miércoles, 5 de octubre de 2016

300, La señora Dalloway, Mrs. Dalloway's Party,Virginia Woolf

Resultado de imagen de La fiesta de la señora dalloway300. Llego a ese número de entradas, un número que no me dice nada, sin embargo sé que son muchos libros, muchas horas, muchas reflexiones, mucho tiempo añadido a mi vida que se ha ido expandiendo como una galaxia en pleno big bang. Porque de eso se trata, de aumentar la vida, de vivirla a través de las otras vidas, de otras dimensiones que acontecen en mi cerebro y se suceden a un ritmo vertiginoso. 300, un número extraño, el número de visitantes diarios a los que he llegado en algún momento en este blog, el título de una obra gráfica y de una película, el número que da entrada a una nueva obra en mi vida.

Elegir con precisión las obras que significan algo en este deambular inagotable es una labor compleja, pero no os creáis que ha sido una decisión concienzuda, sesuda y meditada, ha sido una casualidad el haberme topado con una delicia literaria como la que hoy os comento. Leo en la prensa que algo así como el 36% de los españoles no lee jamás, me río, si eso lo dice un estudio debe ser al menos el 60%, lo que significaría que cerca del 40% lee en alguna ocasión, en fin, os dejo carcajear a gusto al lado del ordenador: ni de coña. Por eso traeros a vosotros esta delicia, esta maravilla que alimenta nuestra inteligencia y nos ayuda a ser un poco más felices me alegra 300 veces, porque vosotras sí que sabéis apreciar este placer infinito de sentarse, de concentrarse, de gozar con un personaje y entenderlo, amarlo y odiarlo, hacerlo, en definitiva, solo tuyo.
La señora Dalloway quiere un fiesta, la señora Dalloway quiere impresionar con su fiesta anual, quiere ser la burguesita perfecta, la anfitriona ideal, la mujer que se muestra poderosa ante los invitados. Pero la señora pasea, piensa y siente, la señora deambula por sí misma en esta novela que desgrana la conciencia a lo largo de un día. Es un Ulises para burguesitos, un Ulises light, un Ulises literario, no metaliterario como el de Joyce. Su escritura primorosa, perfecta, recorre los diferentes pensamientos de nuestra protagonista y enlaza con otros coprotagonistas que significan algo en la trayectoria vital de la señorona: su amiga, de la que se enamoró en la juventud,

Pero este asunto del amor (pensó, guardando la chaqueta), esto de enamorarse de las mujeres. Por ejemplo, Sally Seton; su relación en los viejos tiempos con Sally Seton. ¿Acaso no había sido amor, a fin de cuentas?

su pretendiente que vuelve de la India para no acabar de entender el mundo de la capital. Se sucede la palabra que define la psique, se sucede en un fluido maravilloso y excitante haciendo que la lectura nos vaya llenando sin remedio.

La compensación de hacerse viejo, pensó Peter Walsh saliendo ya de Regent's Park con el sombrero en la mano, era solamente esto: las pasiones mantienen la misma fuerza de siempre, pero se gana —¡al fin!— el poder que añade el sabor supremo a la existencia, el poder de dominar la experiencia, de darle la vuelta, lentamente, a la luz.
Una confesión terrible sin duda (volvió a ponerse el sombrero), pero ahora, a los cincuenta y tres años, ya no se necesitaba apenas a la gente. La vida misma, cada uno de sus momentos, cada gota, aquí, este instante, ahora, al sol, en Regent's Park, era suficiente. Demasiado, en realidad. Una vida entera era demasiado corta para sacarle, ahora que uno había adquirido el dominio, la plenitud del sabor; para extraer hasta la última onza de placer, hasta el último matiz de significado; y ambos eran mucho más sólidos que antes, mucho menos personales. Ya era imposible que Clarissa le hiciera sufrir más de lo que ya le había hecho sufrir. Durante horas y horas (¡ojalá uno diga estas cosas sin que nadie las oiga!), durante horas y días seguidos no había pensado en Daisy.

O Septimus, un personaje inquietante que sueña tras haber vivido la primera guerra mundial, un personaje soberbio que afronta su destino trágico como en las buenas obras griegas: catarsis y punto.

Septimus Warren Smith tumbado en el sofá del cuarto de estar; mirando cómo el oro líquido se encendía y apagaba en las rosas y en el papel de las paredes con la asombrosa sensibilidad de un ser vivo. Fuera, los árboles arrastraban sus hojas como redes por las profundidades del aire; el sonido del agua estaba en la habitación y a través de las olas llegaban las voces de unos pájaros que cantaban. Todos los poderes vertían sus tesoros sobre su cabeza y su mano estaba ahí en el respaldo del sofá, tal y como la había visto al bañarse, flotando, en la cresta de las olas, mientras a lo lejos en la costa oía a los perros ladrar y ladrar a lo lejos. No temas más, dice el corazón en el cuerpo; no temas más.

Me ha parecido magistral la descripción de la reacción de la señora Dalloway al suicidio de Septimus, magistral de verdad.

Se había tirado por la ventana. El suelo: arriba como el rayo; atravesando su cuerpo, penetrantes, hirientes, se clavaron los roñosos pinchos de la verja. Ahí quedó él, con un golpe seco, seco, seco en el cerebro, y luego un ahogo de tinieblas. Así lo vio. Pero ¿por qué lo había hecho?

Así su capacidad descriptiva es asombrosa: innumerables descripciones precisas, dinámicas y maravillosas que causan un enorme placer al lector.

y se hundió en su pena, que se elevó como una luna vista desde una terraza, horrorosamente hermosa en la luz del día que se hunde.

Pero de entre los muchos temas del libro a mí me interesa su viaje por su mismidad, su reivindicación personal, su sexualidad, su lesbianismo íntimo y su devoción de casada. La novela nos muestra la verdad, su verdad, de una manera desnuda, abiertamente inteligente.

Tenía la extrañísima sensación de ser invisible; de que no se la veía; desconocida; al no haber más posibilidades de casarse, ni de tener ya más hijos, nada más que este discurrir asombroso y algo solemne, con todos los demás, Bond Street arriba, ser la señora Dalloway; ya ni Clarissa tan siquiera; ser la señora de Richard Dalloway...
no podía despojarse de una virginidad conservada a través de partos, una virginidad que se pegaba a ella como una sábana…Sabía qué era lo que le faltaba. No era belleza; no era inteligencia. Se trataba de algo central que penetraba todo; algo cálido que alteraba superficies y rompía el frío contacto de hombre y mujer, o de mujeres juntas. Porque eso si que podía percibirlo vagamente. Le dolía, sentía escrúpulos sacados de Dios sabe dónde, o bien, eso creía, enviados por la Naturaleza (infaliblemente sabia); con todo, en algunas ocasiones era incapaz de resistirse al encanto de una mujer, no de una niña, de una mujer confesándole, como hacían a menudo, un mal paso, una locura. Y ya fuera por compasión o por su belleza, o porque ella era mayor, o por alguna contingencia —como un leve aroma, o un violín en la casa de al lado (tan extraño es el poder del sonido en ciertos momentos), ella sentía, sin lugar a dudas, lo que los hombres sienten. Sólo por un instante; pero era suficiente. Era una súbita revelación, una especie de excitación como un sofoco que tratabas de contener pero conforme se extendía no te quedaba más remedio que entregarte a su movimiento y te precipitabas hasta el final y allí te ponías a temblar y sentías que el mundo se te acercaba hinchado con un significado sorprendente, con una especie de presión que te llevaba al éxtasis, porque estallaba por la piel y brotaba y fluía con un inmenso alivio por fisuras y llagas. 

Así Virginia Woolf se me aparece como una luz intensa. Siempre había permanecido al margen de la escritora, tanta reivindicación feminista: que si su sexualidad, que si su reivindicación de una habitación propia; que si la crítica hablando de su relación con Joyce; que si el cine desnudándola en escenas holliwoodienses, y yo al margen. Tuvo que venir Vargas Llosa para advertirme que hay libros que deberíamos leer, y punto, y así lo he hecho, maestro, gracias por el consejo.
La podemos encontrar en la editorial Lumen, y aquí os dejo datos de vuestro interés.

Título: La señora Dalloway
Autor (es): Virginia Woolf
Traductor: ANDRES BOSCH
Sello: LUMEN
Precio sin IVA: 7.43 €


Precio con IVA: 8.99 €
Fecha publicación: 04/2013
Idioma: Español 
Formato, páginas: E-BOOK EPUB, 256
Medidas: mm
ISBN: 9788426422323
EAN:
Temáticas: Grandes clásicos
Colección: Biblioteca virginia woolf
Edad recomendada: Adultos

La señora Dalloway relata un día en la vida londinense de Clarissa, una dama de alta alcurnia casada con un diputado conservador y madre de una adolescente.


La historia comienza una soleada mañana de 1923 y termina esa misma noche, cuando empiezan a retirarse los invitados de una fiesta que se celebra en la mansión de los Dalloway. Aunque en el curso del día acaece un hecho trágico -el suicidio de un joven que volvió de la guerra psíquicamente perturbado-, lo esencial de la obra estriba en que los sucesos están narrados desde la mente de los personajes, con un lenguaje capaz de dibujar los meandros y ritmos escurridizos de la conciencia y de expresar la condición de la mujer de un modo a la vez íntimo y objetivo.


Reseña:
«Tal vez su obra maestra. Exquisita y soberbiamente construida.»
E. M. Forster

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