descubrí que las ideas transformaban a las personas y que las conversaciones intelectuales podían ser tremendamente eróticas.


El tono de la novela enlaza con lo cotidiano explicando lo que acontece con sencillez, de una manera cercana, como por ejemplo el deterioro del matrimonio.


En principio estábamos de acuerdo en todo, pero en el día a día parecía que nunca queríamos lo mismo a la vez. Los dos acabamos pensando que estábamos siempre conformándonos o cediendo. Invariablemente, uno de nosotros se sentía mal. «¡Yo solo quiero una vida normal!»,me gritaba a mí misma.«¿Por qué cuesta todo tanto?¿Por qué siempre estamos enfadados o en tensión, en doloroso desacuerdo sobre esto, aquello o lo de más allá?».


Así pues, la franqueza con que desarrolla su paso por amantes y hombres, por el amor en general, esa claridad con que ofrece al lector la complicidad necesaria, ayuda a la identificación y comprensión de los personajes. Es, sencillamente, encantadora.


Repasé mi vida con los hombres: Stefan, Davey, Joe. Me habían parecido tan distintos los unos de los otros, pero no había aprendido nada de aquellas relaciones, había estado escondiéndome con los tres. Era casi como si hubiera escogido hombres que garantizasen que acabaría deprimida y paralizada por el fracaso del amor.


Libro absolutamente recomendable. En la editorial Sexto piso.

Año: 2017

Edición: 6ª

Formato: Rústica

Género: Memorias

Páginas: 224

Tamaño: 15 x 23 cm

Pocas veces en la literatura se ha retratado de manera tan humana, vital y honesta la relación entre una madre y su hija como en Apegos feroces, las memorias de la escritora y activista Vivian Gornick, publicadas ahora por primera vez en español desde que vieran la luz en inglés en 1987.

Gornick, una mujer madura, camina con su madre, ya anciana, por las calles de Manhattan, y en el transcurso de esos paseos llenos de reproches, de recuerdos y complicidades, va desgranando el relato de la lucha de una hija por encontrar su propio lugar en el mundo. Desde muy temprano, Gornick se ve influenciada por dos modelos femeninos muy distintos: uno, el de su madre, una mujer neurótica, terca e inteligente que dedica toda su energía al cuidado de su familia, que coloca el amor en el centro de su existencia y renuncia a cualquier otro ideal; el otro, el de Nettie, la joven vecina apasionada, inexperta y dependiente, viuda y madre de un bebé, que sólo se siente segura frente a los hombres, consciente de que es sensualidad en estado puro. Ambas, figuras protagónicas en el mundo plagado de mujeres que es su entorno, representan modelos que la joven Gornick ansía y detesta encarnar, y que determinarán su relación con los hombres, el trabajo y otras mujeres durante el resto de su vida.

Ésta es la historia de un vínculo delicado y fatigoso, de un nexo que define y limita al mismo tiempo, pero también es el retrato de una sociedad y una época, y una extensa meditación sobre la experiencia de ser mujer.


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