Lo políticamente correcto es una suerte de virus que, depende de la época histórica en la que nos encontremos, deriva hacia un sitio u otro. En nuestra modernidad occidental culpable, puritana e insana, irrumpen con fuerza grandes dogmas de fe que se instalan con nervio, propiciados por altavoces mediáticos interesados en su difusión. Es posible que Cristo o Mahoma lo tuvieran más difícil, necesitaban años, si no siglos, para que la evangelización se difundiera con fuerza y calara en los apóstoles. Hoy todo es más sencillo, pero como no nacen mesías, debe ser una profesión en decadencia, aparecen movimientos, todo más cool, más colectivo, que rugen hacia lo otro en términos guerreros y con una terminología de buenos versus malos propia de los mejores patios de recreo. Solo hay un pensamiento, amén, dogma que viene determinado, dicen, por una razón universal, científica, estadística y revelada (siempre a las mismas élites), por un neodiós difuso e ignoto, pero con mandamientos claros, de obligada obediencia y, si no son seguidos, eres culpable, eres un nuevo pecador que debe purgar todos sus deslices en cualquier hoguera pública, con preferencia una red social en que pueda haber escarnio. Así es segura tu reeducación. No soy ortodoxo. No soy un acólito. Debo ser un disidente.
En el pensamiento mágico colectivista y proclive a desdibujar al individuo, hay voces que creen, que nos ofrecen la ventura del pueblo primigenio, del hombre en estado de gracia salvaje, especie de Edén postmoderno aderezado de hermosos despertares. El ruido de la modernidad pervierte el buen corazón del hombre, lo desgarra y atrapa en un devenir de perdición, de soledad, de individualismo nocivo; sus consecuencias son obvias, tales como fagocitar lo natural, tener ego, ser un yo pensante o atentar contra derechos que, de repente, son naturales. Ya os digo, cada época tiene sus pecados.
Este libro evoca al abandono del yo original, natural en simbiosis con la naturaleza en su tránsito a lo civilizatorio, a sus costumbres y riesgos, a lo construido desde el yo y su ausencia en la capacidad de conectar con Gaia, con la voz que todo lo une. Lo hace a través del viaje de un individuo no-yo que abandona lo colectivo original, el paraíso simbiótico e interconectado, para integrarse en la colectividad Sí-yo de la ciudadanía.
Nos dejamos cuidar porque creemos que nos están cuidando, o porque las personas creen que nos están cuidando, y es una ambivalencia cruel, tan frágil como los márgenes borrosos de los arcoíris, que desaparecen con un temblor de nube si los miras de cerca.
La tentación colectivista dentro del pensamiento de la izquierda es muy grande. Ante problemas humanos complejos que afectan a comunidades inmensas, se busca una solución de comunidades pequeñas e interconectadas donde, ni siquiera allí, siempre funciona. Es un debate eterno entre el concepto sobre lo humano, una dialéctica entre la bondad entendida como solución frente a lo político como instrumento. Pero en realidad las soluciones comunitarias funcionan a gran escala en ciertos ámbitos como la educación o la sanidad, incluso la crianza o el trasporte público, sin embargo, igual hay una frontera donde el individuo no puede ni quiere desdibujarse en un supuesto criterio del nosotros.
Aprovechaba las pequeñas reuniones sociales en el salón o en la cocina para escuchar las quejas de mis compañeros de piso, intercambiables todos, que parecían estar en una situación análoga a la mía, y volcaba sobre ellos pensamientos tal vez poco sutiles, opciones de cuidado colectivo que conocía bien, pero que hoy, como es obvio, no expondría frente a desconocidos: limpiar las zonas comunes para hacer un huerto, ducharnos juntos para reducir el consumo de agua, crear un fondo común para redistribuir los bienes o compartirlos, repartir por turnos la crianza de los niños -cuando los había- para que los padres y las madres pudieran descansar, conectar solidariamente con los vecinos de otros pisos para multiplicar nuestra despensa, compartir los vehículos en lugar de olvidarlos en la calle sin uso como trofeos, o reunirnos una vez por semana, nada más, para contarnos cómo estábamos, qué necesitábamos, qué echábamos de menos. Eso les decía, y mucho más, y con el paso de los días no solo no me gané su con fianza, sino que me relegaron.
Es curioso, pero el estado colectivo, sus acciones, están determinadas por decisiones individuales, personales, que quieren restringir el escrutinio de la crítica. Solo yo decido, tú haces lo que pienso. También es curioso que el libro se nos presente como una fábula para niños, para la niña, y no puedo estar más de acuerdo.
Me manifesté con ellos. Dibujé mapas de Jardín. Perdí amigos. Recibí patadas de la policía en un desahucio. Descuidé las plantas.
Temáticas Novela literaria; Novela contemporánea
Publicación 22 enero 2025
Colección Biblioteca Breve
Presentación Rústica con solapas
Formato 13.3 x 23 cm
Editorial Seix Barral
ISBN 978-84-322-4426-1
Páginas 224
Código 0010360702
El Jardín es un lugar aislado donde los humanos viven en armonía con la naturaleza y con sus semejantes gracias al cuidado y al respeto mutuos. Convencidos de que su forma de vida puede hacer del mundo un lugar mejor, todos los años sus habitantes envían a un emisario para compartir su conocimiento con el exterior. Con esta misión, el joven Volva deja su vida atrás y llega a la ciudad, donde tendrá que encontrar su lugar en una sociedad marcada por el consumo y la falta de tiempo para cualquier cosa que no sea trabajar.
Narrada como una fábula que un padre le cuenta a su hija, El jardín del diablo es un libro luminoso, emocionante y muy original que entraña un mensaje de esperanza en medio de tanta ficción distópica y que replica en los lectores el eco inolvidable de clásicos como La historia interminable y Las crónicas de Narnia.

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